18 de febrero de 2014 17:54 PM
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Mandira, el “quilombo” sostenible de las ostras

Más de un siglo después del fin de la esclavitud en Brasil, las comunidades de descendientes de esclavos negros, conocidas como “quilombos”, afrontan su presente a través de la implantación de negocios sostenibles, como el cultivo de ostras, mientras continúan evocando su pasado con tradiciones.

Situado a 250 kilómetros del interior de Sao Paulo y protegido por un salvaje lienzo mata atlántica, se levanta el “quilombo” Mandira, un santuario de libertad en el que desde hace 146 años viven nueve generaciones afrodescendientes de la misma familia.

Dedicado tradicionalmente al cultivo de arroz, palmito y madera, la comunidad, fundada en el siglo XIX por el hijo bastardo de un terrateniente y su esclava, se vio obligada décadas atrás a buscar nuevas fuentes de supervivencia debido a la pérdida progresiva de sus tierras.

Los “quilombos” o palenques, que en portugués significa “lugar escondido”, son comunidades remotas donde se refugiaban los esclavos sublevados que conseguían huir del yugo de sus amos, tanto portugueses como brasileños, y donde hoy conviven de forma sustentable, alejados de las garras de grandes urbes como Sao Paulo.

Fuente inagotable de recursos, los habitantes de Mandira se dedican desde hace tres décadas al cultivo de ostras como forma de sustento de la comunidad: una ardua y minuciosa labor que combinan con el turismo ecológico y los trabajos de costura.

En medio del bosque tropical, la labor se centra en la captura y cultivo de ostras en los manglares ubicados entre la desembocadura del Río Ribeira de Iguapé y el Océano Atlántico, cuya marea, a 10 kilómetros de distancia, marca la jornada de los recolectores.

Cuando baja el nivel del manglar, los vecinos de Mandira salen con sus barcazas, la mayoría sin remo, a colectar las ostras; las mujeres cosen en un pequeño taller y otras preparan la comida, la mayoría de días basada en arroz, fríjol y pescado.

La temperatura cercana a los 35 grados de este febrero en la costa sur del estado de Sao Paulo, unida a la humedad casi total que emana del manglar, pone a los recolectores de ostras frente a jornadas laborales de alta exigencia física.

Tras la recogida, las ostras son enviadas a la Cooperativa Cooperostra, formada por veinte asociados miembros de la comunidad, encargados de limpiar y distribuir personalmente el marisco a los diferentes bares y restaurantes de las principales ciudades de Sao Paulo.

“La ostra es nuestra principal fuente de ingreso, aunque también estamos centrados en el turismo sostenible. Recolectamos las ostras, las dejamos en los viveros para que engorden y luego puedan ser comercializadas”, explicó a Efe Chico Mandira, sobrino del líder de la comunidad, Federico Mandira, impulsor de la actividad en la zona.

Los “quilombolas” -miembros de la comunidad- obtienen un beneficio de entre 3 y 5 reales (entre 1,2 y 2 dólares aproximadamente) por la venta de doce ostras, mientras que su precio varia entre los 30 y 150 reales (entre unos 12,47 y 62 dólares) dependiendo del restaurante en el que se vayan a comer.

Más allá del cultivo de las ostras, los Mandira también trabajan por la preservación de la memoria histórica de sus antepasados y por mantener viva la contribución que la población negra realizó a Brasil, al punto de ser, los afrodescendientes, mayoría en el país, según el censo de 2010.

“En mi documento dicen que soy mulato, pero yo me considero negro, y eso se lo transmito a mi familia”, comentó Chico, padre de siete hijos, cinco los cuales viven en la aldea y se dedican al cultivo de ostras.

El estado de Sao Paulo cuenta 28 “quilombos” reconocidos en los que viven cerca de 1.300 familias, la mayoría de ellas herederas de los esclavos que durante tres siglos fueron traficados desde África hasta Brasil, que abolió la esclavitud en 1888.

Pero también se funden con otras olas migratorias, como el mestizaje que la época de la colonización portuguesa trajo a Brasil y que la inmigración de diferentes países de Europa y Asia reforzó con el paso de los años.

“Los Mandira se pueden casar con blancos, indios, hasta hay un japonés. Lo que sí que es verdad es que si alguien quiere vivir aquí se tiene que casar con alguna persona de la comunidad”, advirtió Chico.

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Fuente: EfeAgro

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