18 de diciembre de 2017 14:41 PM
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En busca del kilovatio productivo

¿Puede el sector agroexportador sobreponerse a un atraso cambiario de largo plazo? ¿En qué condiciones?
Todo el sector exportador parece estar destinado a convivir con una situación de atraso cambiario o de moneda fuerte al menos por dos años más. Y ahora ya se sabe, no hubo ni habrá gasoil productivo. Más vale tomar al toro por las astas. A grandes rasgos se espera que el dólar suba 2 pesos por año del presente a 2020. El dólar actual de $ 29 pasa a $ 31 al final de 2018 y luego otro avance modesto a $ 33 a fines de 2019. Ese aspecto del futuro no es demasiado incierto. A grandes rasgos puede suponerse que el dólar acompaña la inflación, en términos reales se queda donde está hoy. Un atraso relativo que el FMI coloca en 14% y que parece llegar para quedarse. El regreso a la competitividad será por una vía diferente a la cambiaria, si es que llega a suceder.
A diferencia de los anteriores, este atraso cambiario es persistente y no impide que la economía crezca aceptablemente. Hay consumo, turismo, celulosa, que seguirán creciendo. Y otros rubros como la soja o la ganadería que no crecerán demasiado, pero seguirán en el ruedo y en el caso de la ganadería con la chance intacta de volver a crecer fuerte.
Pero como conjunto, las actuales coordenadas en el agro no generaran una actitud de inversión, y lo mismo parece suceder en la industria. Ni crecimiento ni inversiones fuertes.
Por eso sería oportuno que el Estado lograse dar una señal nítida de que se ajusta el cinturón para aliviar a los emprendedores sin renunciar a sus responsabilidades de mantener equilibrios fiscales.
¿Cómo se podría generar un shock de inversión con este dólar que permita a distintos sectores del agro ser motores fuertes de crecimiento y empleo como sucedía hace 10 años?
La ganadería es eficiente y agrega valor, para empezar por preservar una forma milenaria de alimentarnos y generar proteína desde pasturas no comestibles para el ser humano. Pero para los sectores intensivos en energía como los tambos, cada suba es un golpe. Dar condiciones a las pequeñas y medianas industrias lecheras para que puedan seguir produciendo es algo de evidente sentido social. En los precios de la energía debería estar la respuesta.
Debería evaluarse un pacto, un mecanismo nuevo de ajuste, tendiente a equiparar gradualmente los costos de energía de Uruguay con los de los países vecinos, no bajando tarifas, sino dejándolas sin cambios hasta igualar. Suspender la suba del gasoil por seis meses y la de la energía eléctrica por un año, por ejemplo.
Debería procurarse un consenso por la competitividad. El mundo crecerá a buen ritmo, nos merecemos ser competitivos y reincorporar a los sectores agroexportadores al esfuerzo por invertir.
Un mecanismo podría ser que el bajo costo de la energía limpia se traslade a un precio estable garantizado por este año salvo situación de sequía. Generaría un impacto importante en el estado de ánimo que se dejara en suspenso la suba de 3,2% en la electricidad por un año y de 4,8% en el gasoil por seis meses.
El sector agro y el sector industria están atascados. En el tercer trimestre el PIB general creció 2,2%, pero el agropecuario cayó 2,0% en relación con el tercer trimestre del año anterior. “Este comportamiento se explica principalmente por el descenso en la actividad agrícola, como resultado de una menor producción de los cultivos de invierno, ante las menores zafras de trigo y cebada”.
No es que sea un problema específico del agro. Es general, en palabras del Banco Central: “En las industrias manufactureras, el valor agregado disminuyó 7,7% respecto al mismo trimestre del año anterior. Sin considerar la refinería de petróleo, la actividad del sector cayó 2,8%”.
Dados los avances tecnológicos, en las tecnologías limpias los costos de generación de la energía bajan, pero la parte del león de esos beneficios no ha llegado hasta ahora a los usuarios.
El aporte a rentas generales de UTE es en cierta forma un impuesto monopólico a la competitividad. Es una suba directa de costos de producción. Pero además da una señal económica y ecológica errónea: las energías hidráulicas y eólicas potenciando el crecimiento de los tambos a través de energía limpia a un precio competitivo, sustentable para ambas partes. Una propuesta tarifaria que congelase el precio de la electricidad de uso productivo por dos años, excepto sequía.
Lógicamente que las cuentas del fisco no están como para alegres renuncias a los ingresos. Pero si el shock anímico se genera, lo que crece es la recaudación de la renta. El fisco, se diría, recauda igual. En vez de hacerlo subiendo costos a través de las tarifas, lo hace cosechando más renta de un agro que vuelva a crecer.
Podríamos mostrar que gracias a la reconversión que cuida al planeta también se puede ofrecer cuidar el bolsillo de la gente, todo sintonizado con el país natural y agrointeligente. La energía renovable devolviendo competitividad a las producciones tradicionales.
Un esfuerzo similar en el gasoil democratizaría el shock de expectativas, porque no hay sembradoras ni cosechadoras eléctricas todavía. Seis meses sin cambios en el precio permitirían sembrar y cosechar una zafra de verano que vuelve a ser fundamental para estabilizar una agricultura frágil.
Además de una señal de interés hacia la producción, en la práctica esto daría un envión a tamberos, arroceros, regadores, a las industrias molineras y frigoríficas. El sostén de la demanda asiática, abrir Europa y Japón para la carne vacuna, el récord de precios que están logrando las lanas finas, la firmeza que debería persistir para la carne ovina. Uruguay tiene que seguir teniendo una enorme oportunidad como exportador de sabores boutique.
Un shock de inversión que vaya acompañado de un compromiso por considerar que el gasto estatal ya llegó a un tope y que el crecimiento futuro ayudará a achicar el déficit fiscal. Bajar costos de la manera más vistosa para el mundo: que se invente, o al menos se intente, un kilovatio productivo.
Fuente: Observa

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