30 de enero de 2017 16:42 PM
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Secretos de Olivos: los dólares de Néstor y los gritos de Cristina Kirchner

Después del "Yo, Cristina, pelotudo", surgen testimonios de quienes vivieron varios años con los Kirchner en la Residencia Presidencial.

La empleada de la Residencia Presidencial de Olivos temblaba de miedo. La mujer acababa de hacer el cuarto del matrimonio Kirchner y no salía del shock: “Me pueden culpar a mí si les falta algo”, repetía sin consuelo.

Varios de sus compañeros de todos los días en la quinta donde viven los presidentes argentinos le pedían que se quedara tranquila. Pero ella no se podía quitar de la mente la imagen: montones de dólares, en fajos prolijamente parejos, estaban escondidos entre el sommier y el colchón donde cada día dormían Néstor y Cristina Kirchner.

Pero ese hecho no era el único que despertaba terror entre quienes trabajaban en la Residencia de Olivos. Cristina Fernández, siendo Presidenta, no quería ver a ningún soldado cuando ella salía a los jardines o cuando partía para la Casa Rosada. Todo era mezcla de temor a que espiaran sus movimientos hasta coquetería, cuando salía con sus rollers y su entrenador personal. En esas circunstancias, los soldados debían esconderse detrás de los árboles; y si no hacían a tiempo a esconderse, simplemente debían darse vuelta y darle la espalda a la jefa de Estado para no observarla.

Tras la difusión del audio donde Cristina trataba de mal modo a su Oscar Parrilli (“Yo, Cristina, pelotudo”), recobran valor los testimonios de quienes compartieron muchos días de los Kirchner en la Residencia.

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Un día la Presidenta salió sorpresivamente de su despacho en Olivos y se topó con un grupo de hombres que cortaban el pasto y se dedicaban a tareas de jardinería: “¡Se mandan a mudar todos de acá!”, fue el grito que alejó a los empleados de esa zona en segundos.

En la casona de estilo colonial construida en 1850 por Prilidiano Pueyrredón, Néstor Kirchner vivió 7 años y su esposa, 6 más. Allí impusieron su estilo pero fue con ella cuando los empleados de la histórica Quinta la pasaron mal: “Mandaban a comprar pan fresco. Pero a nosotros nos daban siempre, el pan del día anterior con la comida. ¿Tanto les costaba comprar un poco más para nosotros?”, asegura resignado uno de los que padeció los malos modos.

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Esos malos modos no eran solo de la ex Presidenta: su hija Florencia, cuando vivía allí, solía devolver la comida que le preparaban los cocineros de Olivos, un par de ellos, reconocidos como buenos chefs. Un día la Presidenta llamó a los responsables y les espetó: “Les pido que le lleven comida decente a mi hija”. Pero en la cocina fueron precavidos y le hicieron llegar a Cristina la lista de todos los platos -diversos, saludables y variados- que Flor K les devolvió sin comer. A partir de entonces la hija presidencial no rechazó más un plato de comida.

Y esos malos modos eran clonados por sus funcionarios. A la Quinta se puede entrar por un acceso sobre la Avenida del Libertador, donde conviven dos puntos de control: uno de la Policía Federal y otro, de la Bonaerense.

Desde allí es obligatorio avisar al puesto de la Casa Militar -dentro del predio- el nombre de quién está ingresando. Un ministro de Economía se molestaba cuando lo frenaban para identificarse. Una vez ordenó a su chofer frenar el auto y retroceder cuando escuchó que desde un handy el federal había dado aviso de su entrada. El funcionario, de remera negra, bajó el vidrio y le dijo: “¿Qué avisás que estoy entrando, buchón?”.

Todos esos gestos hicieron que, al llegar la nueva administración el 11 de diciembre de 2015, el trato normal entre personas fuera toda una novedad. Como ese electricista que no le respondía a un flamante funcionario que le preguntaba sobre un problema de energía en la Casa de Huéspedes: “Es que no estoy acostumbrado a que me hablen”, se disculpó el trabajador, evidentemente acostumbrado a un clima de temor y verticalismo.

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Fuente: Clarin

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