23 de enero de 2018 22:12 PM
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A diez años del “conflicto con el campo”

El campo ganó y dejó una herencia: El gobierno actual.

2018 abre una efeméride redonda: se cumplen diez años del “conflicto con el campo”. La política argentina no volvió a ser lo que era. En un sentido liviano se puede decir que se “democratizaron” las clases dominantes, que no habían probaron con la convocatoria callejera y popular (diríamos que durante el kirchnerismo las movilizaciones opositoras fueron una constante). Y decimos “clases dominantes”, sin entrar en las olimpíadas del detalle retórico, para designar a un sector poderoso y dinámico de la economía, mutante pero con una historia que había dejado símbolos fijos en el imaginario (“la Oligarquía”), y que organizó un conflicto que puso en vilo a aquel gobierno.

El campo ganó, llenó plazas, presionó legisladores, formó una mesa de enlace para centralizar su “lucha” y se fue. Si hubiera que decir dónde está su herencia, la respuesta es sencilla: es exactamente el gobierno actual. No iba a ser Eduardo Buzzi, Hugo Biolcatti o Alfredo De Ángeli el futuro líder político sino el sigiloso jefe de gobierno porteño que estrenaba su jefatura y miraba de reojo cómo los sojeros constituían el borrador del mapa electoral amarillo: la Argentina de los agro-negocios aliada a millones de vecinos de la ciudad de Buenos Aires (y otras ciudades del país). De modo que Cambiemos también tuvo un origen callejero, una sociedad que lo pre existe, que disputó con el peronismo y la izquierda el monopolio de la plaza. El kirchnerismo reaccionó de raje con lo que tuvo a mano: con la capacidad de movilización de Moyano, los intendentes del Gran Buenos Aires, la figura incombustible de Scioli, el primer puñado de militancia juvenil y un núcleo de intelectuales. Pero… ¿fue el anti kirchnerismo la pasión que se desató primero?

El conflicto tuvo en una parte grande de la sociedad, como diría Piaget, asimilación pero no acomodación. Los solidarios con el campo sabían qué querían con ese conflicto: ponerle un límite a un gobierno que quebraba la noción de “riqueza infinita”. Pero la mayoría de los indiferentes e incluso de los adherentes al gobierno no sabían qué hacer con ese conflicto: ¿Cuál era su límite? El kirchnerismo del primer gobierno tenía enemigos de “afuera” de la sociedad (FMI, militares genocidas) e inauguró su segundo gobierno con un problema en el corazón de la sociedad. Entre otras cosas, se dio un desconcierto porque se desconocía el mundo rural que se había transformado en las últimas décadas con su tecnificación y boom de los commodities.

Cuando el 17 de junio CFK mandó el proyecto al Congreso hubo alivio porque por fin se abría el escenario de un resultado: La política asumía a pleno lo que pasaba en Palacio, las rutas y las calles. Fueron 129 días de medidas de fuerza de todas las organizaciones agrarias y un revuelo en el sistema político que se puede repasar hoy en las imágenes: la minúscula izquierda china marchaba con la SRA, una parte de la CTA negociaba por la Federación Agraria, algunos diputados, hoy progresistas k, se sentaban a convencer a Kunkel de una modificación del proyecto y el PJ se representaba de nuevo como el partido en busca de un autor, ya que Kirchner ponía a prueba su límite más conservador con una política que de pronto revelaba una raíz ideológica antigua, Moyano garantizaba un piso de masas para la competencia callejera. Néstor caminaba en círculo por los jardines de Olivos, irreductible.

Un punto de quiebre

Fue un punto de quiebre en la forma de hacer política, tan fuerte como el 2001. Y un ajuste sobre la representación: Todo un parlamento votaba algo en coordinación con el movimiento de placas que se vivía afuera. Nadie votaba “de espaldas” a la sociedad. Esa máxima intensidad que para algunos podía poner en vilo al sistema democrático era la prueba de fe de las instituciones. Porque lo que tal vez un republicano ensamblado en Nordelta no pueda entender es que el 2008 nos hizo más institucionalistas a todos, ese “desborde” en torno a una política pública se resolvió: se votó y el gobierno aceptó el resultado, aún cuando el voto del desempate hubiera venido de su propio vicepresidente. Las instituciones republicanas podían “contener” un nivel de disputa ideológica más aguantable. Cobos, ya apagada su estrella, simbolizó el límite entre la formalidad de las alianzas kirchneristas (“Concertación Plural”) y su realidad mezquina y vertical: el mendocino se cobró el ninguneo que recibió una vez que se hizo de la vicepresidencia. Ahí empezó y terminó su “daño”.

