19 de septiembre de 2015 11:40 AM
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Lección kirchnerista a la pobre Alemania

Francfort.- Le agradezco a la Presidenta que me haya enviado a este país para explicar cómo hicimos en la Argentina para desterrar la pobreza. Mi presencia fue muy oportuna porque acá tenían la idea equivocada de que la fórmula había sido repartir la fortuna de la familia Kirchner.

Francfort.- Le agradezco a la Presidenta que me haya enviado a este país para explicar cómo hicimos en la Argentina para desterrar la pobreza. Mi presencia fue muy oportuna porque acá tenían la idea equivocada de que la fórmula había sido repartir la fortuna de la familia Kirchner.

Pero vayamos por partes. La preocupación de los alemanes es comprensible. Llevo una semana recorriendo desde pueblitos hasta grandes ciudades y me he encontrado con una marginalidad que francamente no esperaba. Tengo el corazón estrujado de ver tantas villas, tantas carencias. La llamada “locomotora europea” en realidad es un país que, como advirtió Aníbal Fernández hace meses, padece una pobreza estructural. Apenas es un trencito que se arrastra por las vías.

No pocos de ustedes se estarán preguntando: ¿villas en Alemania? ¿No es acaso una de las grandes potencias? Señores, hay que saber caminar y descubrir. Todo se ve muy lindo, las fachadas están relucientes, pero hay mucho cartón pintado. El país real no tiene nada que ver con el que ven los turistas. Cuando llegan los contingentes de visitantes, esconden a los pobres y cierran las calles que van a los barrios más postergados. Pero yo crucé esa frontera y estoy en condiciones de afirmar: en Alemania hay infinidad de necesidades básicas insatisfechas; en Alemania hay desnutrición infantil. Una de las primeras cosas que dije al llegar es que tienen que asesorarse con el Coqui Capitanich. No hay intención sincera de combatir el hambre si no se sigue el ejemplo de Chaco.

 

La canciller Angela Merkel, que lleva diez años en el poder, me recibió en su despacho. Ella misma es un símbolo de lo mal que están. Viste austeramente, repite la ropa y no usa collar de perlas, carteras de Louis Vuitton ni Rolex de oro. Ahora entiendo por qué no quiere saber nada de encontrarse con Cristina: evita el papelón.

Su idea de consultarnos surgió después de que nuestra Presidenta dijera en Roma, en junio, que la Argentina tiene un índice de pobreza que no llega al 5%. La envidia del mundo. “¿Cómo lo consiguieron?”, preguntó. Le expliqué que lo primero es el manejo de las cifras. “No hay que estar todo el día contando los pobres. Eso es estigmatizante y además es un bajón. Nosotros dejamos de contarlos y de informar sobre el tema hace años, y la cosa funcionó. Es como que borramos el problema, lo sacamos de la agenda.” La Merkel se sobresaltó. “¿Qué me está diciendo, que ese 5% que mencionó la Presidenta no es verdadero? ¿Es un invento?” “Por favor, doña Angela, cómo se le ocurre. No fue un invento, sino una aproximación. Un redondeo. Si no es 5 es 15, 20, 30. La señora no puede estar con una calculadora en la cartera.”

 

Después, pícara, me preguntó por los índices que dio hace poco la UCA: 11 millones de pobres (28,7% de la población), de los cuales 2 millones son indigentes, es decir, no logran cubrir una canasta básica de alimentos. “Vea, son cifras de diciembre del año pasado. Cifras viejas. Este año estamos mucho mejor, y una prueba es el extraordinario boom de compra de dólares. Si fuéramos tan pobres no saldríamos todos como locos a buscar dólares. Pero déjeme que le diga otra cosa: no sólo de pan vive el hombre. Cristina pronuncia dos o tres discursos por semana, y así llega a todos los hogares con su palabra, que es el principal alimento espiritual de los argentinos.”

Por sus gestos, no sabía si la Merkel me estaba entendiendo. Yo seguí como si nada. “No vaya a pensar que sólo estamos en condiciones de dar lecciones de lucha contra la pobreza. Somos referencia mundial en el manejo de inmigrantes, justo ahora que ustedes están desesperados por las oleadas que les llegan de Siria. A nosotros también nos llegaron miles de inmigrantes de países vecinos, y la solución que encontramos fue ampliar la capacidad de las villas. Una iniciativa humanitaria y urbanística de avanzada. En algunas provincias además les dimos documentos bajo la condición de que nos votaran. Es un toma y daca, estimada Angela.” Terminé la frase con un guiño de ojo. Otra vez miró con cara de asombro. Claro, a ellos lo único que se les ocurrió fue ajustar los controles, cerrar las fronteras. Mientras siga reinando la improvisación, es imposible que estos países tengan futuro.

 

De pronto, a la canciller le afloró el alemán que todos los alemanes llevan adentro y me empezó a cuestionar las credenciales democráticas de nuestro gobierno. Concretamente habló del fraude electoral en Tucumán. “Tranqui, tranqui -la frené, con esa argentinidad recuperada que nos legó Cristina-. Las elecciones fueron anuladas por un tribunal opositor y golpista, pero la decisión será rechazada por la Corte Suprema provincial, que es democrática, y seguramente el caso derive a la Corte Suprema de la Nación, que si nos apoya será democrática y si nos da la espalda será opositora y golpista. Le voy a confesar algo, mi querida señora. Es un espanto, pero en la Argentina gran parte de la Justicia es un partido político. Y un partido antidemocrático. ¡Va por todo!”

 

¿Las conclusiones que saqué de mi visita a Alemania? La crisis económica y social es un peligroso caldo de cultivo; no saben qué hacer con los inmigrantes, y tienen una líder soberbia, autoritaria, hegemónica y que se cree eterna. Por suerte ya estoy volviendo a la Argentina.

Fuente: La Nacion Carlos M. Reymundo Roberts

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