26 de junio de 2017 11:53 AM
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La soja se afianza como el cultivo del siglo

En la próxima década se sembrará en más de 10 millones de km2 en todo el mundo y crecerá más que la cebada, el maíz, el algodón, el arroz, el sorgo o el trigo.

Los campos en las afueras de Mohall, Dakota del Norte, hasta hace poco eran un collage de lino azul, girasoles amarillos y trigo ámbar. Pero hoy, muchos son parcelas verdes uniformes en plena temporada de cultivo de verano.

El nuevo paisaje se debe a agricultores como Eric Moberg, cuya sembradora neumática de 72 filas plantó miles de acres de soja esta primavera. “Hacía cuatro años que no cultivábamos legumbres. Ahora constituyen casi un tercio de nuestra superficie”, afirma.

Su condado azotado por el viento en la frontera con Canadá se encuentra al borde de un cambio en la oferta alimentaria mundial. Mientras Asia come más pollo y cerdo, la soja que engordó a las aves y los cerdos se esparció en las fincas de todo el mundo a un ritmo más veloz que cualquier otro cultivo, y así se cubrió un área 28% más grande con respecto a una década atrás.

Este año puede ser un punto de inflexión. Habiendo casi completado la siembra, es probable que la soja desbanque al maíz como el cultivo más plantado en Estados Unidos, según los analistas.

La soja se plantó a gran escala en la sabana brasileña, las pampas argentinas y las principales zonas rurales de Estados Unidos. La magnitud de las cosechas dio un fuerte impulso a las economías de Brasil y Estados Unidos el año pasado. En la próxima década, la oleaginosa color marfil se alzará con un área de cultivo total de más de 1000 millones de hectáreas (10 millones de kilómetros cuadrados) en todo el mundo; crecerá más que la cebada, el maíz, el algodón, el arroz, el sorgo o el trigo, anticipa el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

El triunfo de la soja depende de los ingresos de China. Las importaciones del país se triplicaron en la última década hasta unos 93 millones de toneladas estimados para este año, lo que equivale a 66 kilos por persona por año o cinco barcos cargueros por día. El mes próximo, se espera la visita de delegados del ministerio de comercio de China al Estado de Iowa, rico en soja, para firmar un acuerdo que podría incluir una compra récord, afirma el Consejo de Exportación de Soja de Estados Unidos.

Los envíos se fortalecieron incluso cuando la demanda china de productos básicos industriales como minerales de hierro y cobre tambaleó. “Se ha mantenido un ritmo de crecimiento fenomenal”, sostiene Gert-Jan van den Akker, director de cadenas de abastecimiento agrícola en Cargill, la empresa de productos alimenticios.

La demanda mundial de alimentos básicos como el trigo ha aumentado en línea con el crecimiento de la población a alrededor de 1% por año. El consumo de soja se aceleró a 5% por año, incluso más que el maíz, el cultivo principal beneficiario de un programa de biocombustibles agresivo de Estados Unidos.

Cualquier persona que compra en un supermercado sabe que la soja es un alimento versátil, la fuente de tofu y aceite de cocina. La agroindustria también ha modificado los porotos de soja en productos como tinta, alfombras y biodiesel. Pero la popularidad arrolladora de la soja se basa en su incomparable contenido proteico. Una vez molida, casi 80% se transforma en harina de soja. Los pollos, cerdos y peces que comen soja engordan rápido.

“Es la única proteína real que tiene todos los aminoácidos esenciales para lograr una alimentación completa. Esa es la magia de la soja”, sostiene Soren Schroder, director ejecutivo de Bunge, la procesadora de soja más grande del mundo.

La harina de soja abastece las industrias cárnicas de Estados Unidos, Brasil, Europa y otros sitios. Los mercados emergentes del Sudeste Asiático y Oriente Medio están dispuestos a consumir aún más, afirman ejecutivos. Pero el principal motor del crecimiento fue un cambio de dieta en China. El USDA proyecta que China importará 121 millones de toneladas de soja en una década, más de un 30% del volumen de importación actual.

En 1989, cuando la primera sucursal de Kentucky Fried Chicken (KFC) de Shanghái abrió donde antes había un club de caballeros británico sobre la rivera del Shanghai on the Bund, el chino promedio comía alrededor de 20 kilos de carne por año. Después de casi tres décadas de ingresos, el consumo anual de carne per cápita superó los 50 kilos.

