22 de octubre de 2018 14:32 PM
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Es un delirio vivir del mercado interno

La Argentina que se empeña en no exportar es un mundo feliz para el funcionariado

Hace seis años que la Argentina no crece. El único motor válido para arrancar de esta tristeza es la exportación.

La mayoría de los políticos sostienen, por el contrario, que hay que activar el mercado interno para lo cual proponen siempre medidas de promoción desde el Estado. Créditos blandos, ya sea a empresas o a consumidores, exenciones impositivas o alguna medida que requiera intervención de un burócrata. En resumen, un costo para la población para incentivar la compra de, por ejemplo, ventiladores, o motonetas o automóviles.

Vivir del mercado interno es un delirio. Es venderle al vecino y que éste le venda al de al lado y él a su vez a otro. Terminamos todos vendiéndonos cosas entre nosotros. Obvio que el país así no crece. Este esquema sólo favorece al capitalismo de amigos.y a los políticos, quienes cobran por sus medidas de política activa.

Podríamos cuadruplicar la producción láctea, pero se cierran tambos.

Podríamos exportar textiles de fibras naturales de alta calidad, exportamos lana sin lavar.

Podríamos exportar el triple de maquinaria agrícola,. Pero no. Porque todo el país está organizado para que sea imposible exportar.

¿Por qué? Porque un mercado cerrado, como el nuestro, una de las economías más cerradas del mundo, permite que muy pocos jugadores controlen, prácticamente, todo el mercado.
Al no poder exportar, todo aquél que produce un producto, ya sea grifería, aberturas para viviendas, tejas, ropa, calzado, alimentos, bebidas, hornos eléctricos, termina canalizando sus ventas al mercado interno. Esto es, a las bocas de expendio locales.

LA MAGIA

Y ahí es donde aparece la magia. El 75% de las ventas de comestibles de la Capital Federal está en manos de supermercados. Una de las cadenas es Jumbo-Disco, cuya fusión fue autorizada ilegalmente por Néstor Kirchner. A cambio, cobró sobornos, a través de una venta de terrenos a precios fuera de mercado. En un país normal, hubiera actuado la justicia y anulado la fusión.
La venta de electrodomésticos está en manos de dos grandes cadenas. Sólo en el interior la comercialización se encuentra más diversificada.

La comercialización de indumentaria y calzado está parcialmente concentrada en los grandes centros comerciales, los cuales, la mayoría, pertenecen a una única empresa.

El Estado efectúa la mitad de las compras del país para abastecer sus hospitales, colegios, comisarías, regimientos, ministerios y entes autónomos varios.

El resto del comercio está en manos menudeo cada vez más concentrado. Hasta tenemos una cadena de quioscos de golosinas. El quiosco solía ser el último recurso de quien había cobrado una pequeña indemnización.

Y, como ya he explicado en esta columna (1), todo lo que se vende en el mercado interno, desde un yogur a un par de zapatos, la mitad del precio va a Estado.

Los comercios minoristas tradicionales, en particular, los atendidos por familias, están en crisis. Les es imposible sostener la alta carga impositiva y el costo inmobiliario. Se agrava para los locales urbanos que deban pagar expensas de consorcios.

Este costo impositivo e inmobiliario sobre el costo minorista explica el éxito de ferias clandestinas – y no tanto – como la extinta La Saladita.

CONTROLABLE

El cierre de la economía permite la concentración de las empresas productoras (proceso que ha sido notorio en las últimas décadas), complementado con la concentración en su comercialización. Lo que lo convierte en un mundo controlable y controlado para los políticos.

Esta organización productiva y comercial facilita las exacciones ilegales por parte de funcionarios venales. Aún, si no tuvieran esa intención, facilita implementar políticas activas para propaganda. Ejemplo: Es siempre más fácil negociar un soborno por el plan Precios Cuidados cuando la contraparte son dos o tres supermercados que si tuvieran que negociar con una cámara de almacenes minoristas integrada por 20.000 socios.

Este país no exportador es un Mundo Feliz para el funcionariado.

Dos ejemplos recientes.

