25 de enero de 2018 02:01 AM
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Postales de un Senasa que debe mejorar: La pezuña que está sola y espera

A Juan Capózzolo lo conocen casi todos por el norte de Santa Fe y el sur del Chaco: productor ganadero, viejo referente ruralista, entrometido como debe ser en las causas públicas, “Juanchi” vive en Reconquista y tiene campos ganaderos en Basail. Allí fue dónde en septiembre de 2014, investigando los motivos que provocaron el fallecimiento de […]

A Juan Capózzolo lo conocen casi todos por el norte de Santa Fe y el sur del Chaco: productor ganadero, viejo referente ruralista, entrometido como debe ser en las causas públicas, “Juanchi” vive en Reconquista y tiene campos ganaderos en Basail. Allí fue dónde en septiembre de 2014, investigando los motivos que provocaron el fallecimiento de unos terneros, descubrió que una bolsa de sales minerales que había comprado para suplementar su hacienda contenía restos de una pezuña calcinada. Algo estaba mal porque en la Argentina está prohibido alimentar a los vacunos con harinas animales, debido a que el país está -por ahora -a salvo del “mal de las vacas locas”. Hizo la denuncia como correspondía.

Yo conocí a Capózzolo justamente porque, cansado de esperar una reacción de las autoridades veterinarias, quiso hacer pública la historia de la pezuña. Habían pasado varios meses y aunque el veterinario local del Senasa actúo rápidamente, tomó muestras e interdictó el producto, en la Regional Santa Fe primero, y en la sede central del Senasa en Buenos Aires después, se hacían olímpicamente los otarios a la hora de definir responsabilidades y, eventualmente, aplicar sanciones.

La primera crónica se publicó en el diario Clarín el 24 de mayo de 2015.  Los hechos eran evidentes y tenían gravedad suficiente.

 

 

 

 

 

 

Hasta ese momento se sabía, a ciencia cierta, que en una de las bolsas de sales minerales que Capózzolo había comprado en la Unión Agrícola de Avellaneda, en Reconquista, había aparecido una pezuña momificada. El producto decía haber sido elaborado por Lomas del Sol SRL, una firma creada en 2007, que  elabora en Rosario fórmulas para suplementar todo tipo de ganado. La bolsa de 25 kilos de “Mineral Vaca de Cría con fósforo al 6%” se vendía bajo la marca “Neo-Pentamix”, que pertenecía al principal accionista de la empresa, Amaro Augusto Etienot.

Ante la primera denuncia, el veterinario Enrique Santos había tomado tres muestras que envió al laboratorio. Los resultados se conocieron a principios de noviembre de 2014 y fueron terminantes: “Se identifican fragmentos óseos parcialmente calcinados”, reconoció Senasa. Además el “Neo-Pentamix” no estaba aprobado como suplemento. La Unión Agrícola de Avellaneda, también damnificada, dejó inmovilizada toda la carga de ese producto.

Pasaron los meses, los años. Pero como no pasaba nada, Juan me preguntaba a mi y yo le preguntaba a los del Senasa: ¿qué había sucedido con la pezuña? Como no contestaban (era la época en que todo el Estado seguía el ejemplo de la presidenta Cristina Kirchner y hasta el funcionario más insignificante se cagaba literalmente en la obligación de brindar información a los ciudadanos), recuerdo que llegué a iniciar un trámite de “acceso a la información pública”, para poder conocer el estado y los avances del expediente.

Entonces me citó a su despacho un alto funcionario del Senasa y salió del horno la segunda crónica de la pezuña. Las mismas explicaciones fueron dadas a Capózzolo:

Ver: “El Senasa confirmó fallas en el control del alimento balanceado

La investigación oficial sobre el episodio había determinado varias otras cosas. Por un lado que los “presuntos infractores” eran dos firmas y no una, ya que se confirmó que el cuestionado suplemento no se había fabricado en realidad en Lomas del Sol sino que había sido elaborado en Biomix SRL, una planta de Monte Vera que pertenecía a Raúl Cristalli. Esa tercerización habría violado múltiples normas sanitarias y de habilitaciones. Los voceros del Senasa además admitieron que se investigaba “la posible complicidad de funcionarios del organismo” que cajonearon el expediente a cambio de una supuesta coima.

 

 

 

 

Todo parecía marchar hacía donde deben ir las cosas en un país serio con un servicio veterinario profesionalizado. Se había confirmado una serie de maniobras que merecían ser penalizadas luego de los descargos de los responsables, que también habían logrado ser identificados.

Pero todo volvió a ingresar a una larga trance de incompetencia o dudosa complicidad. Nunca el Senasa informó qué había sucedido con la bendita pezuña. Y recuerdo haber recibido una carta documento del tal Etienot que nos responsabilizaba a nosotros del daño que le habíamos provocado con la difusión del caso. El país patas arriba.

Estamos en 2018 y ahora se produce un debate muy intenso sobre cómo debe funcionar el Senasa. La Regional Santa Fe es el epicentro de ese debate. Volví a cruzar mensajes con Juanchi y le pegunté si sabía qué había pasado con la pezuña.

“Todo sigue igual. Nunca hubo una comunicación oficial (del Senasa) desde que aquel jefe de Gabinete me dijo que enviaban el expediente al sector sumarios”, me contestó el productor que había tenido la valentía de denunciar un hecho grave en materia sanitaria.

Lo más insólito, a esta altura, no es la complicidad evidente de ciertos funcionarios del Senasa con la/las fábricas que debían ser sancionada, y que por lo visto han seguido funcionando como si nada hubiese pasado. Eso sí, Lomas del Sol SRL ahora se hace llamar LDS Nutición Animal. Como para disimular.

Lo más insólito, en realidad, es que ha sido tanta la impunidad que en el organismo ni siquiera se ocuparon de borrar las pruebas. Sucede que una parte del cargamento de suplementos minerales interdictado hace casi cuatro años por el Senasa permanece todavía en Basail, en el campo del productor damnificado. Nadie del Senasa los retiró del lugar. Son las bolsas que ilustran el principio de esta nota.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tampoco pasó nada con la mayor parte del lote de sales minerales que, a partir de la denuncia de Capózzolo, se inmovilizó en la Unión Agrícola de Avellaneda. Las bolsas siguen allí, juntando polvo en un depósito, sin que nadie las haya reclamado o les haya hecho nuevos análisis.

“La verdad que nos preocupa, porque ese producto comenzó a tener bichos y nos ocupa lugar en el depósito”, dijeron desde aquella cooperativa.

La pezuña sigue sola y espera.

¿Y qué espera? Espera en vano que alguien haga las cosas como corresponde en un país llamado la Argentina.

Matías Longoni

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Fuente: Bichos de Campo

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