KFC ahora opera 5000 locales en China y abrirá otros cientos este año. El restaurante The Bund se mudó a un lugar menos glamoroso, pero una tarde hace poco estaba abarrotado de gente comiendo hamburguesas, rollos y alas de pollo. “Todo se vende acá”, dice el mozo Wang Shuai.

La tendencia se ve apuntalada por una población urbana que aumenta a aproximadamente 20 millones de habitantes por año, más rápido que la tasa de crecimiento general de China, ya que los residentes de la ciudad tienden a comer más carne.

“Comemos carne todos los días. Ya casi que es mucho”, afirma Ahmat Barat, un taxista de 41 años de Urumqi, la capital de la región Xinjiang del noroeste de China. “Cuando era chico, no teníamos heladera en casa y solo podíamos comer carne una o dos veces por semana”.

Para satisfacer este apetito, la producción pecuaria china dejó de ser una operación a pequeña escala “en el fondo de casa” que consistía en dar restos de comida a los cerdos para convertirse en una empresa industrial. Datos del Ministerio de Agricultura citados por diplomáticos de Estados Unidos revelan que las grandes granjas avícolas crecieron de dos tercios a más del 90% del total de China y las grandes granjas porcinas crecieron del 16% a alrededor del 50% entre 2005 y 2015. Cargill, por ejemplo, construyó una granja avícola de u$s 360 millones en la provincia de Anhui que puede procesar 65 millones de pollos por año.

Las empresas que surgen para alimentar a los animales hacen ganar fortunas a los magnates locales: Bao Hongxing, director ejecutivo de la productora china más importante de alimento para cerdos Twins Group, valuada en unos u$s 1800 millones. Como reflejo del surgimiento de las ventas, en el mercado chino Dalian Commodity Exchange, la harina de soja actualmente es el contrato de futuros agrícolas más comercializado.

Es posible que China sea el hogar ancestral de la soja, pero sus cosechas rara vez superan los 15 millones de toneladas. Cuesta más cara la producción nacional que las importaciones. En consecuencia, la demanda se sostiene básicamente por la prohibición del uso de cultivos modificados genéticamente en los productos comestibles cotidianos.

Como la soja que se utiliza para forraje y aceite de cocina no está sujeta a dicha restricción, estos productos hoy proceden en gran medida de cultivos extranjeros con características de bioingeniería, como la resistencia a los plaguicidas. Los dirigentes chinos abrieron la puerta a las importaciones de soja a la vez que se aferraron a una política de autosuficiencia en materia de granos básicos.

Las empresas reaccionaron construyendo un corredor internacional de soja cada vez más elaborada. Cargill, junto con el grupo chino New Hope Group y otro socio local, abrió en abril una planta de trituración de soja de u$s 100 millones en una ciudad portuaria cercana a Pekín. United Grain recientemente gastó u$s 80 millones en todo el Pacífico con el fin de trasladar más soja y maíz a través de su terminal de exportación de trigo ubicada sobre el río Columbia, en el estado de Washington.

“Despachamos cinco buques de soja por mes”, que “normalmente se dirigen a China”, señala Brentt Roberts de United Grain, una unidad de Mitsui de Japón.

Mil millas al este, en Lansford, Dakota del Norte, la cooperativa de cereales CHS SunPrairie que Moberg preside está construyendo un corredor ferroviario que permitirá que los trenes carguen la cosecha local sin detenerse y vuelvan de un tirón a la costa del Pacífico. “Solo sé que muchos de ellos se suben a un barco y se dirigen a China”, comenta Moberg, con sus jeans embarrados por la siembra.

Los agricultores estadounidenses son muy conscientes de la importancia del comercio de China. Después de que Donald Trump fuera elegido presidente en el marco de una plataforma de políticas proteccionistas, Global Times, la empresa estatal de Pekín, advirtió que “las importaciones de soja y maíz estadounidenses se paralizarán” si el gobierno cumple con las amenazas de imponer aranceles punitivos.

Las relaciones entre Washington y Pekín se mantienen más cordiales de lo esperado. Al margen de ello, los ejecutivos de la industria de ambos lados del Pacífico no parecen alarmados. De hecho, el embajador de Trump en China es Terry Branstad, exgobernador de Iowa.

