15 de julio de 2017 11:23 AM
Imprimir

Las puertas están abiertas para que crezca el negocio de la carne

El autor analiza las inmejorables oportunidades que tiene la Argentina para embarcar carne vacuna a China, pensando en el 2020.

La clase media está irrumpiendo en el mercado de alimentos. El ascenso de las economías emergentes permite un giro en la capacidad de compra mundial hacia oriente.

El aumento del poder adquisitivo de la población permite estimar una sostenida demanda de alimentos, donde las carnes vacunas ocupan un lugar de privilegio.

Este fenómeno proviene, en primer lugar, de los mercados emergentes que, con la entrada de una nueva y vigorosa clase media, muestran una elevada propensión al consumo de alimentos proteicos.

 

En segundo lugar, es consecuencia directa del crecimiento de la población de los emergentes que resulta ser casi el doble del que registran los países desarrollados.

El caso de China es por demás elocuente. Según el reciente informe “Perspectivas del sector de la proteína animal en China a 2020” del Rabobank, la producción de carne bovina disminuirá en 2017. Luego, la industria crecerá apenas entre un 1% y 2%, por año, hasta 2020.

Lo más destacable del informe es su estimación sobre la demanda de carne vacuna con un volumen superior a la producción interna. Ello llevaría a un aumento de la importación, en los próximos años. De allí se puede deducir que, para dentro de tan sólo tres años, sus importaciones de carnes vacunas aumentarán cerca de un 40%, en tanto que las porcinas y avícolas se mantendrán en un nivel similar al actual.

Aunque no se prevea una baja en la producción de carne de cerdo y de aves de corral, la realidad es que la industria cárnica enfrenta problemas de reformulación, en el caso de la primera, y de incertidumbre en el de la segunda. La situación es diferente para la producción de carne vacuna, que claramente revela una tendencia a la baja.

 

En la actualidad China mantiene sofisticadas redes de distribución para la carne vacuna, algo inusual en carnes de cerdo y de aves, que estimulan su consumo.

En tal caso, vale aguardar un sostenido crecimiento de las importaciones chinas. Es probable que para 2020, el aumento llegue a cerca de 1,40 millón de toneladas de carnes rojas; en consecuencia, las vacunas alcanzarían al 30% del volumen total importado de carnes de todo tipo. Ello es remarcable pues hace tan sólo siete años, tal proporción era casi nula. Así, China se consolidaría como el importador más importante del mundo.

Vale la pena, ahora, mirar hacia la oferta mundial.

Estados Unidos explica el 20% del total mundial producido, pero a resultas de su bajo crecimiento de la producción -por debajo del dígito- destina apenas 1% a la exportación (neta) y el resto va al consumo local. Es un mercado muy atípico pues, si bien exporta cerca de un millón de toneladas, también importa por un volumen semejante.

En importancia le sigue Brasil, con un 16% de participación mundial, país que sufre hoy graves problemas de sanidad. Prueba de ello es la medida tomada por EE.UU. que acaba de suspender el ingreso de la carne vacuna brasileña por cuestiones sanitarias y de salud animal.

En tercera posición se ubica la Unión Europea, con una participación próxima a 12%. Es de esperar que este ratio evolucione en baja, pues este bloque tiende a producir carnes duras y avejentadas que, en general, provienen del ganado lechero.

La oportunidad para la oferta argentina es inmejorable: escasa competencia y demanda en aumento. En tal caso, vale preguntarse ¿dónde está el problema? Respuesta: acá.

Desde comienzos del siglo, la producción revela una tendencia de visible volatilidad, con breves períodos de crecimiento. El año pasado la producción alcanzó apenas a 2,66 millones de toneladas (res con hueso). En los últimos cinco años, algo más del 90% de la producción ha quedado en el mercado interno, con un consumo per cápita promedio de poco menos de 60 kilos. Se trata de uno de los niveles más bajos de la historia.

Es tiempo de reaccionar. Trabajar sobre los nudos burocráticos, el denominado costo argentino, donde los impuestos distorsivos hacen de las suyas, y los costos de transacción constituirían un buen comienzo. En tal caso, menuda tarea le aguarda al Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa).

Miguel Alvarado Ledesma

 El autor es profesor de la maestría de Agronegocios de la UCEMA

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone
Fuente: Clarin

Publicidad