3 de septiembre de 2012 17:47 PM
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“Cara oculta” del récord: esta es la crónica de cómo el Gobierno se quedó con la caja de la soja y el productor, con “migajas”

Tener un campo, plantar yuyito y ganar muchísima plata. Así imaginan los argentinos a este gran negocio, al no parar de asombrarse por sus precios imbatibles. ¿Y si la verdad es otra? Es que nada en el país que deje mucho dinero escapa a la lupa oficial. ¿Cuánto le queda a uno y a otro?

Amor y odio. Con esta antítesis se puede resumir la relación con la soja de las tres adiministraciones kirchneristas

La oleaginosa, que fue eje de múltiples disputas con el sector rural, despertó el lado más “combativo” del Gobierno, desde donde la bautizaron despectivamente como el “yuyito“. 

Sin embargo, en estos últimos años, pese a ser vapuleada desde lo discursivo, lo cierto es que la soja se transformó en uno de los pilares del modelo K. De hecho, el consenso entre los analistas es que el ritmo de la devaluación y la evolución del gasto público, en gran medida, se mueven y se seguirán moviendo al compás de la cosecha.

De cara al año próximo, gracias a la oleaginosa, el Gobierno podría asegurarse casi u$s9.000 millones en concepto de retenciones al agro, cerca de un 40% por encima de los vencimientos de deuda pautados para 2013.

De esta manera, para el Ejecutivo, la soja está volviendo a convertirse en el “pulmotor” que supo ser en las “épocas doradas” del kirchnerismo, de la mano de la suba meteórica que viene experimentando su cotización en el mercado de referencia, Chicago.

En efecto: los u$s648 por tonelada con los que cerró la semana pasada implicaron un salto metéorico superior al 50% desde enero, cuando la oleaginosa rondaba los u$s425.

A partir de esta nueva bonanza, y frente al deshilachado colchón fiscal, fue que comenzaron a surgir rumores sobre un posible incremento en las retenciones a las exportaciones de soja que, finalmente, quedaron en un alza de la alícuota para los envíos al exterior de biodiesel.

De cualquier manera, quedó en claro que una buena cosecha es, hoy por hoy, uno de los grandes “salvoconductos” que quedan en pie para la actual administración, que comienza a desandar el duro camino hacia las próximas elecciones, necesitando más que nunca del “yuyito”.

Sin embargo, mientras que la oleaginosa se volvió a posicionar como un gran negocio para el Gobierno -vía retenciones e ingresos de divisas a la plaza local-, como contrapartida, desde el sector productivo se multiplican las voces alertando que el actual esquema tributario resulta una carga tan pesada que no sólo dinamita la rentabilidad de los productores, sino que a muchos, incluso, los está “sacando” de la cancha.

En otras palabras, según los distintos expertos consultados por este medio, las “marquesinas luminosas” de Chicago y la mayor holgura fiscal esperada por el Gobierno, tienen una cara oculta contundente: para quienes cultivan y cosechan la tierra, la soja ya no es el gran negocio que muchos imaginan.

Fabio Arredondo, director del Centro de Estudios de la Bolsa de Comercio Santa Fe, fue enfático al afirmar a iProfesional.com que “la fuerte presión tributaria y los aumentos de los costos generan que, en cuanto juega un poquito en contra el clima, entonces ahí el único que sale beneficiado es el Estado”. 

Arredondo dirigió un pormenorizado relevamiento realizado en la zona centro norte de Santa Fe, en la cual se analizó la rentabilidad promedio de los productores correspondiente a la última campaña, la cual arrojó una conclusión alarmante: la soja le deja al fisco 9 veces más que al propio productor.

Si bien el informe se realizó sobre una zona que se vio en parte afectada por la sequía, reviste un alto valor estadístico, dado que el estudio involucró a un área de más de 700.000 hectáreas. 

Según el relevamiento, tomando como base una soja a u$s634 por tonelada, esto arrojó una ganancia bruta de u$s1.395 por hectárea. Sin embargo, cada productor con campo propio terminó obteniendo, en promedio, un beneficio neto de apenas u$s68, es decir, una rentabilidad extremadamente magra del 5%.

