29 de agosto de 2012 10:50 AM
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El Gobierno tomó nota de que el mercado “ya devaluó” y se apura en acelerar la suba del dólar oficial: ¿alcanza?

El billete verde oficial viene subiendo a pasos más acelerados, luego de que el blue "metiera la cola" y se instalara como valor de referencia para particulares y empresas. Además, busca achicar el atraso cambiario y mejorar la competitividad. ¿Resuelve el problema del "dólar barato"?

Si a alguien le hubiesen dicho, a fines del año pasado, que el ritmo de suba del dólar oficial se iba a duplicar para ubicarse en torno del 15% anual, seguramente habría respondido que eso era imposible.

En aquel momento, cada ajuste de un centavo era noticia relevante para los medios de comunicación. El Gobierno sólo permitía un incremento anual muy leve, convencido de que el tipo de cambio era la herramienta adecuada para evitar una disparada inflacionaria aun mayor.

No sólo eso, los funcionarios transmitían su convicción de que un dólar “planchado” estaba ligado a la calma social.

Hoy, en cambio, la cotización del billete verde oficial va subiendo sin prisa y sin pausa, a un promedio de 1,37 centavos por semana.

Y no sólo ya nadie parece asustarse por esa devaluación sino que hasta parece poco, si se tiene en cuenta el atraso cambiario acumulado en manos de la inflación.

Además, desde ese entonces a la fecha, el mercado de cambios se desdobló.

Y la entrada en escena del “blue” cambió las expectativas sobre la evolución del tipo de cambio y se instaló como valor de referencia para particulares y empresas, cepo cambiario mediante.

Su alejamiento del valor oficial comenzó a ser otro “termómetro” tenido en cuenta por el Gobierno y lo obliga a trabajar en dos frentes, para que la brecha no se dispare aun más.

Por un lado, en tratar de reforzar los controles sobre el circuito informal, para que el blue no profundice su alejamiento. Por otro, en acelerar el ritmo de suba de la cotización fijada por el Banco Central.

Ante esta situación, particulares y ahorristas se plantean una serie de interrogantes, por ahora con respuestas un tanto difusas:

  • ¿El actual ritmo de suba del oficial podrá sostenerse a largo plazo, o es apenas un fenómeno pasajero?
  • ¿Puede interpretarse como un cambio definitivo de política?
  • ¿Alcanzará esta “suba ahora apresurada” para resolver los problemas de atraso cambiario?
  • ¿Ayudará a que se cierre la brecha con el dólar “blue”?
  • ¿Hay riesgo de que esta aceleración termine en una mayor inflación?

Pisando el acelerador
A juzgar por los pronósticos de las principales consultoras económicas, esta nueva política del Ejecutivo seguirá vigente en el corto y en el mediano plazo.

Hay coincidencia respecto de que el dólar se ubicará en torno de los $5 para fin de año.

Desde la consultora Ledesma atribuyen la nueva velocidad del billete verde oficial a una mayor necesidad compradora del Banco Central, justo en el momento en que hay menor liquidación de divisas por parte de los productores agropecuarios.

“La mayor parte de los analistas comenzó a tomar nota de la aceleración a ritmo forzado del BCRA y corrigieron sus perspectivas de ‘deslizamiento cambiario’ hasta un 16% para el año en curso”, observa Gabriel Caamaño Gómez.

Para el influyente ex viceministro Miguel Bein, que acaba de recalcular sus proyecciones, la situación actual permite anticipar que el dólar oficial cotizará a $4,95 para fin de año y a $5,86 en 2013 (valor promedio).

Es decir, espera que la velocidad devaluatoria continúe aumentando hasta ubicarse en un promedio del 18% anual.

¿Podría acelerar aun más el ritmo actual? Algunos analistas opinan que sí, pero creen que antes el Gobierno esperará a diciembre.