“No veo cómo podrían dejar de comprarnos”, comenta Dusty Lodoen, agricultor de Westhope, Dakota del Norte, que pasó un tiempo en China con una delegación de la industria estadounidense.

Sin embargo, los agricultores estadounidenses fueron perdiendo cuota de mercado frente a Sudamérica. Según el agregado agrícola estadounidense en Pekín, el año pasado más de la mitad de las importaciones de soja de China procedía de Brasil, 35% de Estados Unidos y 10% de Argentina. Según la Conab, la agencia brasileña de estadísticas agrícolas, la cosecha local de este año, de 114 millones de toneladas, fue un éxito.

La soja transformó la sabana que rodea a Sorriso, una ciudad del estado de Mato Grosso, donde la población aumentó de 17.000 a 83.000 en 25 años. “La soja es el emblema, el motor de Sorriso. Nuestros agricultores son verdaderos héroes nacionales”, afirma Ari Lafin, alcalde de la ciudad.

Sorriso recién se estableció como ciudad en 1986, aproximadamente una década después de que los “colonizadores”, principalmente de ascendencia italiana, convirtieran los matorrales en chacras en el marco de un plan de asentamiento en el Amazonas. “No había pavimento, teléfono ni electricidad”, recuerda Rodrigo Pozzobón, delegado local de Aprosoja, una cooperativa de productores de soja.

En la actualidad, los productores salen a correr por el parque bajo un sol abrasador, intercambian mensajes por WhatsApp con el ministro de agricultura de Brasil, Blairo Maggi -un multimillonario de la soja-, manejan Land Rovers, usan relojes de marca y desafían la peor recesión de la historia del país. Según el IBGE, una oficina nacional de estadísticas, el ingreso per cápita de Sorriso se duplicó, pasando de BRL 27.569 en 2010 a BRL 57.087 el año pasado, entre los más altos del país.

En la cosecha de 2017, los 2,23 millones de toneladas de soja que los productores embolsaron convirtieron a Sorriso en el distrito de mayor producción de Brasil. “Nuestro principal mercado es China”, señala Pozzobón.

Pedro Dejneka, consultor de MD Commodities, sostiene que Sorriso y el cercano municipio de Sinop solían ser el arco norte de la industria de la soja. Ahora son la “frontera sur”, señala el consultor. El USDA predice que, a pesar de la superabundancia de cereales a nivel mundial, el segmento de la soja se prepara para un crecimiento vertiginoso en Brasil y Argentina durante la próxima década, incluso en “tierras no cultivadas”.

Esto está causando consternación en El Cerrado, la región de sabana brasileña que absorbe buena parte de la nueva siembra. El Amazonas se libró de más deforestación gracias a una moratoria de la soja acordada entre la industria y el gobierno en 2006. Sin embargo, el pacto no contempla la región de El Cerrado.

Los activistas ambientales presionaron a Brasil para que la moratoria incluya a El Cerrado y a operadores comerciales internacionales como Bunge y Cargill para que se comprometan a no comprar soja de las granjas ubicadas en tierras recientemente deforestadas.

Glenn Hurowitz de Mighty, un grupo ambientalista, señala que si bien el ganado, el papel y el aceite de palma son fuerzas de deforestación, “consideramos que es una oportunidad inmediata para reducir drásticamente la deforestación de la soja debido a la naturaleza internacional del mercado de la soja”.

Bunge y Cargill respaldaron la moratoria y se comprometieron a eliminar la deforestación de sus cadenas de suministro. Pero dicen que el ecosistema de El Cerrado es diferente del de Amazonas. Las empresas, los agricultores y las ONG están discutiendo en qué partes la soja debe o no estar prohibida. “La definición de lo que está permitido y lo que está prohibido, como se pueden imaginar, podría llevar a un debate interminable”, comenta Schroder de Bunge.

Últimamente, los precios de la soja estuvieron muy por debajo de los máximos de hace unos años gracias a una sucesión de buenas cosechas en América del Norte y del Sur. Pero eso no impidió la siembra.

“Durante muchos años la demanda fue sencillamente increíble”, comenta el agricultor Guy Solemsaas en una visita a un comerciante de semillas de Mohall.

Fuente: El Cronista Comercial

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