Esto se debe a que, al precio fijado en el exterior, se le debe descontar el 35% en concepto de retenciones. Este resultado es convertido a pesos al tipo de cambio oficial.

Posteriormente, se le restan los costos directos de producción (semillas, labranza, agroquímicos, fertilizantes y cosecha), los gastos de estructura, los de comercialización (fletes) y los de exportación, variables que, en general, se vieron alcanzadas por una fuerte inflación en dólares.

A partir de allí, el productor debe hacer frente a los otros impuestos. En el caso de este estudio, se relevaron siete tributos distintos: tres de carácter nacional, otros tres provinciales y uno comunal, elevando la carga fiscal a cerca de un 45%, quedándose el Estado con casi el 90% de ese total.

El siguiente cuadro resume cómo, de esa ganancia inicial de u$s1.395, el productor se queda apenas con u$s68

En buen romance, y tal como se observa en la infografía, de los u$s1.395 obtenidos por cada hectárea cultivada, u$s620 se van en impuestos y cerca de u$s700 se terminan “evaporando” entre gastos de comercialización, costos de producción y de estructura.

De este modo, sólo el 5% restante (u$s68) es plata que queda en el bolsillo del productor. Esto explica, en parte, por qué muchos de los productores tratan de retener el producto en los silobolsas a la espera de ver incrementado en algo este rendimiento, especulando con un tipo de cambio más conveniente

El siguiente gráfico es más que elocuente: 

En el caso de una campaña favorecida por un clima y en la muy cotizada “zona núcleo“, hay que tener una escala considerable (500 hectáreas) para que un productor, siempre y cuando sea propietario de esos campos, pueda obtener un beneficio neto de u$s278 por hectárea.

Esto arrojaría una ganancia neta (luego del pago de Ganancias) de u$s135.000 para toda la campaña. Pero no es para cualquiera: esa extensión de tierra hoy tiene un valor en el mercado superior a los u$s4,5 millones.

De modo que, aquél que no tenga un campo propio y que quiera arrendar y trabajar, por ejemplo, unas 100 hectáreas en esa zona, con la posibilidad siempre latente de perder toda o parte de su inversión ante problemas climáticos, podrá obtener, en una buena campaña, unos u$s10.000.

Según el IERAL, contra todo lo que podría suponerse, en el año 2003, cuando los precios internacionales eran tres veces más bajos, el productor propietario de un campo podía aspirar a ganar el doble. Es decir, que los márgenes para el agro, en estos últimos 9 años, se desplomaron un 50%.

¿Cómo es posible? Desde la consultora aseguraron que “la combinación de mayores impuestos y restricciones a la exportación hicieron que disminuyera la rentabilidad de la actividad” de manera alarmante, a lo que suman “la importante inflación en dólares, el encarecimiento de algunos insumos, como los agroquímicos, y la mayor intervención del Gobierno en el mercado de las materias primas”.

En este contexto, aseguraron que “un productor, si ha tenido suerte, podrá esquivar la sequía en esta campaña. Lo que no podrá evitar es ceder -básicamente al fisco- casi 3 de los 4 pesos que generará con su esfuerzo y afrontando todos los riesgos de la actividad”.

En este contexto, el vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina, Luis Miguel Etchevere, se quejó de que “la carga tributaria del campo, que tiene efectos confiscatorios, es un 54% superior al resto de las actividades productivas de la economía”. Y agregó: “La capacidad contributiva del sector rural está agotada”.

Por su parte, Juan Rey Kelly, economista de Confederaciones Rurales Asociadas (CRA) aseguró a iProfesional.com que “pese a los altos precios, el margen que se puede llegar a obtener en una campaña no compensa para nada el riesgo incorporado de la soja, ya sea en términos climáticos como políticos. De hecho, hoy la relación riesgo/beneficio de un bono es muchísimo más conveniente que la de la oleaginosa“.

En la misma línea, Gustavo López, director de la consultora Agritrend y uno de los “gurúes” más escuchados por el sector productivo, destacó a este medio que “a nivel internacional la soja podrá estar marcando un récord histórico pero la realidad no es tan floreciente como la gente cree. Si considerás retenciones, impuestos, flete y toda una serie de variables necesarias para llevar adelante una cosecha, los márgenes son significativamente bajos”. 

