17 de mayo de 2017 02:48 AM
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“El 75 % de lo que ponemos en nuestro plato depende de que las abejas polinicen”

Se dedica a la producción de miel.

A los 10 años se enamoró por primera vez, cerca de su ciudad natal, Buga, en el Valle del Cauca, Colombia. Pero no se enamoró de una chica. Su papá es productor de café y lo llevaba al campo para que “ayudara” en la cosecha y aprendiera el oficio; pensaba en el futuro de su hijo. El problema fue que al (hoy) biólogo Alberto Galindo Cardona lo sedujeron las orugas y el resto de los bichos que encontraba en los campos. Ese primer amor fue reforzado en colegio y se concentró en los insectos. Y dura hasta hoy: su especialidad son las abejas, con las que trabaja como investigador del Conicet en la Fundación Miguel Lillo.

“Las abejas son fundamentales para nuestra vida”, asegura y con la mayor contundencia grafica: “el 75% de lo que ponemos en nuestro plato depende de que las abejas polinicen”. “Y lo grave es que en el mundo se están muriendo. Hay zonas de China de donde han desaparecido, y hay que polinizar las peras una por una… ¡con pincel!”, añade para ayudar a dimensionar el desastre al que nos encaminamos.

Luego de graduarse en Cali, la capital del estado, Alberto partió a Puerto Rico. Allí hizo su maestría y su doctorado; allí oficializó su romance con las abejas y allí se enamoró de nuevo, esta vez de una tucumana, Carolina Monmany, también bióloga. Juntos tienen un hijo de 10 años y varios trabajos en colaboración. Pero hoy las dos grandes ayudantes de Alberto son Karen Escalante, estudiante de Biología en la Facultad de Ciencias Naturales, y Marta Ayup, becaria posdoc del Conicet. Juntos estudian el comportamiento, la genética y la salud de las abejas. Son tres “patas” profundamente entrelazadas que, además de aprender de las abejas, permitirán ayudar a mejorar la producción de miel en la provincia con métodos naturales.

Empecemos por el final: la tarea de Marta es hacer el seguimiento de las “vigías ambientales” que están a su cargo. “Para ello les colocamos un chip con nanosensores en el lomo. Cada abeja monitoreada da información sobre las zonas por las que vuela: variaciones de la temperatura, niveles de contaminación, de agrotóxicos…”, explica.

“Otro de nuestros objetivos es que se vuelva a la fecundación natural”, explica a su turno Karen y cuenta que están trabajando con algunos apicultores de la provincia.

“Cuando les contamos las ventajas nos miran escépticos; tenemos que demostrárselas, y en eso estamos”, añade. Sucede que las abejas, como muchos insectos, practican la poliandria: las reinas son fecundadas por varios machos. “La poliandria genera alta diversidad genética en la colonia, lo que se traduce en buen estado de salud y mejora de la productividad. En los ‘parques de fecundación’ la reina se aparea con al menos 12 machos. En cambio, para la fecundación artificial se utiliza esperma de solo siete u ocho, con riesgo, además, de parentesco cercano. La fecundación natural, en vuelo, es también una forma de selección del más apto, y está demostrado que la longevidad y el comportamiento de la reina en la colmena mejoran cuando es fecundada naturalmente”, explica Alberto. Este abordaje fundamenta (sólo en parte) una de las tres patas del proyecto: los estudios genéticos.

El vuelo de la reina

Y aparece, entonces, la tercera pata: el estudio del comportamiento. Los investigadores saben que existen zonas que zánganos y reinas eligen para el apareamiento; las llaman áreas de congregación de zánganos (ACZ).

“Son áreas abiertas, con una inclinación particular, rodeadas de árboles, que protegen del viento. Estas son visitadas sistemáticamente año a año, pero nunca por los mismos animales: la reina fecundada no vuelve, y los zánganos mueren en el intento”, explica el colombiano-tucumano. “No sabemos por qué exactamente eligen esos lugares ni cómo se transmiten la información; puede ser que capten señales del lugar, que haya un mensaje a nivel de especie…”, aclara. Por eso esta “pata” del proyecto se divide en dos: tratar de identificar esos rasgos y encontrar dónde funcionan los parques.

