6 de junio de 2016 12:02 PM
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El declive del ganado bovino en Cuba

El ganado bovino arribó a Cuba junto al primer gobernador general de la gran antilla, don Diego Velázquez, procedente de La Española a principios del siglo XVI. En la segunda mitad de ese siglo, al disminuir la producción minera la ganadería se convirtió en la principal actividad económica de la Isla y asumió su mayor […]

El ganado bovino arribó a Cuba junto al primer gobernador general de la gran antilla, don Diego Velázquez, procedente de La Española a principios del siglo XVI. En la segunda mitad de ese siglo, al disminuir la producción minera la ganadería se convirtió en la principal actividad económica de la Isla y asumió su mayor crecimiento en la segunda mitad del XVII, cuando fue desplazada por la producción de tabaco.

Su punto de partida estuvo en la distribución de la tierra realenga, es decir del Rey, que comenzó a distribuirse entre los primeros colonizadores, quienes fueron confirmados como dueños a partir del año 1520. Así, durante la colonia casi todas las villas cubanas se dedicaron a la cría extensiva del ganado y a su comercialización, incluyendo el comercio de contrabando con otras islas del Caribe, como ocurrió en San Salvador de Bayamo y la villa de la Santísima Trinidad.

Durante el siglo XIX el crecimiento del ganado recibió un impacto negativo con las tres décadas de guerras independentistas entre 1868 y 1898. Durante la república, fundada en 1902, la producción de carne y de leche bovina creció paulatinamente en provincias como Camagüey, a la vez que se instalaron fábricas cubanas y extranjeras en varios puntos del país, como las de la compañía suiza Nestlé en Bayamo y Sancti Spíritus. Según el censo realizado en 1946, en Cuba había 4.116 millones de cabezas de ganado vacuno y una población que no superaba los 5,5 millones de personas.

La ganadería y sus derivados constituyeron hasta la década de los años 50 una de las principales fuentes de ingreso de la economía nacional. Sin embargo, a partir de 1959, con la estatización de la mayor parte de las tierras y la salida del país de los ganaderos más experimentados, se produjo un deterioro progresivo que se mantiene hasta la actualidad.

En 1958, cuando la producción de carne vacuna y de leche era la segunda actividad económica agrícola después de la caña de azúcar, la cantidad de ganado vacuno y de habitantes observaban cifras similares (unos seis millones en ambos casos); es decir, la proporción de cabezas de ganado por habitante, en los 12 años que separan a 1946 de 1958, se elevó de 0,74 a 1,0. Un ritmo de crecimiento que, de haberse sostenido, hoy la cifra estaría alrededor de 11 millones de cabezas de ganado. Sin embargo, ocho años después, en 1967, el Control Nacional de Registro Pecuario reportó más de siete millones de cabezas de ganado, cuando la población era de 8,2 millones, lo que arroja un descenso de 1,0 a 0,87 cabezas por habitante.

En ese momento, imbuido de un voluntarismo extremo, empeñado en convertir a Cuba en la Suiza de América —olvidando que antes de él, cuando un político cubano había expuesto un proyecto de agricultura con similares objetivos, Orestes Ferrara[1] preguntó ¿Con cuántos suizos cuenta usted para sacar adelante su proyecto?— el líder de la revolución decidió someter el ganado bovino a un desacertado cruce genético.

La raza Holstein, de alta productividad lechera, se cruzó con la raza Cebú, gran productora de carne. El objetivo del cruce era crear una nueva raza capaz de producir al mismo tiempo abundante carne y leche. Con ese fin se importaron miles de novillas Holstein, sementales y semen congelado de Canadá, se creó una organización nacional que formó un ejército de técnicos en inseminación, se creó un sistema de vaquerías dotadas con ordeño mecánico y aire acondicionado. Sin embargo, el mayor acceso de la población a la leche dependió, durante diez años, del programa de alimentos de las Naciones Unidas, que suministró leche gratuitamente.

El resultado de los cruces fue un animal físicamente débil, proclive a muchas enfermedades y sin valores productivos en carne y leche, lo que unido al desinterés que generó la estatización de la propiedad agrícola, la incapacidad administrativa, los salarios insuficientes, las prolongadas sequías, las miles de hectáreas de tierra invadidas por plantas indeseables como el marabú, generaron el declive de la producción ganadera, agudizada por la pérdida de las subvenciones del desaparecido campo socialista.

Para recuperar la producción, en noviembre de 1997 se promulgó el Decreto Ley 225, el cual, al margen de las causas esenciales del declive, se concentró en las medidas represivas. Entre ellas: multas de hasta 500 pesos al tenedor de ganado que se le perdiera un animal; prohibición al “dueño” para sacrificarlo y disponer de su carne; multas y penas de hasta de tres años de privación de libertad si el propietario no declaraba los terneros nacidos en los 30 días posteriores al parto, por tenencia ilegal de ganado; la obligatoriedad de vender los animales solo al Estado, a precios determinados por este; y si era hembra solo podía matársele si el animal sufría un accidente. Esto último explica que algunos dueños provoquen accidentes de sus reses como pretexto para sacrificarla.

Según datos ofrecidos por el fallecido economista Oscar Espinosa Chepe, al cierre de 2010 el ganado vacuno tenía 3.992.500 cabezas, un 2,5 % superior al año anterior, pero por debajo de los 4,1 millones existentes en 1990, y mucho menos que los 7,2 millones en 1967. Mientras la cifra aproximada de cuatro millones de cabeza de ganado, con una población de unos 11,2 millones, arroja 0,35 cabezas de ganado por habitante, la peor en los últimos cien años.

Para empeorar la situación, a principios de 2016 la prensa oficial informó de la muerte de miles de cabezas de ganado por falta de comida y de agua. A ello se une los miles de animales que son sacrificados ilegalmente. Solo por esa causa en 1988 se reportó la pérdida de 48.910 reses. Lo que se contradice con que, en 1958, cuando el productor tenía toda la libertad para disponer de sus animales y el consumo no estaba racionado, no se exhibía el sacrificio ilegal de forma generalizada. Como ocurre ahora. Ese deplorable cuadro de la ganadería nacional obliga a erogar cada año sumas millonarias para comprar en el exterior lo que se puede producir en Cuba. Entre 2006 y 2009 esas compras alcanzaron 737, 4 millones de dólares, sin contar las erogaciones para adquirir mantequilla y otros derivados.

El resultado es que Cuba, con condiciones climáticas excepcionales para la crianza de ganado, con la estatización de la agricultura no solo no garantiza la carne de res para la alimentación de la población, sino que ha devenido importador de leche y de sus derivados.

Fuente: Agromeat

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