25 de agosto de 2012 12:04 PM
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Una política apta sólo para empresarios sobrevivientes

Federico Pucciarelli y otros elaboradores de biodiésel de pequeña escala abandonaron sus pueblos del interior para montar una guardia en Buenos Aires a la espera de una audiencia con el viceministro Axel Kicillof y su comisión de monitoreo de los recursos energéticos. Desde la semana pasada, cuando el Gobierno le bajó el pulgar a la […]

Federico Pucciarelli y otros elaboradores de biodiésel de pequeña escala abandonaron sus pueblos del interior para montar una guardia en Buenos Aires a la espera de una audiencia con el viceministro Axel Kicillof y su comisión de monitoreo de los recursos energéticos. Desde la semana pasada, cuando el Gobierno le bajó el pulgar a la política de biocombustibles, que había apadrinado el ministro de Planificación, Julio De Vido, su futuro depende del resultado de esa reunión.

Aunque sólo cuentan con una vaga promesa de encuentro sin fecha, trabajan afanosamente como quien junta evidencia para enfrentar un juicio sumario. Con el aumento de las retenciones del 14 % al 24,2% y la rebaja del 15% del precio interno están en juego no sólo las 17 plantas productoras de biodiesel, cada una con capacidad para elaborar 50.000 toneladas anuales, y las 8 que están en estado de ejecución avanzada, sino también sus pequeños proveedores, a los que les compran el aceite de soja repartidos en 400 plantas extrusadoras. Algo así como 4000 puestos de trabajo gracias a los seis años de inversión que supera los 300 millones de dólares.

Las grandes aceiteras si bien no caminan por el borde del abismo como los pequeños elaboradores, dependen que no se le sigan complicando los mercados de exportación como el europeo o que directamente no se les cierren como el de España. Los grandes jugadores del biocombustible cuentan con más financiación y al estar integrados se evitan las compras de aceite y el pago de fletes.

De la decisión tomada por el Gobierno que da por clausurada la etapa de promoción de los biocombustibles se desprenden unos cuantos interrogantes: ¿no cabían medidas más graduales? ¿Y si en lugar de cambiar de políticas en forma tan radical y de un día para el otro, se establecían plazos para que los productores tengan tiempo para prepararse al nuevo escenario? ¿Dejar de promocionar a los biocombustibles no va a contramano de las acciones contra el calentamiento global?

Pero como los sufrientes de estas decisiones no son las empresas sino en definitiva las personas de carne y hueso, cabe preguntarse también ¿cuál es el umbral de dolor que tienen los empresarios argentinos para soportar la carga de altísimos niveles de incertidumbre y angustia?

La pregunta no suena caprichosa si se observan las consecuencias que se desprenden de las sucesivas marchas y contramarchas, de los ciclos de euforia y colapso que han tenido durante años las políticas económicas.

Lo cierto es que por el agresivo ambiente de negocios se viene seleccionando una raza de empresarios con mayor aptitud para sobrevivir que para emprender. Porque no sólo tienen que manejar los riesgos propios de su negocio sino que deben enfrentar riesgos adicionales. Es lógico pensar que quienes están ahora atravesando el trago amargo que le deparan las nuevas medidas sobre los biocombustibles, como los Federico Pucciarelli que montan guardia en Buenos Aires para jugar su suerte en una audiencia, no tengan la misma pasión por incursionar en nuevos desarrollos que la que tenían cuando levantaron sus plantas.

Y también es más que probable que se hayan vuelto extremadamente cautelosos a la hora de invertir o endeudarse. Por lo menos, invertirán en la medida que los plazos de repago y amortización sean lo suficientemente cortos. Se sabe que la respuesta natural frente a los comportamientos pendulares de las reglas de juego es el cortoplacismo de los empresarios. ¿Se les puede pedir algo más que eso?

La capacidad de creación queda subutilizada frente a la necesidad de tener prendidas todas las habilidades para sobrevivir a un tipo de cambio no competitivo y una fuerte presión impositiva.

Ahora bien, ¿no está ocurriendo esta conducta empresaria en la gran mayoría de las actividades agropecuarias?

En este sentido, el caso más notable de estos días es el de los chacareros que no le ponen el pie en el acelerador a la siembra del maíz. No lo hacen a pesar de tener los perfiles de suelo cargados de humedad, en agosto llovió más que el promedio histórico, y un muy buen margen bruto, que supera en algunas zonas a la misma soja. Ni siquiera les es suficiente argumento como para entonar la siembra de esta campaña la feroz seca norteamericana y que sus existencias finales de maíz sean las más bajas de la historia. Parece que pesa aún más la incertidumbre económica.

Habrá tomado nota de esta situación el ministro Norberto Yauhar, cuando en la presentación de la nueva soja de Monsanto destacó que el Estado tiene que reconstruir un proceso de confianza con los productores y empresarios. De ser así y de estar convencido que la confianza es el elemento más escaso de estos tiempos, tendrá por delante una sacrificada tarea de evangelización de los integrantes de buena parte del Gobierno.

RESUMEN

16,5

millones de t de maíz

El stock más bajo de los EE.UU.

LA FRASE

“La defensa de la mesa de los argentinos es un fracaso. Nos vamos a comer la mesa ”

Hugo Luis Biolcati

Presidente de la Sociedad Rural Argentina

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Fuente: Félix Sammartino LA NACION

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