Es que en ese mes debería afrontar una nueva obligación financiera por u$s3.400 millones (pago del cupón PBI). A partir de entonces, estará menos necesitado de hacerse de billetes.

“Da la impresión de que la devaluación vendrá después de honrar la deuda de diciembre. Recordemos que en 2013 sólo se pagarían u$s4.000 millones de deuda pública. Sería un año holgado en materia de vencimientos”, afirma el consultor financiero Salvador Di Stefano.

Por lo pronto, los funcionarios mantienen una fuerte retórica contraria al “club de los devaluadores” y siguen negando en sus discursos que exista atraso cambiario.

“Nosotros no elegimos ser competitivos a través de los salarios; eso quiere decir que no tomaremos el camino de apostar al sector externo mediante una devaluación”, argumentó el diputado y ex viceministro Roberto Feletti, en un reciente encuentro de economistas afines al Gobierno.

Sus palabras parecen apuntar a que el “cepo cambiario” y el bloqueo a las importaciones seguirán siendo herramientas utilizadas “a full”.

Sin embargo, al mismo tiempo que se niega la voluntad de devaluar, parecen convalidarse las expectativas del mercado sobre una velocidad crucero de entre 16% y 20% para el dólar oficial.

El doble filo
“No calificaría esta nueva situación como un cambio de política por parte del Gobierno. La verdad es que los funcionarios han demostrado que, más que marcar el camino, van corriendo detrás de los acontecimientos. Y eso es lo que está pasando con el dólar”, manifiesta Maximiliano Castillo, director de la consultora ACM.

Para este analista, la actitud del Ejecutivo obedece a la percepción generalizada sobre que “el dólar está demasiado barato” pero que, al mismo tiempo, refleja cierto temor a que un tipo de cambio que suba más “rápido” pueda poner mayor presión sobre el resto de los precios.

En tanto, para Eduardo Levy Yeyati, ex ejecutivo de Barclays y docente de la Universidad Di Tella, la política cambiaria obedece a un intento de los funcionarios K por bajar los niveles de inflación en dólares.

“En el resto del mundo hay una inflación del 5% mientras la nuestra es del 15%, y se me ocurre que el Gobierno quiere achicar esa distancia. Es cierto que el mejor momento ya pasó, fue el año pasado, cuando todos los países emergentes depreciaron sus monedas. Pero no significa que no se pueda intentar recuperar un poco de competitividad”, afirma el economista.

Respecto de si es posible sostener este ritmo devaluatorio sin que se genere un efecto contagio sobre los precios, cree que sí es factible, pero siempre y cuando el Gobierno afloje su control sobre las importaciones.

“Tienen que ocurrir la dos cosas, una sola no sirve. Sería mucho mejor para las empresas tener la protección natural de un dólar más alto, antes que la ayuda de las trabas comerciales”, sostiene.

Este es uno de los puntos en los que hay más debate entre los economistas. Muchos creen que, dado el deterioro fiscal, ya no existe margen como para devaluar sin que ello implique un correlato inflacionario inmediato.

Sin embargo, también hay quienes señalan que, paradójicamente, la recesión juega a favor en este aspecto.

Uno de ellos es Juan Luis Bour, economista jefe de la fundación FIEL, para quien hay posibilidades de llegar hasta un nivel del 20% anual en el ritmo devaluatorio sin que se modifiquen mucho las expectativas inflacionarias.

“Claro que es un efecto de corto plazo, porque es de manual que para que una devaluación sea exitosa hay que avanzar en otras cosas. Y hoy en la Argentina lo que hay que hacer es dar señales de que no se va a emitir tanto dinero. Si no, es como perseguir un equilibrio que se mueve”, advierte Bour.

Una carrera clásica
Pero en esta carrera no sólo participan el dólar y los precios. Hay un tercer jugador al que los analistas atribuyen un papel destacado: la tasa de interés.

