8 de octubre de 2017 20:53 PM
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Transgénicos y glifosato en el Uruguay Natural

El paquete tecnológico exige preservar el derecho a la coexistencia.
El púbico suele querer respuestas simples y digitales, de 0 o 1, o mejor dicho en términos del estilo “¿es bueno o es malo?”. Eso es un problema, porque la biología no sabe de bondad o de maldad y la realidad suele ser más compleja que lo que puede expresar un tuit.
Tal vez la pregunta más frecuente que me hacen cuando me quieren hablar de agronomía quienes están lejos de los temas del agro sea si estoy a favor o en contra de la soja. En mi interior esa pregunta tiene el mismo sentido que una pregunta que consultara sobre si estoy a favor o en contra del rosal, o del ombú. La soja es una leguminosa y eso ya la hace fascinante.
Esta familia tan prolífica de la botánica, a la que podríamos llamar “toda planta que tiene chauchas” y que abarca por lo tanto desde la arveja al ceibo y que es uno de los casos más notables de simbiosis, es decir de cooperación entre dos especies diferentes. Las leguminosas fueron parasitadas hace millones de años por las bacterias Rhizobium.
Pero las bacterias no solo tomaron los azúcares de la savia de las leguminosas como si fueran garrapatas microscópicas sino que captaron nitrógeno del aire y se lo dieron a la planta estableciendo entonces una relación que no es ganar/perder como en el parasitismo, sino ganar/ganar. La simbiosis, un concepto clave en biología, es de los tantos que se aplican a la economía, la competencia, la exploración de nichos, y tantos otros.
¿Cómo debería encararse el uso de transgénicos, agroquímicos y el conjunto de la agricultura extensiva? La soja tiene una gran virtud en términos de costos para el productor: no requiere gastos en fertilización con nitrógeno, hay que inocularla con Rhizobium y así obtiene el nutriente gratis del aire.
A su vez, como los porotos, las arvejas, las lentejas o las chauchas, esa abundancia de nitrógeno captado genera aminoácidos que a su vez generan proteínas. De modo que la soja es una excelente fuente de proteína vegetal. Y desde que se sabe que la enfermedad de la vaca loca se origina en darle a los animales proteína animal, y por lo tanto desde que los vacunos han vuelto a ser 100% vegetarianos, la demanda por soja ha crecido espectacularmente.
Si a eso se suma que la soja es una planta de origen chino y que en China comer carne de pollo, cerdo y vacuno es una mezcla de aspiración milenaria y moda, se puede comprender porqué en este siglo el cultivo de soja ha crecido en forma impactante en Uruguay de no existir prácticamente en el año 2000 a ocupar la mayor superficie que algún cultivo haya ocupado en el país superando el millón de hectáreas en las siembras de los últimos 10 años.
Es de bajo costo, es resistente a las sequías y sus porotos, son unos bombones proteicos aceitosos ideales para hacer ración y aceite.
La agricultura extensiva, imprescindible para alimentar a 7.500 millones de personas que habitan este pequeño planeta en el presente y las 10.000 millones que seremos en 2050, es necesariamente un problema ecológico grave. Hasta hace unos años la agronomía se dedicaba a optimizar rendimientos, pero en el presente tiene que ver tanto con lograr altas productividades como con evitar los “daños colaterales”.
El arado, símbolo de la Asociación de Estudiantes de Agronomía, es una catástrofe ecológica mayor que ha desertificado buena parte del Uruguay, típicamente el departamento de Canelones, que estuvo bajo agricultura desde el siglo XIX. El suelo es un super organismo, como una colmena o un arrecife de coral. Es una comunidad compleja. Al hacer agricultura hay que sustituir la diversidad de especies existentes por una sola especie privilegiada, trigo, maíz, soja, sorgo.
La función del arado era aniquilar mecánicamente la población introduciendo una cuchilla que pone los primeros centímetros del suelo patas arriba destruyendo su vegetación y también su estructura. El resultado es que con unas lluvias fuertes que cayesen después, un suelo que había llevado miles de años formar, quedaba en una cañada y luego generando esa agua marrón que vemos en el Río de la Plata.
