8 de septiembre de 2015 23:12 PM
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En una Venezuela con hambre, un frigorífico brasileño tiene un poder extraordinario

En este último año, Venezuela pasó de ser el segundo importador de carne más grande del mundo a no importar casi nada.

En junio, el presidente del parlamento venezolano, Diosdado Cabello, pasó cuatro días en Brasil. No fue un viaje secreto. Lo acompañaron otros funcionarios, tuiteó que estaba “trabajando por y para la patria” y se reunió con la presidenta. Fue, empero, una visita de Estado inusual.

 

Su primera reunión importante fue con Joesley Batista, el mayor de los cinco hermanos del clan multimillonario que controla JBS SA, el frigorífico más grande del mundo. En tres días, Cabello visitó plantas de JBS. Cenó con la familia Batista.

 

Si bien pasar tanto tiempo con un productor de carne extranjero resulta sorprendente, dice mucho sobre la relación de mutua dependencia que está surgiendo entre una compañía brasileña y el gobierno de Venezuela. Y constituye una lección respecto de las prioridades del gobierno venezolano en este momento. A medida que se avecinan las elecciones en diciembre, la hiperinflación, la producción en baja y el delito en alza han traído aparejados un racionamiento de los alimentos, disturbios y saqueos. “La mayor preocupación del gobierno ahora es la provisión de alimentos”, dijo Fernando Portela, director ejecutivo de la Cámara de Comercio Venezolano-Brasileña, Cavenbra. “Necesitan continuar abasteciendo los comercios para permanecer en el poder”.

Sólo uno de cada cinco votantes dice que quiere que el presidente Nicolás Maduro cumpla su mandato que termina en 2019. El partido gobernante podría perder el control del congreso por primera vez en 16 años.

 

Cabello explicó que viajaba a Brasil para conversar sobre alimentos y medicamentos con el fin de ganar la “guerra económica” que los capitalistas están librando contra su país. Las consultas al Ministerio de Información para obtener más comentarios de Cabello, el Ministerio de Alimentación y la presidencia no recibieron respuesta.

 

 

Convenios especiales

Para JBS, el mercado venezolano ha adquirido ahora una significación especial. Tiene un contrato por US$2.100 millones y abastece casi la mitad de la carne de res y una cuarta parte de los pollos consumidos por 28 millones de venezolanos carnívoros. El país representa un 10 por ciento de los ingresos por exportaciones de JBS, una posición que algunos analistas han calificado de riesgosa teniendo en cuenta que Venezuela se halla en una situación cercana a la cesación de pagos. JBS no lo ve así.

 

“Para JBS, representó la posibilidad de hacer algo que nadie hizo hasta ahora en un país que cuenta con una importante demanda potencial”, dijo en una entrevista Miguel Gularte, presidente de JBS Mercosul. Al tomar a su cargo el empaque y la distribución de sus productos en Venezuela, JBS también ha podido reducir considerablemente el tiempo de llegada a las góndolas de las tiendas.

 

JBS tiene un convenio que otras empresas no tienen. En 2014, vendió alimentos por US$1.200 millones al gobierno venezolano y cobró en un plazo de 90 días, según documentación elaborada conjuntamente por la empresa y el monopolio importador estatal, Corpovex.

 

 

Facturas impagas

Por el contrario, numerosas corporaciones locales y extranjeras en Venezuela no han podido obtener los dólares racionados del gobierno durante años. Ecoanalítica, una firma consultora con sede en Caracas, señala que el gobierno venezolano tiene facturas impagas de compañías privadas por valor de US$28.000 millones.

 

JBS espera incrementar sus ventas a Venezuela un 20 por ciento en 2015, dijo Gularte. La compañía está en tratativas con Credit Suisse AG para estructurar el financiamiento de un mayor crecimiento en el país.

 

“Para Venezuela, es una ventaja negociar con una sola compañía multi-proteica que cuenta con una plataforma logística integrada en lugar de comprar pollo a una empresa y carne vacuna a otra”, dijo Gularte. “Venezuela encontró un socio que la respeta”. Detrás está oculta la política, tanto brasileña como venezolana. Los partidos gobernantes de estos países se han vuelto recíprocamente solidarios ante las crisis, conforme Maduro defiende a la presidenta Dilma Rousseff de los pedidos de juicio político mientras que ella criticó las sanciones impuestas por los Estados Unidos a su gobierno. El acuerdo de JBS brinda un salvavidas brasileño al gobierno de Maduro en su esfuerzo por surtir las góndolas antes de las elecciones.

