3 de agosto de 2012 18:31 PM
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¿Es tan difícil…? (Susana Merlo)

Los albañiles construyen, los mecánicos arreglan motores, los pintores pintan, las modistas cosen y los productores agropecuarios siembran y crían hacienda. A nadie se le ocurre que cualquier especialista de estos cambie su rol por el de otro; de la misma manera que a casi nadie se le ocurre denostar a una actividad completa por […]

Los albañiles construyen, los mecánicos arreglan motores, los pintores pintan, las modistas cosen y los productores agropecuarios siembran y crían hacienda.
A nadie se le ocurre que cualquier especialista de estos cambie su rol por el de otro; de la misma manera que a casi nadie se le ocurre denostar a una actividad completa por ninguna razón, al menos lógica.
También, hay que reconocer que hay importancias relativas según las actividades. En general, no es lo mismo un bombero que un electricista; o dentro de la medicina, un clínico que un cardiólogo o un obstetra.
Pues bien, el “campo” (así, como un genérico) es un sector altamente especializado, profesional y muy reconocido en el mundo por la calidad de sus productos. Trabaja a pesar de las escasas herramientas que le fueron dando la mayoría de los gobiernos locales, salvo algunas excepciones, y que lo ponen en desventaja frente a competidores muy poderosos –y protegidos– como son los agricultores europeos o los estadounidenses.
Aún así, competía en el mundo y con bastante éxito. Ocupaba un lugar expectante como proveedor, especialmente de alimentos, y no había mayores dudas sobre su futuro promisorio respecto a mejorar y aumentar su performance en este sentido.
Al mismo tiempo, desarrolla su actividad en condiciones generalmente más desfavorables que las que tienen otros rubros que se llevan a cabo en áreas urbanas. En el “campo” falta energía eléctrica, no hay gas, faltan caminos, las escuelas son pocas y alejadas, no hay teléfonos de línea y cada vez son peores las comunicaciones por celular. Salvo excepciones, hay muy poca conexión a Internet, no hay trenes ni micros y los pocos transportes existentes son muy caros. En salud pasa lo mismo.
Como si fuera poco, se trata de un sector que se autofinancia, pero a diferencia de lo que ocurría hasta hace algunas décadas atrás, cuando de la banca pública (Banco nación y los de provincia) acudían en apoyo de la producción con sus “créditos de fomento”. Todo eso prácticamente desapareció, y así fueron quedando solo los productores y una creciente cantidad de “inversores” extra actividad que, vía los pools de siembra, aportan el capital que anualmente se requiere para lograr cada cosecha y que no es nada menor. De hecho, hay coincidencia en que solo para cada campaña agrícola el “campo” entierra entre 7.000 y 9.000 millones de dólares, convirtiéndose, por lejos, en el mayor inversor que tiene el país.
También se podría señalar que, junto con los combustibles, es el único que soporta impuestos extraordinarios como las retenciones a la exportación, por las que en los últimos 10 años “cedió” alrededor de US$ 60.000 millones.
Simultáneamente, no recibe casi beneficios como reintegros, subsidios, compensaciones o cualquier otro eufemismo con el que se quiera enmascarar la falta de competitividad de gran parte de la industria local.
En cualquier caso, semejante enumeración sería más que suficiente para que quien ostente ese lugar fuera considerado en un sitio preponderante en la sociedad. Sin embargo, aún falta “la cereza de la torta”: en Argentina el sector agropecuario sigue siendo el eje económico del país, el principal generador de divisas genuinas (casi el 60% de lo que ingresa es por ventas del “campo”), uno de los principales pilares de la recaudación fiscal y el responsable de la ocupación del 85% del territorio.
Y, aunque a algunos no les guste, este año, como nunca, el Gobierno depende de lo que genere el campo, y más especialmente de la soja con su precio internacional récord, convertida por arte de magia (o de disloque administrativo) en el maná salvador en el que el Gobierno deposita sus últimas expectativas de salvataje.
En semejante contexto, ¿cómo se entiende entonces que “el campo” haya sido convertido en el principal adversario, o en el opositor por excelencia?
¿Qué justificación se puede encontrar para que el gobierno se niegue a recibir a sus representantes, no asista a sus reuniones o grandes muestras (a las que si concurren visitantes y hasta mandatarios de otros países), y hasta algunos funcionarios pierdan tiempo inventando nuevas organizaciones (gremiales o empresarias) para restarle representatividad a las tradicionales?
¿Sobre que base se sustenta semejante animosidad?
¿Cuál puede ser la explicación lógica para impedir que un rubro como el agropecuario pueda expresar su verdadero potencial, al menos, 30% o 40% superior al que logra materializar con la suma de restricciones permanentes?
Es muy difícil de entender, y mucho más de encontrar alguna explicación más o menos lógica, más allá de los personalismos. Sobre todo porque, incluso, se somete a los propios argentinos a las consecuencias de semejante política de castigo a la producción.

Fuente: Campo 2.0

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