19 de mayo de 2017 13:13 PM
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La deficiencia de micronutrientes en el suelo impacta en los rindes

El zinc en maíz es deficitario en casi toda la Pampa Húmeda. Las consecuencias se miden en los rendimientos del cereal.

La deficiencia de micronutrientes ha sido una constante en los últimos años por su baja disponibilidad en el suelo, un cultivo con particular exigencia y por ambientes predisponentes, alertó el ingeniero agrónomo Gustavo Ferraris del INTA Pergamino, durante su presentación en la segunda jornada del 13r Simposio Fertilizar que, organizado por el IPNI y Fertilizar concluyó este jueves en el Centro Metropolitano de la ciudad de Rosario.
Luego enumeró que en el caso del zinc la deficiencia se da precisamente por las tres causas; en el boro, ocurre por una baja disponibilidad y también por el exceso de lluvias o por sequía (ambiente). “En el caso de la soja, hay buenas respuestas en los años secos y a las aplicaciones tempranas”, afirmó.
Luego analizó la deficiencia de cloro del cual “se habla menos pero la magnitud es importante”. Se trata de un micronutriente que es particularmente exigido por el trigo, por lo que su aplicación “reduce la severidad de enfermedades como roya y mancha amarilla”.
Por último, analizó la situación del manganeso, un nutriente que presenta un tipo de deficiencia “inducida” por la aplicación de herbicidas, principalmente el glifosato.
Ferraris concluyó: “el gran desafío es la integración de los micronutrientes en las prácticas de manejo habituales potenciado sus efectos en el cultivo. Hemos comprobado que la respuesta a micronutrientes no está asilada del buen manejo del sistema: optimizar la fecha de siembra, el grupo de maduración y otras buenas prácticas agronómicas potencian su efecto”.
Pablo Barberi, del INTA Balcarce, completó la secuencia respecto de la aplicación de zinc en maíz, sobre el cual resumió que actualmente es tan deficitario en casi toda la Pampa Húmeda que “la respuesta es generalizada y se manifiestan tanto a nivel de rendimientos bajos medios y bajos”. ¿Dónde? Barberis dijo que es más conveniente la aplicación en el suelo -por sobre la foliar y en la semilla- porque permite su acumulación.
A su turno, Adrián Rovea, del CREA Sur de Santa Fe, habló sobre la conveniencia de hacer cultivos de cobertura en la zona núcleo, aún cuando implican mayores costos.
“El cultivo de cobertura tiene dos pilares: el consumo de agua y la inmovilización de nutrientes; si se logra manejar esto, es una oportunidad, sino es una amenaza”.
Rovea resumió que “el cultivo de cobertura es una tecnología de proceso que simplifica el manejo de malezas y el encharcado”. Agregó que también ayuda en el control de malezas, “especialmente sobre eleucine, que se está haciendo resistente” y colabora en la descompactación del suelo: “con cobertura se pierde la compactación en dos meses y medio”, aseveró.
El tema de la compactación de suelos lo abordó Guillermo Gerster, Jefe del INTA Roldán, quien propuso rotar el cultivo con gramíneas de invierno (trigo, avena, cebada, centeno), las cuales tienen mayor capacidad de exploración “porque el suelo está más húmedo por un período más prolongado”. También “generan porosidad y mejoran la capacidad de infiltración”.
En cambio, la soja “es el cultivo más afectado por la compactación”. En un ensayo en el INTA Oliveros, se vio que una soja en monocultivo tenía el 39% de bloques masivos Delta, y cuando entró en rotación rápidamente descendieron a 16%.
Gerster concluyó que “la rotación con una fuerte participación de gramíneas permite incrementar la descompactación, el balance de carbono, favorece el control de malezas, mejora la infiltración y diversifica el sistema en aspectos químicos físicos y biológicos”.

 

Gustavo Gonzalez Anta, de Rizobacter, destacó la importancia de los fertilizantes biológicos: “Los microorganismos son capaces de mejorar el crecimiento y desarrollo de las plantas”. De hecho, enfatizó que “para que las plantas puedan hacerse de nutrientes el proceso debe ser mediado por microorganismos”.
Habló fundamentalmente de los microrganismos solubilizadores de fósforo, un nutriente que “no es tan fácilmente disponible para los cultivos”. Para hacerlo disponible, se está trabajando con una variedad de bacteria pseudomona que ayuda a la planta a incrementar su producción de biomasa. Describió que en el caso del trigo, se logró mejorar 15% la biomasa y en rendimientos se logró 11% más (7% en maíz).
Finalmente, el ingeniero agrónomo Andrés Grasso, del Comité Técnico de Fertilizar, aseguró que los manejos intensivos de fertilización “pagan, se recupera la inversión. Si aumentamos el insumo, aumentamos la eficiencia productiva”.
Grasso bajó la afirmación a dos casos: uno en 9 de Julio (provincia de Buenos Aires), en un lote que venía de 6 años con de monocultivo de soja y en el cual el productor acumuló 1.500 dólares por hectárea; mientras que con un manejo intensificado en función de diagnóstico agregando más fósforo y azufre, la ganancia saltó a 2.200 dólares por hectárea.
El segundo caso fue de esta última campaña, en un campo sembrado con cebada en 25 de Mayo (provincia de Buenos Aires), con ajustes del productor de 110 kilos de nitrógeno por hectárea y 14 kg/ha de fósforo; se lo llevó a 200 kg/h de N, 25-30 kg de P, más 18 kg de azufre por hectárea. “El impacto sobre el margen bruto fue pasar de 80 a casi 180 dólares por hectárea, una diferencia que se dio además en que el grano alcanzó la calidad cervecera, logrando un mejor precio”.
“Tenemos mucho para ganar manejando estrategias de fertilizantes. Y hay que tener en cuenta que todo lo que no se fertiliza, por la circunstancia que sea, siempre lo va a pagar otro, en este caso, el suelo. El manejo intensificado alcanza a todas las cuestiones de la sustentabilidad”, cerró Grasso.

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Fuente: Agromeat

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