 

 

Mayor donante político

El año pasado, JBS fue el mayor donante político al Partido de los Trabajadores de Rousseff. Las crecientes donaciones de la empresa a Rousseff, así como también a sus oponentes, fueron mencionadas en una investigación parlamentaria del BNDES, el banco estatal de desarrollo brasileño, que es propietario de la cuarta parte del productor de carne. No hubo, empero, ningún financiamiento estatal para el acuerdo venezolano de JBS y Gularte dijo que el gobierno brasileño ni siquiera tenía conocimiento del mismo. JBS se negó a hacer declaraciones sobre la investigación del BNDES.

 

Los vínculos cada vez estrechos entre JBS y el gobierno venezolano son dignos de mención en un país donde las importaciones se desplomaron a raíz del derrumbe del petróleo, principal fuente de ingresos del país, y donde las compañías alimentarias son atacadas. En julio, efectivos militares ocuparon los depósitos de Empresas Polar, el mayor productor local de alimentos, cuando el gobierno acusó a la empresa de sabotear la economía reduciendo la producción. La compañía con sede en Caracas dice que los reguladores cambiarios de Venezuela le deben US$463 millones.

 

 

Riesgo crediticio

Los competidores brasileños de JBS también se han visto perjudicados. BRF SA y Marfrig Global Foods SA de Sao Paulo interrumpieron este año sus envíos a Venezuela debido a un creciente riesgo crediticio. Minerva SA dijo que sólo exporta al país cuando cobra por adelantado. Su retirada del mercado venezolano contribuyó a que la participación de los Batista creciera vertiginosamente.

 

Cada 10 días, un transatlántico de Hamburg Sud contratado por JBS amarra en Puerto Cabello, el más grande de Venezuela. Una tarde reciente de agosto, se descargó harina de soja brasileña en tanto el barco San Álvaro se acercaba a los muelles transportando carne de JBS.

 

Dentro de las dos semanas después de zarpar de Brasil, se descargan y despachan los contenedores blancos con carne refrigerada. La estatal Corporación de Abastecimiento y Servicios Agrícolas SA (CASA), monitorea diariamente cada contenedor. Las autoridades portuarias dicen que los alimentos subsidiados se canalizan a tiendas estatales en las zonas con más riesgo de disturbios o de campañas opositoras.

 

 

Cierre de la frontera colombiana

Recientemente, el gobierno de Maduro declaró un estado de emergencia en una zona de la frontera colombiana, diciendo que el contrabando de bienes agravaba la escasez, una medida que es vista por los críticos como un chivo expiatorio para distraer la atención del fracaso de las políticas.

 

Al lado del precio y la eficiencia que ofrecen los productos de JBS, otros alimentos enfrentan perspectivas muy diferentes. Un frigorífico venezolano privado, por ejemplo, vende carne de una vaca criada localmente a un supermercado privado aproximadamente al 16 por ciento del precio de la carne brasileña, según Franz Rivas, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Frigoríficos y Mataderos Industriales, Asofrigo. Y un contenedor importado por una compañía venezolana privada puede permanecer semanas enteras en un barco amarrado en el puerto y tardar dos meses en pasar por la aduana, según Cavenbra y la Cámara de Comercio de Puerto Cabello.

 

El programa de redistribución de las tierras del gobierno venezolano –parte del enfrentamiento de los socialistas con el sector privado- ha llevado a la quiebra a muchos ganaderos. Redujo la producción local de carne desde un 60 por ciento del mercado un decenio atrás hasta un 20 por ciento, según el consejo nacional de la carne y el departamento de Agricultura estadounidense (USDA).

 

En este último año, Venezuela pasó de ser el segundo importador de carne más grande del mundo a no importar casi nada, según el USDA. El faenamiento local cayó tanto, dijo Rivas, que todos los miembros de Asofrigo operan actualmente a pérdida

Fuente: El Espectador

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