25 de abril de 2018 17:50 PM
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Cómo funciona la tecnología argentina que está salvando el agronegocio de las sequías

Una nueva soja trasngénica es la esperanza de los agricultores ante la ola de sequías. ¿Cómo funciona y por qué es tan barata?

Este año se registraron pérdida de hasta el 30% en las plantaciones de soja y trigo debido a las fuertes sequías que azotaron al país, según datos de Bolsa de Cereales. En este contexto se llevaron a cabo las primeras pruebas de la soja modificada HB4 resistente a las sequías. En su primera prueba de fuego, la soja se desempeño satisfactoriamente: Bioceres –empresa controlante de Indear– registró en 2017/18 un rinde 26% superior de la soja HB4 versus la misma variedad sin el evento (2560 versus 2030 kg/ha). En las próximas semanas estarán disponibles los resultados de otros ensayos de soja de primera realizados en otros sitios de la zona núcleo pampeana, oeste bonaerense y Entre Ríos. La prueba se realizo en la zona de Pergamino, en Rosario.

 

Las plantas tienen una tolerancia superior en periodos de sequía y un rinde mucho mayor. Como diferencial este gen mejora la capacidad de adaptación de las plantas a situaciones de estrés, sin afectar su productividad.

 

¿Cómo funciona?

El evento HB4 es una tecnología desarrollada por investigadores argentinos a partir del gen de girasol HAHB-4 que confiere a los cultivos la capacidad de responder ante diversos estreses abióticos, entre ellos la sequía y la salinidad. El gen mejora la capacidad de adaptación de las plantas a situaciones de estrés sin afectar su productividad. La soja HB4 no requiere ningún manejo específico para que el gen pueda expresarse ante situaciones de restricciones hídricas.

Para crear un “evento transgénico” —o “trait” como se lo conoce en la jerga— se le roba información genética particular a un organismo. Puede ser, por ejemplo, una proteína especial en una bacteria que la haga resistente a cierto pesticida, como hace Monsanto con su soja Roundup Ready (RR) resistente al glifosato— y se la implanta en el núcleo de la planta, creando así una semillamodificada. Cuando un agricultor planta una semilla de esas características tiene una ventaja adicional por sobre el que no: puede rociar sus campos con glifosato, por ejemplo, y sus plantas no morirán junto con las malezas que pretenden devorarlas y arruinarla cosecha.

 

“La inserción genética tiene miles de años. Las tribus más antiguas elegían ciertas características y las reproducían. Las espigas de trigo, por ejemplo, no son naturalmente altas. Hoy, sobre ese chasis genético se agregan eventos transgénicos, que son transcripciones de ADN que le sacan a una especie y se la pasan a otra. Eso le dio un empujón muy importante a la agricultura”, explicó Lucas Burzaco, ingeniero agrónomo, asesor y consultor de empresas agropecuarias a Infotechnology en una nota publicada en la edición número 246.

“El descubrimiento lo hicieron en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) a principios del 2000,” cuenta Federico Trucco, director de la compañía a Infotechnology. “En esa época Monsanto y Basf tenían un joint venture para generar tecnología resistente a la sequía y no lograban desarrollarla. Se estudió pasar los genes del cactus a la soja pero no funcionó: eran plantas resistentes pero no rendían. Lo que se descubrió en la UNL fue que, en realidad, había que ‘engañar’ a la planta para que no necesite más agua. Con eso lograron un rinde 20 por ciento mayor. Ese descubrimiento no fue intuitivo y hoy es el estado del arte; lo que todos quieren hacer.”

El costo de desarrollo de esta tecnología fue de US$ 20 millones sobre los típicos US$ 100 millones que invierten las grandes compañías en promedio.

Fuente: El Cronista

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