16 de septiembre de 2017 10:54 AM
Imprimir

Pablo Maessen: “Estamos en un punto de quiebre: o cambiamos o desaparecemos”

El productor apícola asegura que en Mendoza en los últimos años se redujo 50% la cantidad de productores en la actividad. Cree que es necesario cambiar el paradigma de producción.

Pablo Maessen es productor apícola en la zona de Lavalle. Durante una charla con Los Andes aseguró que es necesario trabajar para que la actividad crezca en la provincia de Mendoza.

-¿Cuál es el promedio de colmenas hoy?

-El sueño, como el ideal de producción, en una época era que cada apicultor tuviera 250 a 300 colmenas como para vivir medianamente bien. Pero al precio actual y los problemas de costos, necesita al menos 1.500 para mantener a su familia. Hoy a duras penas en Mendoza se promedia las 60, aunque queda alguno grande que posee mil.

La brecha entre lo que se necesita para vivir y lo que se puede tener es muy grande. Lo que sucede es que Mendoza tiene excelentes mieles, de muy bajo contenido de humedad. El problema es su volumen.

Estamos en un punto de quiebre: o cambiamos o desaparecemos.

-¿Eso obliga al productor a diversificarse?

-Sí, usando nuevas técnicas. Es la imagen que se está teniendo del apicultor mendocino, la de que usa toda una diversidad de productos y subproductos, más allá de la miel.

-Se habla de la hidromiel y la cerveza de miel. ¿Son los más representativos, o hay otros?

-De la miel como producto madre se pueden contar al menos 9 subproductos: de la hidromiel es posible obtener, con el agregado de cereales como avena, quinoa o cebada, el bragot, muy usado en Estados Unidos y, por oxidación, vinagre de miel o de bragot, además de cerveza y sus variantes con otros añadidos como la hidromiel lupulada, reconocida por el Código Alimentario.

Pero además hay que tener en cuenta que, según la zona, hay colmenas muy buenas para productos específicos, como pasa en el Valle de Uco con el propóleo. Hablar de hidromiel antes era una frase de un libro para los que estudiábamos apicultura; un docente en esa época me ofreció hacer una experiencia, pero yo lo veía difícil. Pero siempre fui un renegado y las vueltas de la vida te llevan a cierto punto.

De hecho, después de participar de un Apismondia, el congreso mundial del sector, en Melbourne, Australia, terminé haciendo distintos tipos de hidromieles, en la época en que comenzaba la reconversión vitivinícola y la industria del vino iba hacia los varietales.

-Y en la comparación con el mundo ¿cómo estamos?

Argentina siempre ha fluctuado entre el primero y el cuarto puesto como productor de miel. Lo que ha pasado es que las zonas se han corrido por efecto de la soja, que desplazó las pasturas usadas para la ganadería y la producción agrícola, también útil para la apicultura; antes el objetivo en el país era tener producción apícola en La Pampa, y el resto como Mendoza eran marginales. Así la provincia recuperó valor.

-Pensando en el producto y la rentabilidad ¿se corrió el foco al punto de descuidar la población de abejas?

-Es la gran pregunta. El interés siempre fue producir miel, pero las circunstancias van obligando a ir hacia otros productos. Antes se les mal llamaba subproductos al polen, la cera, la apitoxina (veneno de abeja), porque todo deviene de la propia colmena. Luego llegó la necesidad de reconvertir, y hoy se sabe que hay colmenas buenas para producir polen y otras propóleo, uno de los mejores del mundo.

Además de la preocupación por la genética de la abeja, desatendimos aquello en lo que podíamos ser mejores. Hace 25 años que vengo pregonando la necesidad de la diversidad al margen de los caramelos de miel o propóleo, pero siguen instalándose plantas extractoras de miel donde no se modifica ni siquiera las instalaciones.

Esos lugares, que tienen capacidad ociosa en invierno, podrían usarse tranquilamente para elaborar subproductos, más allá del caramelito de miel o de propóleo.

-¿Cuáles hoy por hoy aportan mayor valor agregado, y pueden resultar más redituables para el productor?

-Mientras más escalones se suba en la transformación de la miel, vamos a ganar más dinero. Ahí es donde está el potencial y la riqueza.

Pero nosotros seguimos a nivel artesanal. Nos falta para llegar a una escala industrial como Polonia o Eslovaquia, con mil años de tradición y considerada el reino de la hidromiel, lo que no significa que tengan la mayor tecnología en sus “medris”, las fábricas de hidromiel, que no tienen nada que envidiar a nuestras pequeñas bodegas.

-Más allá del factor económico y competitivo ¿cuánto puede impactar el cambio climático en el futuro de nuestra apicultura?

-Hay una luz de alarma importante. Ya se ha planteado que la mortandad de abejas es multicausal, y el cambio climático es una muy importante.

¿Qué nos falta?

-Un tema es que tenemos infraestructura ociosa. Algo que propuse hace tiempo es porqué no usar parte de las escuelas para la elaboración cuando las aulas no se utilizan con clases.

Hay preocupación por la genética de la abeja entre otros temas, pero algo serio es que la población de apicultores está envejeciendo. Años atrás era el “pibe” de la apicultura; hoy tengo casi 50 y quedan pocos pibes…

-¿Cuánto modificaron los problemas el mapa en Mendoza?

-Bastante. En los últimos quince años desapareció un 50% de los apicultores, y más o menos en el mismo período de las históricas 45 mil colmenas según la última estadística había registradas unas 88 mil, con dos tipos de apicultor: el que provee al acopiador, y el de subsistencia. Lo que puedo decir es que, fuera de los números, se me han muerto muchos amigos apicultores…

..y pocos continúan con el legado…

-Ésa es la misión que asumí, seguir enseñando, y lograr que haya capacitación gratuita. Me pasa que en una clase de iniciación apícola se siente en la primera fila un viejo productor, que empieza a ver quién se queda y quién se va, más allá de formar a los hijos. Eso me emociona.

-A su vez no ven el sentido ni el negocio más allá de la miel.

-Pasa que vivieron así toda la vida. Para ellos no vale la pena intentar, y necesitamos gente que se juegue. Estamos en un momento de quiebre. Estoy convencido de que la apicultura no ha tenido otra oportunidad como ésta. O cambiamos o desaparecemos.

Como las abejas, los apicultores tienen problemas, y no cualquiera se pone el traje con 45 grados en pleno verano y se deja aguijonear y encima es feliz. Es parte de esto.

 

Perfil

Pablo Maessen (49).

Es técnico agrario y enólogo graduado en la Escuela Pouget. Luego de una experiencia en la industria vitivinícola como laboratorista, en los ’80 se formó como apicultor y hoy tiene su propio emprendimiento en Lavalle.

Además, desde 1996 forma parte de la Sociedad Argentina de Apicultores (SADA) y es docente en la materia en el nivel secundario

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone
Fuente:

Publicidad