“Se conocen muy pocas de estas áreas en el país. Los apicultores llevan sus núcleos de apareamiento a lugares donde esperan que sus abejas se reproduzcan. Nuestra propuesta es encontrar las áreas de congregación de zánganos más cercanas a cada sitio de producción. Habrá menos costos de traslado y mayor probabilidad de apareamientos productivos”, explica Karen.

“Para encontrar las ACZ seguimos el vuelo de los zánganos desde un apiario base; utilizamos globos inflados con helio, barriletes o drones y feromona que simula una reina en celo como ‘carnada’. Por geolocalización buscamos y descubrimos la primera ACZ de la Argentina: es tucumana y está en Alberdi. Es un dato importantísimo, dado que la Argentina es uno de los tres primeros productores y exportadores de miel en el mundo”, cuenta entusiasmado Alberto.

“Sin criterios claros, los métodos apícolas tradicionales, como la fecundación artificial, son costosos y tediosos, y disminuyen la calidad de vida de la reina (y su rendimiento, en consecuencia) -añade-. En contraste, en las ACZ se promueve la selección natural de las reinas y los zánganos más aptos”.

> Cómo funcionan las colmenas que nos salvan la vida

Así como la paella es tanto el arroz y sus agregados como el recipiente plano en el que este se cocina, la colmena es la vivienda de una colonia de abejas, pero, también por extensión, sus habitantes. Estos pueden llega a ser 80.000, bajo el régimen de una monarquía fuertemente matriarcal. Las “clases bajas” son dos: las obreras y los zánganos.

La reina es la más longeva (puede vivir entre cuatro y cinco años) y la única hembra fértil de la colmena; su función primordial es poner huevos (entre 1.500 y 2.000). Si estos han sido fecundados, nacerán obreras; si no, zánganos.

“Las reinas abandonan la colmena sólo en dos oportunidades, durante los vuelos de fecundación o para fundar un enjambre que dará lugar a una nueva colonia”, explica el biólogo colombiano-tucumano Alberto Galindo Cardona.

Los caballeros, por su parte, nacen básicamente para fecundar a la reina (y morirán por ello). Además, son un poco niñeras (ayudan a dar calor a las larvas) y a repartir alimento a las obreras.

 

La clase trabajadora

Las otras chicas del grupo son de lo más laboriosas, y sus funciones cambian con la edad, que no llega a mucho: 42 días. Durante los primeros 21, mientras aún no salen de casa, producen la jalea real, el alimento de la reina, y limpian las celdas. Un poco mayores, cuando desarrollan las glándulas que producen cera, construyen las celdas donde la reina pondrá los huevos y las que, a la entrada de la colmena, recibirán el alimento que traen sus hermanas mayores.

“Secretan la cera desde el abdomen, y la amasan con las patitas y con la boca”, cuenta Alberto, y se nota que no ha perdido la fascinación que siente por sus insectos favoritos. “Además, vigilan la entrada para que no haya visitantes indeseados. Y moviendo las alas mantienen la temperatura adecuada de la colmena”, añade.

Cuando alcanzan la mayoría de edad empieza el trabajo duro: irán y vendrán miles de veces entre la colmena y las flores en busca del polen y el néctar para alimentar a la comunidad. Este es el alimento energético, y del polen obtienen proteínas, grasas y minerales. El néctar almacenado para pasar el invierno madura con el tiempo y se convierte en miel.

Pero en su trajín no sólo producen la miel que Tucumán exporta sino que -y es lo fundamental de esta historia- se encargan de polinizar millones y millones de flores, que darán sus frutos, que reproducirán su especie vegetal que nos da oxígeno y alimentos; pero que además regula la temperatura y las lluvias; que impide deslaves y frena inundaciones.

Decididamente, a las abejas les debemos la vida

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Fuente: La Gaceta

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