También, el 2008 marcó a una camada juvenil urbana que vio que era posible una política intensa y a la vez bajo un sistema de reglas: muchachos y muchachas que agitaron el eco discursivo de las juventudes maravillosas pero para discutir a los gritos no el socialismo nacional sino los números de las retenciones móviles a la soja que votaba un Congreso. “Las retenciones del gobierno popular”, se decía para encontrarle retórica. Y no viene mal recordar que fue una medida ideada por el entonces ministro Martín Lousteau, un economista criado al amparo de muchos políticos peronistas, que podía ser cualquier cosa menos un revolucionario.

Esos días tuvieron todo: discusión parlamentaria, cortes de ruta, algunas piñas en las plazas, lockout patronal, el surgimiento de una “voz intelectual”, pero no represión. De hecho Kirchner se ufanó de ser, como diría Halperín Donghi, el jefe del monopolio de la fuerza al precio de no usarla: por eso se rió en un desalojo de De Ángeli, “se lo llevaron a upa”, el mediodía del 14 de junio en el kilómetro 53 de la ruta 14 en Gualeguaychú, porque sabía que su poder ya no dependía tanto de aceptar las condiciones del campo (cosa que no estaba dispuesto a hacer) sino de no dar la orden de reprimirlos.

Todo se hizo por “izquierda” y cuerpo a cuerpo: movilización contra movilización, diputado contra diputado y senador contra senador. Y con un lenguaje político que arrastraba las rencillas de una Argentina con fracturas sociales mal curadas. El campo ganó, sumó. Cobos se convirtió en la estrella fugaz. Hasta Maradona (hoy un populista 24/7) lo felicitó por “pacificar” el país. Dijo Diego en el Canal 26 sobre el voto no positivo: “Lo grité como si hubiera hecho un gol. Lo grité por mi país, por mi bandera, porque desde el día anterior la gente había dicho basta”. La soledad kirchnerista se palpaba en el aire, en las imágenes de una militancia que se sentía menor frente al coloso rural. Se podía ver la noche en que diputados sí voto el proyecto de retenciones móviles a unos militantes de la agrupación Libres del Sur llevando en andas al peronista histórico José María Díaz Bancalari, desconcertado ante esa euforia. En TN el “relato” del periodista Gustavo Silvestre (hoy un crítico del “Grupo”), sermoneando junto a Sergio Lapegüe sobre los cristales rotos. O al mismo Buzzi, que en un acto en mayo en la ciudad de Rosario (una multitud en la capital de la soja) distingue entre la gente a una madre de Plaza de Mayo (luego fue detallado por qué estaba ahí esa madre) y empezó a cantar sin el menor swing “Madres de la Plaza / el pueblo las abraza”. No se le sumó una sola voz.

La normalidad

La estructura de aquella contienda se revelaba como una ruptura momentánea, una anomalía, un exceso ideológico precipitado por Kirchner pero que… llegó para quedarse. Muchos empezaban a pedir volver a la “normalidad” cuando la noción realista de normalidad en democracia tal vez haya sido justamente la del gobierno que había concluido el 10 de diciembre de 2007 (o los primeros años de la convertibilidad). Aparecía la exigencia de una política del diálogo que borraba con el codo lo que esa misma clase política había escrito con su mano: la incubación de una crisis económica y social que hizo volar todo por el aire en 2001.

A partir de 2008 la radicalización del kirchnerismo generó nuevas narrativas vinculadas al pasado de la vida política (nació con Carta Abierta un nuevo evangelio) y a la vez, recordemos, ensalzó Cristina en ese mismo instante su espejo en la figura de Alfonsín. CFK vio en Alfonsín al primer presidente reformista que por izquierda “no pudo”, y prefirió proyectarse en esa imagen (que además construye UN Alfonsín, no el único). De hecho la presidenta le hizo un homenaje en vida, en octubre de 2008. Y desde allí, se hizo recurrente la repetición del archivo del famoso discurso interrumpido en la SRA de 1988, cuando un Alfonsín tozudo acusa a la tribuna que lo chifla de haber estado “muertos de miedo” durante la dictadura. Nuevamente: las retenciones. Y un sutil consentimiento de Alfonsín: les dice que tuvieron miedo, no que fueron cómplices.

