26 de enero de 2018 23:43 PM
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Postales de un Senasa que debe mejorar: el día que “desaparecieron” 500 terneros

Si algo he aprendido en estos años de hacer periodismo agropecuario es que el principal capital de un consignatario de hacienda es su buen nombre, pues constituye casi una marca y es como un sello de honorabilidad que le permite obtener la confianza de sus clientes. Muchos de los negocios entre vendedores y compradores de […]

Si algo he aprendido en estos años de hacer periodismo agropecuario es que el principal capital de un consignatario de hacienda es su buen nombre, pues constituye casi una marca y es como un sello de honorabilidad que le permite obtener la confianza de sus clientes. Muchos de los negocios entre vendedores y compradores de ganado se cierran primero de palabra y luego se ponen en papeles. El nombre del consignatario que interviene es, la mayor parte de las veces, la mejor garantía.

Guillermo Arnaude, un viejo consignatario con influencia en la zona de Ayacucho, está empecinado en eso: en mantener a salvo su buen nombre de cualquier sospecha y de dejar saldado un episodio que lo tiene a mal traer desde hace años. En 2006, hace doce años ya, a Arnaude le “desaparecieron” 500 terneros. Nada más, nada menos, que 500 terneros.

El 27 de diciembre pasado, Arnaude hizo una última presentación ante el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) porque considera que (o por complicidad o por negligencia de algunos de sus funcionarios) ese organismo ha tenido parte de la responsabilidad directa en la maniobra que terminó con la desaparición de esos 500 terneros. El faltante de ese medio millar de bovinos no solo figuró (y dejó malheridos) los libros contables de su casa consignataria. En la contabilidad del Senasa (a través de los Renspa y los datos de vacunación) esos 500 terneros aparecen y desaparecen según sean los funcionarios de turno.

 

Vamos a los hechos para entender todo el cuadro. Para quien precise, hay documentación respaldatoria de todo lo que aquí se cuenta:

  • A fines de 2006, Arnaude actuó como intermediario en una clásica operación de venta de hacienda a término. El contrato se firmó en octubre y los animales deberían ser entregados a sus nuevos dueños varios meses después, entre mitad de marzo y mitad de abril de 2007, con un peso promedio de 190 kilos y “castrados, sanos, libres de enfermos, mancos, ciegos, rengos, entecados, etcétera”. El valor por kilo vivo se determinó en 2,60 pesos. Habría que multiplicar la cifra casi veinte para actualizar los montos de esa operación.
  • La vendedora era una productora de Ayachucho llamada Marina Claudia Pérez Zeberio, quien se comprometía a criar y entregar los 500 terneros. Los compradores eran dos y por eso los contratos también se firmaron por separado: la Estancia La Madrugada y Luis Osvaldo Pivotto. Cada uno de ellos debió abonar, en ese entonces, unos 123.500 pesos por sus 250 terneros.
  • Llegaron las fechas y comenzaron las demoras: los terneros no aparecían. Por eso y por aquello del nombre, Arnaude puso en juego su propio capital para saldar los contratos firmados con sus clientes: a cada uno de ellos les entregó 250 terneros de las mismas características pero que el consignatario tuvo que salir a comprar en otros campos. Con la hacienda en su poder, cada uno de los compradores a su vez le cedió al intermediario los derechos sobre los 500 terneros originales, que habían desaparecido.
  • Quizás por desconfiado, al firmar los dos contratos el consignatario de Ayacucho había tomado el recaudo de tramitar ante Senasa los DTA y Renspa correspondientes para fijar el status sanitario y también dejar sentada la propiedad de la hacienda en cuestión. La oficina del Senasa en Ayacucho emitió esos documentos -hasta con la identificación individual de los animales- el 21 de noviembre de 2006. Con esos documentos y los respectivos contratos, inició las acciones legales pertinentes para tratar de recuperar su dinero, que era mucho.
  • Fiel a sus tiempos, la justicia falló en esta caso por incumplimiento de un contrato recién una década después.La jueza de primera instancia en lo Civil y Comercial de Dolores, Alicia Mendes de Macchi, le dio la razón a Arnaude y obligó a la productora Pérez Zeberio “a entregar la cantidad de 500 terneros o abonarle la suma de dinero equivalente a 90 mil kilogramos de carne al valor del kilo vivo en el Mercado de Liniers” que estuviera en vigencia el día del pago.
  • El problema es que, para ese momento, diez años después de la operación, la productora ya hacía rato que había pedido su concurso de acreedores y se declaraba insolvente. Era imposible cobrarle nada. En segunda instancia, la justicia de Dolores ratificó el fallo un año después, pero tampoco. Nada.

