28 de febrero de 2014 18:42 PM
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Por su política de transgénicos, Europa está ahogando su producción agropecuaria

El  diario español El Correo publicó en su edición para Araba (Álava), País Vasco, una entrevista al bioquímico y divulgado científico José Miguel Mulet, el cual afirmó que no existen pruebas que indiquen que alimentarse de alimentos “ecológicos sea mejor para la salud”. Agregó que los seres humanos “toda la vida” nos hemos alimentado con […]

El  diario español El Correo publicó en su edición para Araba (Álava), País Vasco, una entrevista al bioquímico y divulgado científico José Miguel Mulet, el cual afirmó que no existen pruebas que indiquen que alimentarse de alimentos “ecológicos sea mejor para la salud”. Agregó que los seres humanos “toda la vida” nos hemos alimentado con comida “artificial”, pero fue más allá: “Si el hombre dejara de existir de repente, las especies vegetales y animales domesticadas desaparecerían con él”, exponiendo así la vulnerabilidad de los mismo.

En la entrevista también se refirió a la crítica que a veces se levantan contra el consumo de leche. Dijo que “la  leche es un alimento tan válido como otro cualquiera” y para los que dicen que el hombre es el único animal que consume lácteos toda la vida por lo cual no sería bueno hacerlo, contestó que “también somos el único mamífero que hace bacalao al pil pil, y nadie dice que sea malo”.

El bacalao al pil pil es un plato tradicional vasco. Su nombre “pil pil” obedece al sonido que produce en parte de la preparación.

También recordó que “la más grave” de las intoxicaciones registrada en “los últimos años, la mal llamada crisis del pepino, tuvo su origen en brotes de fenogreco ecológico”, y que las llamadas “agricultura y ganadería ecológicas son buenas intenciones pésimamente desarrolladas”.

José Miguel Mulet (foto) es profesor de la Universidad Politécnica de Valencia e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas. En su primer libro, “Los productos naturales ¡vaya timo!” (Laetoli, 2011), defendió las bondades de la biotecnología aplicada en la alimentación. Otro libro, “Comer sin miedo” desmantela las mentiras y mitos del mundo de la alimentación y advierte entre otras cosas, que hay más tecnología en un tomate de la tienda de la esquina que en un iPhone.

LA GENTE COME CON MIEDO.

Entrevistado por Luis Alfonso Gámez en una extensa entrevista que publicó El Correo, Mulet dijo que “en España y en todo el mundo” la gente come con miedo, y para probarlo “sólo tienes que abrir el correo electrónico y verás que continuamente te llegan mensajes diciendo que tal alimento es cancerígeno, que los conservantes nos están envenenando”.

Pero la última locura que ha escuchado o leído tiene que ver con la leche. “Como están de moda dietas que sostienen que la leche es lo peor de lo peor, no hay día que no se diga una cosa mala de ella. Como locura peligrosa, que el cáncer puede curarse con una dieta”.

LA LECHE ES UN ALIMENTO VÁLIDO.

Se dice que somos el único mamífero que consume leche siendo adultos, lo que es interpretado por algunos como algo no natural o negativo, sin embargo “también somos el único mamífero que hace bacalao al pil pil, y nadie se plantea que sea malo. Obviamente, la gente con intolerancia a la lactosa o alérgica a la leche no debe tomarla. Pero, al margen de esas excepciones, es un alimento tan válido como cualquier otro. Los mamíferos adultos no beben leche en la naturaleza porque no pueden disponer de ella, pero ponle un plato de leche a un gato y ya verás. También los animales comen carne cruda y nosotros, asada”, razonó.

COMER CARNE ASADA NOS HA HECHO INTELIGENTES.

El periodista objeta que “también podrían argumentar que no estamos hechos para comer carne asada”, a lo que José Miguel Mulet contestó: “Claro. Sin embargo, según algunos antropólogos, comer carne asada es lo que nos ha hecho inteligentes, porque facilita la digestión, se asimilan mejor algunos nutrientes… Es una teoría del antropólogo Richard Wrangham, con quien no todo el mundo está de acuerdo”, precisó.

Y explicó la relación de comer carne  cocinada con la inteligencia: “Nuestro cerebro consume muchísima energía; es un órgano muy caro de mantener. Es como un aparato eléctrico que consuma el 25 % de toda la energía de casa. Las digestiones más rápidas y fáciles pudieron permitir aumentar la cantidad de energía que obteníamos del alimento y, a la vez, acortar los intestinos, y el excedente energético pudo ir a parar al cerebro que, entonces, pudo mantener nuevas funciones”.