La tradición indica que cuando aumenta el deseo del público por tener dólares en el bolsillo, el premio que se paga por los depósitos tiene que subir, como forma de hacer más atractivas las colocaciones. Sin embargo, hasta ahora el Gobierno se ha negado a permitir una suba pronunciada en los tipos de interés por temor a un enfriamiento de la economía.

Y no todos creen que esté equivocado. Para Javier González Fraga, ex presidente del Banco Central, “sería un error elevar las tasas de interés para desalentar la compra de dólares por parte de los particulares”.

A su criterio, la solución de fondo para eliminar la brecha del “blue” es la actualización del tipo de cambio oficial. “Pero previamente deberían controlarse las expectativas inflacionarias, algo que este Gobierno no podrá hacer mientras siga intervenido el Indec”, sostiene.

Un punto de vista discordante lo expresa Bein, para quien se hace difícil sostener la actual pretensión del Gobierno de inyectar pesos para reactivar la economía y, al mismo tiempo, mantener tasas reales negativas.

“Si se permite que estas últimas se ubiquen por encima de la suba esperada para el dólar y, a la vez, se habilita el uso de reservas para recomponer stocks, el ancla cambiaria seguiría funcionando y la brecha podría incluso acotarse”, afirma Bein.

Lo que se pregunta es si la moderación del gasto público, que sería el otro ingrediente necesario, será factible justo cuando el país ingresa en “modo electoral”.

¿Alcanza?
Más allá de los debates, la situación real es que, hasta ahora, una devaluación del 15% sigue siendo compatible con una inflación del 23%.

Esto implica que la “inflación en dólares” se está reduciendo, desde un nivel del 14% anual a un nuevo registro de 8% por año.

Es decir, se está más cerca de la inflación internacional, pero todavía lejos empezar a recuperar competitividad frente al resto de los países.

“A las empresas argentinas este nuevo ritmo devaluatorio las ayuda, pero todavía no les alcanza para resolver sus problemas. La verdad es que, por efecto de la devaluación que tuvo Brasil, el peso argentino sigue estando apreciado”, observa Eric Ritondale, economista de Econviews.

Y recuerda que, salvo en 2009, cuando se produjo una gran corrección cambiaria (27% de devaluación contra un 15% de inflación), durante todos los años, desde 2003 en adelante, la competitividad cambiaria del país se fue deteriorando.

Este es, en definitiva, el verdadero problema a resolver. Y aquí es donde la mayoría de los analistas manifiesta su escepticismo. Ya nadie cree que sea tan fácil acelerar la suba del dólar oficial y, al mismo tiempo, que se reduzca la inflación.

Para colmo cambió el contexto internacional. Es que los vecinos también juegan y parece haber cierta intención de otros países en que no se produzca un fuerte fortalecimiento de sus divisas, tal como sucediera en la última década.

Para Caamaño, de la consultora Ledesma, “el nivel actual del tipo de cambio entre el peso y el real brasileño ya se encuentra en zona crítica”.

Y advierte que no alcanza con detener la apreciación de la moneda local, sino que hay que revertirla en más de un 7% en lo que resta del año, algo que se presenta como un objetivo casi imposible de alcanzar.

“La tasa de inflación local debería colocarse por debajo del 20% anual, o el ritmo anual de devaluación nominal del peso situarse por encima de ese valor, sin impulsar un incremento en la primera”, analiza.

¿Qué tan grave se presenta la situación? Una vez más, la respuesta estará dada por otro “verde”, que no tiene forma de billete sino de yuyito.

“Lo relevante, desde el punto de vista del impacto en la economía real, volverá a pasar por algo que queda fuera del control de las autoridades locales: la dinámica de los precios internacionales de las materias primas y sus derivados industriales”, afirma Caamaño.

Su colega, José Luis Espert, ironiza con una frase contundente: “Se pregona tanto el modelo industrialista y productivo pero, al final, tenemos que terminar rezándole a la soja y a Brasil”.

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Fuente: iProfesional

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