 

Hasta aquí la historia de un negocio fallido como tantos otros. Muchos se preguntarán: ¿y el Senasa qué tiene que ver? Hacia allá nos dirigimos.

Según cuenta Arnaude, el organismo sanitario cometió una gran irregularidad cuando avaló que la Fundación Ayacuchense para la Lucha contra la Fiebre Aftosa (Fundapsa), en la primera campaña de 2007, cuando los terneros estaban todavía en el campo de origen, vacunara esos 500 terneros sin hacer constar los Renspa correspondientes a sus nuevos dueños, tal como figuraba en el contrato a término firmado unos pocos meses antes.

Frente a un escribano, Arnaude relató que en diciembre de 2007, ya cansado de reclamar a los 500 terneros y luego de saldar la deuda con los compradores, concurrió a la oficina local del Senasa a pedir los DTA de esos vacunos “a efectos de lograr la titularidad de dichos terneros” ante la Municipalidad de Ayacucho, como paso previo a iniciar la demanda.

Pero en dicha oficina, el veterinario Alejandro Vanonni “le manifestó que ante la falta de vacunación de esa hacienda, correspondiente a la campaña 1/2007, estaba imposibilitado de entregar dicho certificado”. En criollo, como esos 500 terneros habían sido vacunados bajo otro número de Renspa no figuraban como vacunados.

El consignatario volvió a la oficina de Senasa acompañado por el escribano que terminaría labrando un acta. Lo vuelve a atender el tal Vanonni y su supuesto jefe, “un veterinario que dijo llamarse Pedro Closs”. Ante el nuevo reclamo por los documentos de respaldo de los benditos 500 terneros, el funcionario de menor rango primero les dice que esos DTA no existen pues “fueron inventados”. Luego se retracta, pero insiste en que no puede extender el certificado que se le reclamaba.

“A partir de allí comienza una pesadilla, donde se reclama a Senasa local, a Senasa regional Buenos Aires Sur, a presidencia del Senasa, pero no sabían como resolver el error”, cuenta Arnaude. El propio Vanonni, muchos años después (en febrero de 2016), ya convertido en supervisor regional, siguió negando la existencia de esos Renspa.

En marzo de 2008, frente al visible conflicto, Gabriel Melendez, el ex titular de la Regional Buenos Aires Sur que el año pasado fuera desplazado ante sospechas de corrupción, cita a las partes a una reunión en Mar del Plata. En ese encuentro nadie se pone de acuerdo. La vendedora desconoce los contratos de venta de los 500 terneros exhibidos por Arnaude. El consignatario, a su vez, reclama al Senasa que reconozca la validez de los Renspa que le había extendido un año antes, pues estos figuraban en su base de datos. Menéndez, por su parte, explica que al organismo no le corresponden dar constancia de la propiedad de esa hacienda, pero asegura que había sido vacunada en 2007, claro que con un número de Renspa diferente.

Los 500 terneros vacunados bajo otro registro, mientras tanto, habían desaparecido. “A esta altura de los hechos no me cabe duda de una complicidad que posibilitó a Pérez Zeberio sacar los animales vendidos, con la anuencia de personal de Senasa”, dirá el consignatario muchos años después, mientras trajina por diversas oficinas pidiendo explicaciones de parte del organismo.

Dentro del Senasa, como sea la cosa, también llevan varios años sin poder cerrar este capitulo. En el sistema, los Renspa de esos 500 terneros existen (ver facsímil), pero los animales no están y por lo tanto tampoco hay registro de que hayan sido vacunados.

Desaparecieron.

 

Por Matías Longoni.-

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Fuente: Bichos de Campo

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