5 de septiembre de 2018 12:04 PM
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Entendiendo las nuevas retenciones al campo

El agro y los alimentos argentinos han sido históricamente el motor de la economía. Las retenciones de hecho representan una expropiación del trabajo genuino y digno del campo. Las retenciones, como las conocemos hoy en día, fueron aplicadas por primera vez en 1967, repetidas en el 2002, en ambos casos luego de una fuerte devaluación. […]

El agro y los alimentos argentinos han sido históricamente el motor de la economía. Las retenciones de hecho representan una expropiación del trabajo genuino y digno del campo. Las retenciones, como las conocemos hoy en día, fueron aplicadas por primera vez en 1967, repetidas en el 2002, en ambos casos luego de una fuerte devaluación. Uno de los objetivos que persiguen los gobiernos que las aplican es la de elevar la recaudación fiscal (sumado a evitar suba de alimentos y generar tipos de cambios diferenciales).

Es importante remarcar que todas las exportaciones argentinas pagan derechos de exportación, pero solo las que provienen del sistema de agronegocios y el petróleo superan el diez por ciento.

En la mayoría de las operaciones de exportación al productor se le descuenta el total de las retenciones al precio que se le paga por el grano. Las retenciones por parte del Estado deben ser desembolsadas antes de realizar la exportación.

La experiencia durante el último Gobierno fue negativa. La contención de precios o “la defensa de la mesa de los argentinos” no se logró. Durante el período mencionado, los precios de los alimentos crecieron a une velocidad superior a la del índice general. Demás está decir también que el precio, por ejemplo, del pan que comemos habitualmente poco tiene que ver con el precio de un solo insumo. Numerosos estudios demuestran que la incidencia del precio del trigo en el precio del pan ronda el diez por ciento.

Entonces, es importante entender como sociedad y reconocer que las retenciones son un instrumento de índole puramente fiscalista. No gravan la ganancia de una operación, sino el ingreso total. Es habitual escuchar en el campo: “Me cobran uno de cada tres camiones de soja que mando al puerto y encima tengo que pagar el flete”. Y al impactar directamente en los ingresos, los productores en las zonas agrícolas de frontera o de menor rendimiento como el noroeste argentino; la herramienta pierde así cualquier carácter de progresividad.

Es un hecho que el combustible, los insumos y otro tipo de impuestos van a aumentar de acá hasta la próxima cosecha gruesa, y al mismo tiempo son inciertos sus ingresos, dado que los productores no controlan el clima ni los precios (se espera una cosecha récord en los Estados Unidos).

Entonces, ante la suba de las retenciones (inconstitucionales si no pasan por el Congreso), y debido la situación fiscal de una Argentina que busca una salida real y no populista a sus más de 70 años de errores, el Gobierno debería haber sido claro y:

-Asegurar que es una medida temporal de corto plazo y de necesidad extrema. Fuimos testigos de que este tipo de medidas son contraproducentes para la competitividad de los agronegocios e impactan negativamente en las economías del interior, generadoras de empleo, servicios y desarrollo de la sociedad en su conjunto.

– Otorgar certidumbre y previsibilidad en el plan de retenciones, a fin de reducir al mínimo el oportunismo que este tipo de medidas suele provocar.

-Fijar un valor de la alícuota debidamente justificado, que no lesione la rentabilidad.

-Establecer que sea a cuenta del pago por impuesto a las ganancias (al menos una parte si los números no cierran).

-Fijar que el esfuerzo sea más equitativo y llegue también al resto de los sectores o las personas físicas de altas ganancias.

Era casi inevitable pensar que en la situación económica y política del país una nueva etapa de retenciones estaba al caer. La necesidad fiscal otra vez lleva a un gobierno a ir por la lata más cercana y fácil de acceder. Será fundamental que este nuevo esquema de retenciones no quiebre la alianza estratégica entre el Gobierno y el campo.

Y desde ya que, una vez instaladas, rápidamente se eliminen. No debemos volver al diseño perverso anti-productividad y anti-competitivo que nos ha llevado al fracaso como país. El Estado argentino debe obligatoriamente establecer un sistema tributario sano y competitivo.

Un gran amigo, Juan Ouwerkerk, productor cooperativista, dijo a La Voz del Pueblo de Tres Arroyos, hace unas semanas: “Yo estoy de acuerdo en que hay que respetar las reglas de juego, pero también veo que a la sociedad en una semana el dólar pasó de 23 a 28 pesos (el jueves pasado tocó los 42 pesos). Entonces, no podemos pretender que a nuestro sector solo se les respeten las reglas cuando a todo el resto se le modificaron drásticamente”.

El desafío de la sociedad y del Estado es entender de una buena vez que el campo es un aliado en la búsqueda de un mejor país. El campo es desarrollo social y territorial del país todo. No “matar” al campo es la mejor política social. Es sorprendente ver cómo muchas veces se lo imputa como un sector anti-país y que le da la espalda a la sociedad. Una vez más el campo seguramente tendrá un gesto de hermandad para con la sociedad como lo ha hecho en reiteradas oportunidades. Una vez más, si así fuese, el campo ayudará con gran esfuerzo a atender la urgencia del corto plazo, pero bajo ningún punto de vista podemos sostener un diseño que en el largo plazo, se sabe ciertamente, solo genera pobreza, desempleo y falta de competitividad sistémica.

Fuente: Infobae

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