La invención de la siembra directa solucionó o amortiguó los problemas de erosión. La estructura del suelo se preserva, el tapiz vegetal pre existente se quita con una sal, el glifosato. Y en el caso de la soja se le agrega un gen que le permite resistir al glifosato.
Al principio la solución fue revolucionaria. Se bajaba el costo –por ejemplo en gasoil-, se protegía la estructura del suelo y se controlaba mucho mejor por ejemplo a la gramilla, cuyo control con arado y otras herramientas era sumamente defectuoso.
Pero la solución trae nuevos problemas. La evolución de las plantas implica que gradualmente se van generando combinaciones genéticas que resisten al glifosato y esas son sumamente premiadas evolutivamente. Se multiplican por millones. Y entonces al glifosato hay que mezclarlo con otros productos para que controlen a las resistentes.
Pero la evolución no se detiene y pronto aparecen plantas que resisten a los dos herbicidas. Y así se instala una carrera armamentista entre la genética de las malezas y la química en la que el que quien paga el esfuerzo bélico es el productor. La queja de los costos de los productores tiene muchas causas y el alto precio de la energía es uno insoslayable. Pero también sucede que el modelo agrícola actual es necesariamente de costos crecientes.
Y por otro lado es de un impacto ambiental, diferente al arado pero no por eso menos significativo. El glifosato genera creciente preocupación entre los consumidores y en estos días se puede estar sellando su suerte como producto. Francia ha anunciado que “antes de 2022 ya no podrá usarse el producto en ninguna de sus variantes”. Pero la Unión Europea todavía no tiene una resolución tomada y en principio quiere extender 10 años su utilización.
Una discusión que en los EEUU de Trump ni siquiera se plantea, pero que en el Mercosur va a ser objeto de debate no solo por lo ambiental, sino también por cuestionamientos a la salud dado el aumento en la incidencia de enfermedades.
Hay grupos que la emprenden contra los transgénicos y están convencidos de que se trata de una catástrofe. El avance de la genética como el de muchas otras tecnologías es inevitable y más vale sumarse que intentar una resistencia luddita, destinada a la marginación.
Pero el paquete tecnológico exige fuertes precauciones y preservar el derecho a la coexistencia de quienes quieren sembrar variedades no transgénicas, algo que en especies como el maíz es sumamente difícil de lograr.
Nuevamente lo que se precisa es más ciencia, para cuidar los cursos de agua y las abejas, para no generar pánico sino promover la existencia de consumidores bien informados. Uruguay necesita agricultura intensiva pero en un desarrollo armónico con el paradigma de Uruguay Natural.
Como en la forestación, quienes se oponen a los transgénicos han advertido de desertificaciones que no han ocurrido. Pero las exageraciones de un lado no deben impedir los problemas que genera cualquier sistema de producción que no sea pastorear el campo natural.
A su vez quienes hoy dependen por completo de la provisión de glifosato para trabajar pueden encontrarse con que un día el herbicida ha sido prohibido en los mercados compradores y deben militar por una legalización que tendrá poca chance de suceder. Eliminar el glifosato, algo que muchos aplaudirían, implicaría una suba fuerte en el precio de los alimentos y un gran interrogante sobre cómo producir trigo, maíz, cómo hacer praderas.
Posiblemente lo que supere el actual esquema de producción agrícola sea el uso de microorganismos que emulen y complementen lo que los Rhizobios hacen en la soja y los tréboles. Algo que se analizará este 27 de octubre en INIA en un simposio que significa un comienzo muy promisorio, aunque en ciencia las verdades y soluciones difícilmente emergen de la noche a la mañana.
Lo que debe garantizarse en todos los casos es la búsqueda de una calidad óptima de agua y suelo y una restauración de la biodiversidad. El cómo requiere ciencia de la mejor, rotaciones con pasturas y defensa de los montes ribereños, que son los últimos guardianes de la calidad del agua que tomamos.
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Fuente: Observa

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