Nunca antes comimos tan seguros como lo hacemos en la actualidad, asegura el científico. “Sólo hay que ver que hace 40 años en España (N de R. no sólo España) había gente que se moría de cólera”, peo hoy y “gracias a la seguridad alimentaria, que incluye el agua, el cólera no existe”.

Lo que sucede con la actual sensación de inseguridad se debe a que hay etiquetación de la información: “Hay etiquetas que nos informan”, dijo Mulet. “Cuando comes cosas sin etiqueta, parece que no tengan nada; pero los conservantes se han utilizado toda la vida. Y menos mal, porque, si no, mucha más gente habría muerto. Ahora están regulados, se han prohibido los que pueden dar algún problema y sabemos exactamente qué cantidades podemos utilizar de cada uno”, profundizó.

LOS SUPUESTAMENTE NATURAL HACE TRAMPAS AL CONSUMIDOR.

Reconoció que para muchas personas consumir alimentos que digan “sin conservantes ni colorantes” es un plus de calidad, pero agregó que esas etiquetas a é lo asustan porque “la gente piensa que ‘sin conservantes ni colorantes’ es sinónimo de calidad, pero no lo es. Además, muchas veces tampoco es del todo cierto que no los lleven”, remarcó.

Ejemplarizó diciendo que “en la etiqueta de un pan de molde que se vende como 100 % natural, no sale ningún código E. Eso podía llevarte a pensar que no lleva ni conservantes ni colorantes. Un conservante es el ácido acético. Si lo usas, tienes que poner ácido acético-E260. En ese pan de molde ponen vinagre, uno de cuyos componentes es el ácido acético. Al final, llegas al mismo sitio, aunque hagas trampas”.

“En alimentación, lo natural no existe” y eso ha sido así desde siempre porque “toda la vida hemos comido artificial. Si el hombre dejara de existir de repente, las especies vegetales y animales domesticadas desaparecerían con él”, estimó.

GANADERÍA Y AGRICULTURA NATURALES, SÓLO SON BUENAS INTENSIONES.

Eso es tan así que “la agricultura y la ganadería ecológicas son buenas intenciones pésimamente desarrolladas. Hacer una agricultura y una ganadería más respetuosas con el medio ambiente es una iniciativa muy buena. Pero siempre han importado más el rollito espiritual y la ideología que la evidencia científica”.

“Ahora, el problema es qué producción ecológica es la que se adapta al reglamento europeo de producción ecológica, que muchas veces no tiene en cuenta la evidencia científica. Al final, en ese reglamento lo preponderante es que todo lo que metas sea natural”.

LO ECOLÓGICO SALE CARO PORQUE CUESTA PRODUCIRLO

Afirmó que “cuando consume ecológico, la gente muchas veces no sabe realmente lo que está comprando. Según las encuestas de consumo, más de un 70 % de la gente que empieza a comprar productos ecológicos lo hace porque piensa que van a ser mejores para su salud”, pero para ellos hay una mala noticia: “No hay ninguna evidencia científica de que un producto ecológico sea mejor para la salud que uno convencional”.

El que sean caros no quiere decir que sean mejores: “Lo ecológico es muy caro porque los métodos de producción que permite el reglamento europeo están obsoletos y son muy poco eficientes. Si la producción de cualquier cosa es muy poco eficiente, el precio sube. No permite, por ejemplo, ciertos fitosanitarios. Un error típico es creer que un producto ecológico no ha sido tratado con pesticidas, cuando, sin embargo, lleva los que autoriza el reglamento. El problema es que los autorizados son los llamados naturales y no siempre son los mejores. Hay pesticidas sintéticos que funcionan mejor y van mejor a las plantas, pero, como no te dejan utilizarlos, tienes que usar los peores. Eso sí, naturales”, lanzó.

INTOXICACIÓN POR PRODUCTO “ECOLÓGICO”.

José Miguel Mulet entiende que “la intoxicación más grave fue la mal llamada crisis del pepino, que tuvo su origen en brotes de fenogreco ecológico”.

Por esa crisis “murieron unas 40 personas y hubo 4.000 hospitalizaciones por un producto ecológico”.

Ha habido otras situaciones delicadas que no generaron alarmas “porque no han llegado a los medios, pero han provocado hospitalizaciones”, advirtió y mencionó “una retirada de huevos ecológicos en Alemania porque iban cargados de dioxinas. También tuvimos una contaminación de trigo sarraceno ecológico en Francia con siete hospitalizados, y no fue la primera vez. El consumo de productos ecológicos es minoritario porque son muy caros y, sin embargo, es más fácil que haya alertas por productos ecológicos contaminados que por convencionales”.

Esas contaminaciones se generan porque “es más difícil controlar” los ecológicos que “son producciones pequeñas que, muchas veces, también se distribuyen a pequeña escala. Además, el reglamento europeo, al que sólo preocupa si algo es natural o artificial, permite prácticas con riesgo sanitario, como el abono con estiércol”.

