29 de octubre de 2018 17:14 PM
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El destrato de los políticos al campo argentino

Las declaraciones del gobernador de Jujuy en favor de duplicar las retenciones a la exportación me recuerdan la facilidad con que los políticos meten la mano en los bolsillos de los productores para resolver los problemas generados por sus propias ineficiencias y las burocracias que los rodean. En la medida en que involucran al agro […]

Las declaraciones del gobernador de Jujuy en favor de duplicar las retenciones a la exportación me recuerdan la facilidad con que los políticos meten la mano en los bolsillos de los productores para resolver los problemas generados por sus propias ineficiencias y las burocracias que los rodean. En la medida en que involucran al agro la conclusión es que para ellos y otros correligionarios que piensan como él existen dos clases de ciudadanos: los de primera, que son los habitantes de las urbes, que deben ser cuidados; y los de segunda, los campesinos, que deben deponer sus necesidades para mantener a los primeros.

Esta arcaica concepción es típica de la Rusia de los zares, que rigió hasta muy cerca del fin del siglo XIX. Los pobladores de las zonas rurales eran siervos que se debían en su totalidad al noble o señor, que heredaba una determinada cantidad de territorio. No podían abandonar sus sitios natales so pena de persecución, encarcelamiento o muerte. Su deber era trabajar toda su vida -en condiciones infrahumanas- para alimentar a la nación, y generar la renta para mantener a la inmensa e ineficiente burocracia estatal. El señor Gerardo Morales debe pensar que aún vivimos en aquellas épocas, y que dócilmente estamos dispuestos a ser encapsulados bajo esa humillante condición.

Es curioso que teniendo como ejemplo el crecimiento exponencial de los países del sudeste de Asia, que se trasformaron en verdaderas potencias económicas en los pasados años a través de activas políticas exportadoras, aquí, en lugar de estimularlas, se las desincentive, restándoles rentabilidad por vía de retenciones, cuya magnitud es, en una mayoría de los casos, obscena. En las economías desarrolladas, en las pocas ocasiones en que se recurre a ellas, no sobrepasan el diez por ciento. Aquí hemos llegado al treinta y cinco por ciento y en el proyecto de presupuesto 2019 se autoriza al Congreso a elevarlas hasta el treinta y tres por ciento. El mensaje a los potenciales inversores debería ser lo opuesto: reduciremos los gastos en lugar de aumentar los impuestos, y mucho menos a la exportación.

Esa renta que nos extraen luego la reparten entre el resto de la ciudadanía como subsidios o prebendas. Todos los partidos políticos han recurrido a ese mecanismo, aprovechándose de que el sector es el más competitivo de la industria nacional, y el único -con excepción de la minería y algunos servicios- capaz de generar riqueza genuina, aparte de competir con sus productos en los mercados de exportación, sin recibir estímulos gubernamentales de ninguna naturaleza. En cambio sí necesitan protecciones aduaneras una mayoría de industrias nacionales para sobrevivir económicamente (altos impuestos de importación de productos que les compiten, que debían ir bajando con el tiempo y que por acción de lobbies nunca lo hicieron), y por culpa de lo cual nos vemos obligados a adquirir artículos, equipos o autos fabricados localmente a precios mucho más caros que en el exterior. No critico a tales industrias, porque generan mano de obra, pero sí critico su ineficiencia, que las hace incapaces de competir internacionalmente, como lo hacen las empresas del agro. Porque la superioridad agropecuaria argentina se debe a la permanente introducción de tecnología de punta, aspecto que es admirado y copiado por quienes compiten con nosotros.

Soy un productor y profesional estrechamente conectado con el sector rural, y desde que tengo uso de razón (hace más de setenta años), he visto cómo los políticos, aparte de apropiarse de la renta, destratan al campo, importándoles bien poco el bienestar de quienes en él trabajan. En lugar de darnos crédito por nuestra productividad y austero modo de vida, solo piensan, por mezquinas razones electorales, en el bienestar de los habitantes de los grandes centros urbanos. Hagamos una comparación: trabajamos de sol a sol, a la intemperie, sin calefacción ni aire acondicionado. Lo hacemos bajo el sol abrasador, la lluvia, o las madrugadas con temperaturas bajo cero. En lugar del clásico lunes a viernes, lo hacemos los sábados, y en ocasiones, por emergencias, los domingos. Los celulares no siempre tienen señal. A diferencia de los pavimentos urbanos, los caminos rurales son de tierra, mal mantenidos y peor construidos, de modo tal que con altas lluvias se cortan y se hacen intransitables. Ello nos obliga a invertir en pick ups 4×4 que, fabricadas localmente, cuestan el doble de las de nuestros competidores en el extranjero. El impuesto para mantener los caminos es usado más de una vez para otras necesidades municipales. Si no lo pagamos, nos cobran multas severísimas. Las obras de drenaje para paliar inundaciones se prometen, pero nunca se concretan. Los pueblos donde residen nuestras familias (por temas de colegios) no tienen cines, teatros, metrobuses ni bicisendas. Los hospitales o clínicas, y las escuelas, no poseen ni lejos el nivel de los de las ciudades.

Dado que somos menos y tenemos pocos votos, no tenemos fuerza en el Congreso para oponernos a los impuestos que nos imponen. Estamos a merced de los políticos y su escasa comprensión del futuro. Si la visión explotadora de la Rusia zarista hacia el campo continúa, el país como conjunto no crecerá económicamente al nivel de su verdadero potencial, ni nos convertiremos en el proyectado supermercado del mundo.

Ingeniero agrónomo

Fuente: la Nacion

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