1 de septiembre de 2012 09:56 AM
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La concentración de la agricultura

Más de dos tercios de la superficie de la Tierra están cubiertos de agua y del resto sólo el 9% es apto para desarrollar actividades agropecuarias, lo que representa 1380 millones de hectáreas, según un relevamiento de la FAO. Esto quiere decir que disponemos de alrededor de un cuarto de hectárea por habitante para enfrentar […]

Más de dos tercios de la superficie de la Tierra están cubiertos de agua y del resto sólo el 9% es apto para desarrollar actividades agropecuarias, lo que representa 1380 millones de hectáreas, según un relevamiento de la FAO. Esto quiere decir que disponemos de alrededor de un cuarto de hectárea por habitante para enfrentar el gran desafío de abastecer al mundo con alimentos y energía renovable, en una relación más amigable con el medio ambiente. Dentro del total de la superficie cultivada los Estados Unidos es el país con mayor participación, con 162 millones de hectáreas, y la Argentina ocupa el 9° lugar con alrededor de 33 millones, y contabilizando otros 18 países totalizan 972 millones de hectáreas. Lo que representa el 70% del total de las tierras cultivadas del mundo.

En la agricultura moderna se viene dando un fenómeno a nivel mundial que es la economía de escala, lo que claramente lleva a una mayor concentración, para dar un ejemplo en Estados Unidos un cultivo emblemático como el maíz hace 30 años se cultivaba 200 acres por productor y hoy ese número alcanza los 600 acres.

En la Argentina este proceso se vio acompañado por la rápida y continua adopción de tecnologías de avanzada, como la utilización de adelantos biotecnológicos que vinieron de la mano del sistema de siembra directa que potenció la productividad combatiendo la erosión y cuidando uno de nuestro principales patrimonios, que es el capital tierra. Dentro de este escenario tecnológico que hoy se profundiza con el avance de la agricultura de precisión, debemos considerar algunos insumos como estratégicos y al fertilizante como el más importante, porque no podemos permitirnos exportar la fertilidad de nuestros suelos.

La pregunta es si realmente tenemos una política de Estado, que permita una mayor utilización de este insumo fundamental, para lograr una mayor incorporación de nitrógeno y de fósforo, por ejemplo. La respuesta es obvia: no existe una política a nivel nacional o de Estado que incentive la reposición de nutrientes al suelo.

Observando los procesos agrícolas en el mundo se ven claramente dos sistemas, el productivista a gran escala con gran tecnología y que implica una mayor concentración y lo que podríamos llamar agricultura por agricultores. Esta última no siempre persigue los mismos objetivos. La Unión Europea tiene una política de producir más apoyada en un sistema de subsidios, cuyo objetivo principal es mantener la población rural para que no migre hacia las ciudades. Un claro ejemplo es Francia, que es su mayor productor, que tiene una política que apunta claramente a combatir la concentración en los procesos agrícolas y a dar una oportunidad a los jóvenes agricultores. Otro es el caso de la agricultura familiar en Brasil, que es parte de una política social determinada, pero que convive con la agricultura extensiva.

En la aldea global, existen diversas políticas, pero está claro que el hambre se combate con mayor producción y ésta está ligada a la posibilidad de incorporar los procesos tecnológicos disponibles y a facilitar el acceso a los insumos estratégicos para mejorar la productividad y brindarle sustentabilidad a la producción.

Deberíamos trabajar en la posibilidad de que en un futuro cercano se puedan compatibilizar los sistemas productivos, asegurando el necesario crecimiento para abastecer a una demanda que crece a diario, respetando aspectos sociales, ambientales y culturales para fomentar el arraigo sin caer en minifundios improductivos.

La Argentina tiene un rol protagónico como abastecedor de alimentos y energía renovable, el gran desafío de una agricultura con mayor productividad e inclusiva, y entre todos los integrantes del complejo agroindustrial y el Estado, deberíamos desarrollar una política de Estado que genere un ambiente amigable para invertir, para impulsar el desarrollo, el empleo y el arraigo.

Fuente: Carlos Vila Moret LA NACION

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