1) Cierre de las exportaciones de carnes. En su momento fue publicitado como una medida para abaratar el precio de la carne en el mercado interno. Luego se supo que la realidad era otra: los frigoríficos de exportación fueron arrastrados a la quiebra y malvendidos. Coincidió con el cierre de las importaciones de Europa de carne brasileña por un brote de aftosa. La gran cadena brasileña compró a precio de ganga frigoríficos argentinos en dificultades y así cubrió sus pedidos europeos (recuerden la conferencia en Casa Rosada de Cristina Fernández y ejecutivos brasileños). La duda abierta es si el pulpo brasileño -con su propietario confeso y condenado por pago de sobornos- exportó carne argentina a Europa, o simplemente, exportó carne brasileña con papeles argentinos. Es decir, falsificó las cartas de embarque.

2) La Secretaría de Comercio prohibió las exportaciones de aceitunas, lo que forzó al Sr. Nucete a vender su empresa. El diputado Yoma, en su momento, hizo públicos estos hechos. Ignoro si hizo una denuncia formal ante la Justicia Federal.

Un país cerrado, como el nuestro, sufre otras consecuencias: caída de la demanda laboral, desocupación y una baja del salario real por exceso de oferta. Los desocupados son ese ejército que tira hacia abajo los salarios. Sin el seguro de desempleo encubierto que constituye el empleo público, nuestra tasa de desocupación sería estratosférica.

Si la Argentina comenzara definitivamente a exportar, los sueldos reales subirían notoriamente. Décadas atrás, cuando la Argentina exportaba, tenía de los salarios más altos del mundo.

OLIGOPOLIOS

Con las únicas exportaciones que los políticos argentinos se encuentran cómodos es con aquellas que tienen pocos operadores: las cerealeras, las pesqueras, las mineras, las petroleras. Pocos agentes, con los cuales un funcionario puede tener una relación mano a mano y eventualmente, requerir aportes para la campaña electoral, si quisiera.

Si hubiera miles de exportadores de productos metalúrgicos, textiles, madereras, productos de alto valor agregado y sofisticados, aceites, flores, quesos, chacinados, helicópteros de entrenamiento, cueros, el funcionariado no podría obtener rédito. Hoy, los pocos atrevidos que exportan son torturados por la Aduana o el Senasa, las máquinas de impedir.

Las exportaciones, a pesar de pagar retenciones, tienen una carga impositiva menor que el mercado interno (con excepción de la soja), y por lo tanto no son apetitosas para los políticos. Pero sí para nosotros, para la población. Porque las exportaciones son la llave para crecer y para el bienestar de las personas.

Exportar implicaría una mayor producción, mayores inversiones. No del exterior porque éstas son irrelevantes, sino de los argentinos, quienes tenemos nuestro capital inmovilizado.

Tiene otras consecuencias deseables. Quien exporta es el interior del país, implica riqueza y peso político para las provincias. Aumentaría, como dije, el salario real, por aumento de los puestos de trabajo.

Lo más importante de todo: nos hará libres. Porque si el mayorista local no quiere comprar nuestro producto, lo podemos exportar, porque la mayor demanda de trabajo nos permitiría cambiar de empleador si el que tenemos no nos convence, porque habría más oferta de productos, ya que mayor exportación implica mayor importación. Podríamos elegir donde vivir, no como actualmente que el 40% de la población se ve obligada a vivir en Buenos Aires y el 50% a emplearse en el Estado, so pena de miseria.

PROPUESTAS

Se requiere:

* Cambiar nuestra forma de transportar mercaderías y personas. Rediseñar los fletes de Argentina.

* Sostener un tipo de cambio alto y estable por décadas.

* Eliminar las trabas burocráticas en Aduana, AFIP y Senasa.

* Bajar impuestos a la mitad. Que la totalidad de la recaudación del país sea el 25% del PBI.

* Irnos del Mercosur. Dejar de ser el perrito faldero de los industriales paulistas. Nos permitirá establecer acuerdos de libre comercio con países con economías complementarias, como Japón, Corea, Taiwán, Inglaterra (post Brexit), Singapur, India, países árabes y Estados Unidos.

* Cambiar a la clase política por otra. La actual desconoce el mundo, no entendió los cambios que se produjeron desde el 2016 a hoy. No sabe de RREE, ni de historia, ni conoce la red productiva del país. Esta gente no nos sirve. Los tenemos que pasar a retiro.

* Licenciada de Economía UBA, Master en Finanzas, UCEMA. Posgrado Agronegocios, Agronomía UBA.

Fuente: www.laprensa.com.ar

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