La relativa paz anestesiada de consumo del 2003 al 2007 tocaba su fin, cuatro años de crecimiento que compensaban a una sociedad traumada. El mundo también estaba al borde de un crack financiero. De la política argentina de 2008 nacía el imperio de un nuevo signo: no sólo se configuraba la forma definitiva del kirchnerismo, no sólo el conflicto con el campo hacía nacer su otra etapa (la guerra con Clarín), sino también la forma del anti kirchnerismo. El actual gobierno, ese otro hijo del 2008.

Si la plaza fue el batifondo de la crisis de 2001, el 2008 recoge un hilo de ese “estallido” para detonar la política por dentro, una guerra entre poder político y económico a cielo abierto, y del modo que no se había conocido desde 1983. 2008 cambió el lenguaje: soja, clima destituyente, Clarín, glifosato, Venezuela, Magnetto, corpo, crispación, diálogo, campo, medios hegemónicos, choriplaneros. Se pasó de un “que se vayan todos” universal de ciudadanos con cacerolas y constituciones en la mano (que se sacaban la clase política de encima) a, siete años después, una crisis con cacerolas y marchas con consignas ultra específicas, temas concretos y una espuma de lenguajes agresivos que parecía desbordar las rejillas de la historia del país: desde yegua montonera hasta puta oligarquía.

CQC, que se había hecho fama con noteros reyes del bardeo gratuito a los políticos, ahora tenía a sus noteros haciendo etnografías: conocían peones con blackberrry, gauchos en Hilux. Incluso a partir del conflicto y su necesidad narrativa, se instaló una relación de proximidad entre intelectuales y política que dura hasta hoy (y en la que muchos intelectuales K terminaron perdiendo terreno porque se engolosinaron más explicando el kirchnerismo que la sociedad). La política empezó a necesitar argumentadores, relatores, académicos, y aún hoy, con la vocación desdramatizadora que baja como un mantra desde la actual jefatura de gabinete. ¿O no es incluso Fernando Iglesias un hijo de esas plazas? Si el estallido de 2001 fue el cacerolazo en sí de una sociedad en crisis en la que todos tenían razón, en 2008 estalló la lucha por ver quién tenía más razón. El cacerolazo para sí.

En un reciente libro el historiador Javier Trímboli (“Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución”, editorial Cuarenta ríos) repasa del kirchnerismo la génesis entre 2001 y 2003. Se detiene en un episodio olvidado: la fijación de retenciones a las exportaciones de soja de agosto de 2002. Así comienza el capítulo: “El sábado 3 de agosto de 2002 el presidente Duhalde no asiste a la inauguración de la clásica exposición de la Sociedad Rural en el predio de Palermo. Durante los días previos los diarios especulan al respecto, algunos pocos que le advierten lo que eso significa. Tampoco participa el ministro de Economía, sólo lo hace el secretario de Agricultura que, aunque es una hombre del campo, se resigna a leer su discurso bajo una estruendosa y sostenida silbatina.”

Recuerda Trímboli las palabras de Enrique Crotto, presidente de la SRA: “Habría que marginar de una vez y para siempre a esa corporación política que, sin distinción de ideas partidarias, lo único que pretende es preservar sus privilegios, aunque ello traiga aparejada la disolución social de la Argentina”. Las palabras de Crotto funcionan como hilo de sentido entre 2001 y 2008. Duhalde persiste, las retenciones quedan. Todo pasa desapercibido entre los indicios de una economía que empieza a crecer y la razón de Estado que precisaba ese dinero para sostener el Plan Jefes y Jefas de Hogar. Duhalde explicaba la medida desde su programa de 15 minutos los sábados en radio Nacional (“Conversando con el presidente”) que no debía escuchar ni Chiche. Era el duro invierno de 2002 y todo estaba por venir.

Fuente: LPO

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