16 de julio de 2018 12:09 PM
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Entre la soja y el FMI…

Se cumplen 10 años del famoso voto “no positivo” del entonces vicepresidente de la Nación y titular del Senado, Julio Cobos, que dio por tierra con la intentona de la Resolución 125. El gobierno K quería imponer derechos de exportación móviles para la soja y los cereales con la intención de capturar la renta del […]

Se cumplen 10 años del famoso voto “no positivo” del entonces vicepresidente de la Nación y titular del Senado, Julio Cobos, que dio por tierra con la intentona de la Resolución 125. El gobierno K quería imponer derechos de exportación móviles para la soja y los cereales con la intención de capturar la renta del agro, para aprovechar de esa manera el buen momento de los precios internacionales.

El campo, y con él todo el interior rural, se rebeló. El proyecto no pasó. Pero ese no fue el saldo más importante. El efecto mayor fue el político: tomó al kirchnerismo en un momento de pleno auge, con un dominio absoluto del poder, control total de un peronismo unido, y una oposición desorientada. Fue el comienzo del fin.

La sociedad debe reconocerle al agro la reversión de la tendencia. Comenzó la caída, que se concretaría siete años después con su derrota electoral. Aunque en el medio CFK sacó el 54%, el derrumbe era inexorable y necesario. Ya sabemos lo que dejaron.

Pero desde el punto de vista económico, para el agro la derrota de la 125 no significó nada. Es más: si hacemos bien las cuentas, le hubieran succionado menos con el modelo inventado por Martín Lousteau, que se justificó diciendo que el inefable Guillermo Moreno tenía una idea peor.

La realidad es que en estos diez años, las retenciones para la soja quedaron fijas en el 35%, hasta que asumió Mauricio Macri. El gobierno de Cambiemos eliminó las del maíz y el trigo, y redujo gradualmente las de soja, que ahora, 30 meses después, bajaron al 26,5%. Hagamos cuentas.

En estos diez años, se produjeron 500 millones de toneladas de soja. Un tercio de ellas fueron capturadas vía derechos de exportación. De cada tres barcos que llegaban al puerto, uno, hundido. Fueron 150 millones de toneladas. Tomemos un precio promedio de 450 dólares, descartando los picos de 650 que conocimos en el 2012. Fueron ¡67.500 millones de dólares! Contantes y sonantes. Sí, Sojadólares. A mucha honra.

Conviene recordar, en este punto, que el controvertido auxilio financiero del Fondo Monetario Internacional fue por 50.000 millones de dólares.

Imaginemos lo que hubiera sucedido si ese capital monumental quedaba en el interior, y en manos de los que habían sabido construir la extraordinaria competitividad del cluster sojero. Si a pesar de esta succión siguieron invirtiendo, en expansión horizontal y vertical, agregando valor, construyendo infraestructura nueva de plantas en el upstream y en el downstream. De semillas, fertilizantes, insumos biotecnológicos, maquinaria agrícola. Y corriente abajo, todas las transformaciones posibles, que igual avanzaron aunque en dosis homeopáticas si comparamos con lo que hicieron nuestros vecinos. Por ejemplo Brasil, devenido en líder mundial de proteínas animales.

Ya hemos hablado mucho de esto, y lo seguimos haciendo. Muchos se convencieron. Pero bastó que se disparara el tipo de cambio para que surgiera de nuevo la idea de las retenciones. Para algunos el argumento es el “overshooting”. La suba del dólar renueva la teoría de que el campo puede funcionar con un tipo de cambio más bajo que el resto de la economía. Que pueda hacerlo no es motivo para insistir con los cambios múltiples, que convierten a los 100 metros llanos de la competitividad, en los 110 con vallas en las juegos paraolímpicos.

La idea de que se les otorgue algún beneficio en los insumos es consagrar la exacción y es una quimera que agrega elementos distorsivos de los cuales después es difícil salir. Ya estuvimos ahí.

Otros justifican la exacción en que, simplemente, “no hay plata”. Muchachos, si no hay plata es porque se les fue por el caño. Podrían ser más imaginativos. Es sencillo: si hacen falta divisas, dejen que fluyan los frutos del país y quizá zafemos del FMI. No corten las brevas inmaduras.

Fuente: Clarin

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