10 de abril de 2018 12:49 PM
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Los límites de la pesquería de langostino

La discusión sobre el alcance de la Resolución 1113/88 genera conflictos desde su génesis. Cuando en 1988 se decidió establecer ciertos límites al ingreso de barcos a la pesquería, los actores del sector estaban preocupados porque ante una mayor disponibilidad del recurso se producía un fuerte aumento del esfuerzo pesquero.

Era muy reciente la gran baja en las capturas que habían experimentado los buques langostineros en 1987 y una mejora en los rendimientos acompañada de un exponencial aumento del esfuerzo pesquero generó intranquilidad y se decidió establecer un límite. “Es preocupación de las autoridades tanto nacionales como provinciales desde hace varios años, dado que el inadecuado manejo del recurso puede agotarlo”, escribieron en su momento en los argumentos de la Resolución 1113.

La gran mayoría de los barcos históricos de la pesquería de langostino tenía como máximo 40 metros de eslora y una potencia de motor inferior a 2000 HP. Por lo tanto el límite se estableció en ese tamaño de embarcación, permitiéndose que los antiguos permisos con historia de captura que no cumplieran con los requisitos pudieran ingresar, dándoles tiempo hasta 1994 para adaptarse a las nuevas normas.

El objetivo que se perseguía era que no pescaran barcos de gran porte (100 metros en algunos casos), que realizaban lances de hasta 30 toneladas, generando un fuerte impacto sobre el langostino y la merluza. Algunos barcos cedieron sus permisos y se reformularon en otros, adaptados a la norma. Se produjo entonces un ordenamiento del sector langostinero que implicó además otras medidas de manejo como los límites a la producción a bordo y el establecimiento de la veda de Mazarredo, que protegió el área de desove.

“A principios de los 90 la pesquería evolucionó a partir de reclutamientos anuales importantes, luego de tres años de buenas capturas y rendimientos. En 1995 el pobre nivel de reclutamiento obtenido debido, entre otros factores, al aumento del número de unidades de esfuerzo aplicado al recurso, en relación con la biomasa disponible, puso en evidencia el estado de sobreinversión en que se encontraba la pesquería”, escribió posteriormente Marisel Bertolotti, jefa del departamento de Economía del INIDEP en un informe de la Universidad de Mar del Plata.

A la vez agregó que “los aportes de la investigación científica y la acción oportuna de los organismos encargados de la administración del recurso, junto con la colaboración activa por parte de las empresas armadoras”, les permitió salir de una situación de crisis y garantizó el éxito posterior de la pesquería. Las buenas capturas alentaron una vez más el ingreso de más barcos y así surgió la Resolución 153/02 de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca.

En esa Resolución, que en su momento fue también muy cuestionada, se estableció que los barcos que no cumplieran con la eslora inferior a 40 metros y una potencia de motor menor a 2000 HP pero que tuvieran un permiso de pesca de langostino y lo hubiesen pescado como especie objetivo durante 2001, podían ingresar a la pesquería “con los mismos derechos que las embarcaciones que cumplen los requisitos”.

Resolución arbitraria por excelencia la 153, firmada en su momento por el secretario Rafael Delpech, permitió el ingreso de buques de gran porte a la pesquería. De esta forma se volvió a incrementar el esfuerzo pesquero, aunque en aquel tiempo la faena en aguas nacionales era solo de dos meses.

Siguieron buenos años de capturas, dentro de los acotados límites que entonces se consideraban buenos, promedio de 17.000 toneladas. Pero en 2005 las capturas volvieron a caer abruptamente y el langostino dejó de ser, por un tiempo, tan atractivo para las empresas. Todo cambió cuando por motivos que aún se desconocen con exactitud desde lo bilógico, las capturas de langostino comenzaron a ser cada vez más abundantes aunque erráticas, llegando en 2010 a las 74.000 toneladas, sin que nunca más bajaran los rendimientos.

Tras un 2014 de 129.000 toneladas, a mediados de 2015 se comenzó a discutir en el seno del CFP modificaciones a las medidas de manejo que implicaban la revisión de las limitaciones impuestas a barcos con permisos de langostino históricos y el ingreso de un nuevo grupo de barcos que, a pesar de no cumplir con las limitaciones de eslora, habían capturado langostino entre 1989 y 2000 pero habían sido excluidos de la Resolución 153 por no haber pescado en 2001.

El tema del ingreso de estos barcos nunca terminó de discutirse en el CFP pero en septiembre de ese mismo año, el que fuera secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, Gabriel Delgado, firmó la Resolución 340/15 que dio la posibilidad a los armadores que habían pescado un promedio de 300 toneladas anuales entre 1989 y 2000, de solicitar el ingreso a la pesquería. En ese momento siete barcos fueron aceptados y otra vez se corrió el límite que estableció la Resolución 1113.

Así, con otra resolución arbitraria que buscó subsanar viejos abusos y la Resolución del Secretario Delgado, se permitió ampliar el número de barcos con eslora mayor a 40 metros. Ni en la Resolución 153/02 ni en la 340/15 se aclaró en el texto que los barcos debían adaptarse a los límites establecidos por la vigente Resolución 1113/88 y por tal motivo siguieron pescando sin impedimentos. Incluso no se les exigió que los reemplazos cumplieran lo dispuesto, solo se corrigió en la 340/15 el tema de la potencia de motor que “casualmente” habían olvidado en 2002.

En esta carrera por ampliar la flota langostinera, a partir de 2015  comenzó a utilizarse la modalidad de las reformulaciones pesqueras para seguir sumando barcos al caladero y los permisos irrestrictos de las lanchas amarillas comenzaron a ser el vehículo más utilizado. A la fecha suman unas 40 las que se han convertido en barcos langostineros. También se ha transformado cupo de calamar en langostino y ya la limitación de la eslora es solo una molestia para permitir que no todos los barcos accedan al caladero.

Cuando Bosch dice que muchos barcos con más de 40 metros han pescado durante 20 años por excepción, tiene razón. Pero su búsqueda de eliminar toda restricción para que logre ingresar el barco José Américo, de Moscuzza, deja abierta la puerta para que otros de cualquier tamaño y capacidad de pesca puedan ingresar a la Veda de Juveniles de Merluza a pescar. En la administración pública nadie parece hacerse ningún planteo respecto de la sustentabilidad de los recursos; la maximización de las capturas y los números crecientes de exportaciones parecen ser el único parámetro.

Si el José Américo, un barco hermoso, impecable desde la tecnología, ingresa a la pesquería, habrá una lista interminable de buques que podrán entrar. Todo aquel que tenga un permiso irrestricto o que consiga el de una lancha amarilla, sin importar la eslora (ya sea eslora total, como fija la norma, o eslora de arqueo, como se intenta imponer actualmente), ni la potencia de motor, podrá dedicarse a la pesca de langostino. Nadie podrá decirle al armador del Centurión del Atlántico de 112 metros, por ejemplo, que no tiene derecho a ingresar a la pesquería.

Se ha llegado a un punto en el que el nivel de esfuerzo pesquero coloca al sector nuevamente en el punto de partida: hemos vuelto a 1988. Si no se pone orden en la pesquería el recurso puede dar una desagradable sorpresa y el impacto que generará será mucho mayor al que podría haber provocado en aquellos años, porque hoy la industria pesquera nacional se apoya casi exclusivamente en la explotación del langostino.

Fuente: Revista Puerto

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