1 de noviembre de 2015 21:38 PM
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La pujanza y el ocaso del frigorífico, en primera persona

Las historias de los trabajadores detrás del cierre de la planta de Ñirihuau. De la producción al desempleo.

Luis Bernardino soñaba con comprarse una camioneta para viajar hasta el campo de su madre, en Pichi Leufu, distante pocos kilómetros de Bariloche. José Carrilaf anhelaba poner la red de gas en su casa después de varios inviernos y Sergio Núñez quería comprar un terrenito. Los sueños se derrumbaron a partir de la crisis de la empresa Frigorífico Arroyo. Hoy los tres trabajadores miran el futuro con demasiada incertidumbre porque se quedaron sin empleo como el resto de los más de 70 empleados de la firma.

 

Luis tiene 51 años. Casi la mitad de su vida transcurrió en Frigorífico Arroyo. La planta de faena está paralizada desde hace tres meses. El silencio estremece al recorrer el edificio de unos 2.700 metros cuadrados. Las máquinas que años atrás no paraban, ahora duermen en la penumbra. Los enormes pasillos y amplias cámaras frigoríficas están vacías. Atrás quedaron aquellos años de pujanza del único establecimiento de faena existente en un radio de 500 kilómetros a la redonda de Bariloche.

 

Sólo un grupo de trabajadores permanece en el lugar en reclamo del pago de los salarios adeudados y la continuidad de las fuentes laborales. Hace diez días que ocupan el predio, ubicado en el paraje Ñirihuau, en cercanías de Bariloche. Están afiliados al Sindicato de la Carne, que representa a 30 trabajadores. Los restantes pertenecen al gremio mercantil.

 

Luis ingresó como sereno a finales de noviembre de 1990. Se había quedado sin trabajo y consiguió ese empleo. Después pasó a la planta de faena. Recuerda con nostalgia aquellos años en los que el trabajo era intenso. “Faenábamos unos mil animales diarios, entre corderos y chivos”, afirma. “Y dos jaulas por día. Cada jaula venía por lo menos con cuarenta vacunos”, rememora.

 

Describe con sus manos cómo era el movimiento de los animales que ingresaban a la planta. Con sus expresivos ademanes es como si viajara al pasado.

 

Asegura que con sus manos sacaba el cuero de un cordero en dos minutos. “Podía hacer hasta doscientos animales por día”, afirma, orgulloso. La planta de faena recibía animales de varios lugares como Chichinales, Choele Choel y El Cuy.

 

Hasta 2001, cuando se implementó la barrera sanitaria por la aftosa. Luis asegura que la situación dio un vuelco desde ese momento. El problema coincidió con la profunda crisis económica y social que vivió el país.

 

“Estuvimos tres meses sin cobrar los sueldos”, rememora. “Veníamos dos veces por semana y nos pagaban por faena”, explica. Pero la crisis se superó y volvió el trabajo. Sin embargo, los trabajadores recuerdan que nunca se alcanzó el movimiento de animales que hubo antes de que se pusiera en marcha la barrera sanitaria.

 

Gustavo Millaleo entró en el 2001 a la empresa. Se había quedado sin empleo por la quiebra del Hotel Bellavista de esta ciudad, donde trabajó trece años. “Ahora otra vez me pasa la misma situación con Arroyo”, lamenta.

 

Sergio relata que hasta hace poco tiempo había hasta 200 medias reses para despostar en el sector donde trabajaba. Hoy, la noria que desplazaba los enormes trozos de carne por el lugar está quieta y vacía. “Éramos quince personas entre despostadores y envasadores”, señala. Estima con Luis que en ese sector de la planta, las ocho horas de trabajo transcurrían a uno o dos grados bajo cero.

 

José se desplaza con movimientos rápidos para explicar cómo es la elaboración de chorizos y salchichas parrilleras. Describe con precisión el funcionamiento de la picadora, amasadora, embutidora. Mueve los canastos de metal como si estuvieran cargados de carne lista para preparar. Presiona las máquinas para embutir con energía.

 

Señala que por 2007 y 2008 llegaron a elaborar hasta 4.000 kilos de chorizos por día. Meses atrás apenas había materia prima para hacer 250 kilos. Desde junio pasado ese espacio, donde trabajaban entre diez y doce personas, está paralizado.

 

José tiene dos hijos. “¿Por qué se quedaron sin trabajo?, ¿qué pasó? Me pregunta mi hijo más grande”, revela José.

 

Sergio y Crescencio Avilés, que ingresó a la empresa en 1991 cuentan que los problemas comenzaron a finales del año pasado. “Nos empezaron a pagar en dos o tres veces el sueldo”, indica Sergio. “Mientras teníamos fuentes de trabajo parábamos la olla”, explica.

 

Los trabajadores dicen que los dueños de la empresa pagaron por última vez los salarios de mayo. Después, la Provincia aportó subsidios para pagar los sueldos de junio, julio y agosto.

 

“Arroyo le echó la culpa, primero, a la barrera sanitaria, después cuando corrieron la barrera, dijo que le cerraban el paso para vender media reses hacia el sur y ahora que está desfinanciado”, cuentan los trabajadores. “La esperanza no la perdemos y nos damos fuerza unos a otros”, destaca Sergio. “Está todo listo para reactivar la planta”, afirman los trabajadores.

 

Luis contempla los ganchos de hierro vacíos. Busca con la mirada algún recuerdo en un oscuro pasillo. Toma los sellos que aún tienen tinta. Ya no vienen demasiados chimangos, jotes y gorriones por el predio. Sólo algunas aves revolotean sobre un cielo celeste intenso. Indican que en ese lugar había un matadero.

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Fuente: Rio Negro

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