7 de marzo de 2016 12:03 PM
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Es otra exportación en pie

La prensa da cuenta de los esfuerzos que hacen para posibilitar la venta de ganado en pie hacia Argentina. Aparece clara para algunos la oportunidad de exportar hacia allí, aprovechando los probables esfuerzos de recomposición del stock vacuno en el país vecino, luego de la devastación kirchnerista.

Ojalá se concreten negocios, pero la ocasión permite reflexionar hasta qué punto no es libre exportar ganado en pie. Y este es un punto mucho más importante, así sea a Argentina o a cualquier lugar del planeta. La exportación libre de ganado en pie, como herramienta de política para dar transparencia a la formación del precio del ganado no existe, y ello puede traer —como tantas veces en el pasado— severos problemas a los productores.

 

 

La prohibición.

Como habitualmente hay algunas exportaciones en pie, muchos creen que esta operación es libre. Y no lo es. Lo fue a partir de 1992 y en un programa de desregulaciones en toda la cadena cárnica, que está en la base de la ruptura del estancamiento de la producción física pecuaria que creció sin parar desde 1990 hasta 2006; son cifras, no opiniones. A partir de 2005, pero muy especialmente desde 2010, la exportación en pie libre para los productores desapareció. Al principio se empezaron a cajonear trámites sanitarios para exportar, siendo vox pópuli que el MGAP no iba a “autorizar” exportaciones de ganado gordo, y que solo iba a permitir la de terneros en un número “in pectore” del ministerio. Este atentado a la libertad comercial consiste en desplazar la decisión del productor, hacia exportadores que se deben registrar y someter su operación a permiso previo, una caricatura de libertad. Como el cajoneo como medida de política resultaba impresentable, el 18 de noviembre de 2013, no por ley ni por decreto sino por una simple resolución ministerial, se terminó formalmente la libertad. Esta resolución establece que para exportar hay que inscribirse en un registro que se cerró en 2014, para el cual hay que aportar certificados notariales y otra información inútil, un responsable técnico, un predio de cuarentena aunque no lo pida el comprador (también con certificado notarial), contrato marítimo (sic) también certificado, pago de tasas, y esperar el permiso, que tiene fecha de caducidad. Por si no fuera suficiente disuasivo, nos enteramos que para exportar a Argentina, uno de los destinos lógicos de la exportación en pie, no teníamos protocolo sanitario. Si se lograra, esto tampoco tendría absolutamente nada que ver con la libre exportación de ganado en pie.

 

 

Aquella libertad.

Lo que se eliminó es la libertad de exportar de cualquier ciudadano a cualquier destino, cumpliendo los requisitos que exija el comprador, no el gobierno.

Esa es la libertad y no lo que tenemos hoy: un conjunto de reglas que hacen posible exportar luego de cumplir trámites absurdos, con costos que en los hechos son detracciones.

 No resisto transcribir aquí, en su espectacular sencillez, el decreto 457/1992 que en 5 artículos declaró totalmente libre y sin intervención previa la exportación e importación de ganado y carne de todas las especies. Y que en sus considerandos señala precisamente que la legislación anterior determinaba que “la liberalización se ve fuertemente limitada por exigirse la autorización “caso por caso” del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca“. La legislación a la que se refiere es la misma que la actual que somete esa operación a la opinión previa del gobierno.

En definitiva al exportador se lo obliga a pedir algo que el MGAP no tiene facultad para negar. Libertad es que un productor de Queguay exporte novillos a un frigorífico de Bagé; o que un consignatario de Tomás Gomensoro mande vacas a Chajarí; o que un productor argentino compre terneros en una feria en Durazno y se los lleve según las exigencias sanitarias de su país. Esta libertad y no su caricatura, es la que establece de modo permanente un precio piso al ganado que vende el criador al invernador, o éste al industrial.

Como se sabe, en el período de mejores valores de la historia, la producción física de carne vacuna desde 2006 cayó a una tasa del 3,5% anual hasta estabilizarse en valores que apenas llegan a los de aquel año.

En realidad este gobierno no ha entendido bien la pecuaria y de modo especial no ha comprendido el delicado equilibrio entre inversión y formación de expectativas, muy afectadas éstas no solo por los precios esperados sino especialmente por las intervenciones que a llevado adelante el gobierno.

Recuerdo que quiso subsidiar el ternero; inventó una nueva categoría de asado; quiso importar forrajes para la sequía, y alguna vez urea; amenazó con intervenir en el mercado comprometiendo así su singular fortaleza, la libertad, que es la explicación de su crecimiento único desde 1990 hasta 2006, en producción, productividad, exportaciones.

Metió “la pesada” con los precios, amenazando con detracciones y con la intervención en las cuotas de exportación; y hasta anunció la recreación del Frigorífico Nacional. Reimplantó impuestos a la tierra, que son esencialmente a la pecuaria, eliminó las sociedades anónimas, amenaza con expulsar extranjeros y, consecuente con todo eso, tiene las exportaciones en pie totalmente reguladas. Hay otros factores, pero la permanente intervención o amenaza de ella no puede soslayarse para entender el desempeño ganadero.

De manera que protocolo sanitario sí; pero mucho mejor volver a la libertad, no al permiso previo tan ilegal como viejo y fracasado.

Fuente: El Pais

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