Dicho todo eso, Mulet asegura que “la comida en Europa es segura” pero “es verdad que, con las estadísticas en la mano, es un poco más segura la convencional que la ecológica”.

LOS TRANSGÉNICOS NO HAN CAUSADO PROBLEMAS EN EL MUNDO.

“Con esas mismas estadísticas, usted sostiene que en diecisiete años de transgénicos no ha habido ningún problema en Europa”, expresa el periodista, a lo que el entrevistado contesta contundente: “Ni en todo el mundo”.

GREENPEACE Y LA TIBIEZA EN EEUU.

La oposición a los transgénicos “es algo propiamente europeo. Si vas a Estados Unidos, allí ni siquiera Greenpeace hace campaña contra los transgénicos. Cualquier lector puede visitar la página web de Greenpeace Internacional y comprobar que en la portada no sale nada contra los transgénicos, como sí sale en la de Greenpeace España”.

Preguntado si según sus dichos “¿está diciendo que Greenpeace mantiene un discurso diferente según el país?”, contesta: “Sí. En Europa son mucho más radicales. En EE UU son más tibios y ni siquiera llevan el tema a la portada de su web. ¿A qué se debe la oposición europea a los transgénicos? Hay motivos históricos. La de los transgénicos es una tecnología estadounidense y, en un principio, las grandes empresas europeas quisieron bloquear las fronteras a esos productos para protegerse frente a sus competidores y vieron con buenos ojos las campañas ecologistas. Eso pasó en 1995. Ahora, esas mismas compañías se han dado cuenta de que no pueden recuperar el terreno perdido porque las leyes europeas no les dejan hacer nada”, explicó:

“Están atadas de pies y manos porque el proceso para conseguir autorización para un producto transgénico es carísimo y, además, no garantiza que, después de invertir cientos de millones de euros en su desarrollo, te lo vayan a aprobar. BASF estuvo doce años trabajando con una patata transgénica, la Amflora, que produce un almidón ideal para algunas aplicaciones industriales. Al final, consiguió la aprobación y, de repente, Alemania se sacó de la manga nuevas leyes y controles. ¿Qué hizo BASF? Cerró toda la división de investigación en plantas y se la llevó a EE UU”, denunció.

EUROPA ESTÁ AHOGANDO EL CAMPO.

Esa situación pone el futuro agrícola europeo en manos de EEUU, pero “además, los transgénicos ya están en Europa. Los importamos. El algodón de los billetes de euro es transgénico”.

“A nuestros agricultores no les dejamos utilizarlo, pero importamos el producto elaborado. Estamos ahogando al campo. No le estamos dejando competir en igualdad de condiciones”.

MAÍZ TRANSGÉNICO DESDE HACE MILES DE AÑOS.

Lo más ilógico parece ser que los alimentos modificados se consumen hace muchos años. “El trigo, por ejemplo, es un híbrido de tres especies; son tres genomas de tres organismos diferentes fusionados. Es lo que se llama un paleotransgénico. Hemos modificado el genoma de todo lo que comemos. La diferencia es que, en el caso de los transgénicos, sabemos exactamente lo que hacemos”, aseveró el especialista.

“En un transgénico, cogemos un trozo de ADN de un organismo -que le proporciona resistencia a un insecto o tolerancia a un herbicida- y se lo ponemos a otro. Sabemos, en todo momento, lo que cambiamos. Antiguamente, las especies también se mejoraban. El maíz que cultivamos no se parece en nada al teosinte, su antepasado silvestre. ¿Cómo se hacía? Cuando alguien se encontraba con una mutación espontánea que hacía la espiga más grande o de un color más bonito, la seleccionaba y la utilizaba para semilla. Luego, en los años 50, aceleramos ese proceso natural usando radiactividad para provocar mutaciones y seleccionar las plantas más interesantes entre ellas. Ahí no sabes lo que ha pasado”, anotó.

En ese caso sólo se ve el producto final, y la planta puede haber sufrido otras mutaciones no deseadas. “Podía suceder que consiguieras una planta preciosa y sólo después te dieras cuenta de que acumulaba un tóxico, como ocurrió con una variedad de puerros que tuvo que retirarse”.

Ese procedimiento “que parece tan marciano, es como se han conseguido todas las legumbres, frutas y verduras que hay en los supermercados”, reveló.

Lo que compramos y creemos que es de toda la vida se ha hecho “bombardeando el genoma a lo bestia, llevándote luego las semillas al campo y viendo la planta que salía y decidiendo, por ejemplo, cultivar un nuevo pimiento amarillo, en vez de rojo o verde”.

Fuente: Todo el Campo

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