En este contexto, un punto clave, además del aspecto tributario, corre por el lado de los crecientes gastos para dar el puntapié inicial de toda campaña sojera.

Al respecto, según datos de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, los costos de estructura para una plantación de soja y que representan un 10% del total, se dispararon casi 60% en 12 meses, al pasar de u$s149 por hectárea, en agosto de 2011 a unos u$s235 en la actualidad.

Otro aspecto clave es que, en los últimos meses, conforme fue aumentando la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, algunas empresas de agroquímicos -que importan gran parte de la materia prima-, están comenzando a cotizar sus insumos a un valor cercano al “blue”, tal como confiaron diversos expertos a este medio. 

Frente a esto, el consultor de CRA, Arturo Navarro, aseguró que “con un dólar a $6 en insumos, es lógico que el productor guarde la cosecha”. 

Se estima que, en la actualidad, hay unas 8 millones de toneladas bajo poder de productores, un stock que se ha convertido en una verdadera reserva de valor para el agro, dado que muchos, más que el precio internacional, están mirando el valor del billete verde. 

Más pequeños, más “jugados”
El punto central de este análisis es que, en la Argentina, según los últimos datos oficiales disponibles, hay registrados en el país unos 73.500 productores de soja.

De ese total, más de 35.000 -el 50%- son, justamente, pequeños ruralistas que cosechan menos de 150 toneladas de cada uno. En conjunto, esto equivale a tan sólo el 7% del volumen nacional.

Como contrapartida, 4.500 productores -apenas el 6% del total- son responsables del 53% de todo lo que se cultiva en la Argentina.

Frente a estos números, Rey Kelly destacó que, especialmente entre los productores más chicos, “en cuanto el clima les juega un poco en contra, pueden verse obligados a tener que vender hectáreas y descapitalizarse. No hay que olvidarse que un ruralista que tenga unas 100 hectáreas, de movida, puede llegar a tener una erogación anual de $30.000 en concepto de impuesto inmobiliario. Por eso, llega a venir una mala campaña y tienen que entregar el campo“.

Un punto clave, según el experto, es que, cuanto más pequeño es el productor, menos espaldas tendrá para reponerse ante una cosecha floja. De modo que, a la larga, el negocio sojero se va haciendo más “sustentable” en términos financieros cuantas más hectáreas involucre una explotación agropecuaria.

Esta realidad, que marca que el agro es un emprendimiento más atractivo a medida que se gana en escala, es lo que está generando un proceso de concentración del negocio.

Sobre este punto, López destacó que “los productores más pequeños, aquellos que tienen 100 hectáreas o menos, están prefiriendo alquilar el campo y no correr riesgos climáticos ni lidiar con el mercado. Así, donde antes había un grupo de productores ahora hay una sola explotación agrícola. Y la realidad es esa: a nivel privado, el que termina haciendo el mejor negocio es el que renta su tierra y obtiene una ganancia con riesgo cero“.

“Obligados” a hacer soja
En este contexto, los expertos consultados aseguraron que, pese a todo el peso tributario, la soja continuará quitándole espacio a otras actividades, dado que el alto grado de intervencionismo estatal llevó a que varios rubros pierdan atractivo a la hora de realizar una inversión.

López, de Agritrend, puso como ejemplo al maíz, “que es el cultivo con mejores márgenes”.

“Hoy, hacer maíz es muy atractivo, pero lamentablemente los productores se seguirán volcando de manera masiva a la soja, porque muchos están descapitalizados y para cultivar ese cereal hay que poner el doble de plata. Hay quienes, por el contexto actual que atraviesa el campo, no pueden encarar ese desembolso”, destacó. 

En el caso del trigo, Raúl Maestre, director de la Asociación Argentina Pro Trigo, aseguró que “es un hecho que el trigo retrocede en su superficie“, situación que atribuyó al alto grado de intervencionismo que existe en el mercado, dado que este cereal es considerado un alimento estratégico para la canasta alimentaria.

Al respecto, Maestre se quejó de que “se está haciendo una política en contra del productor de trigo y de toda la cadena”. 

En la misma línea, el presidente de la Cámara Algodonera Argentina, Ernesto Bolton, recientemente afirmó que las perspectivas para el sector “no son buenas” y que “se está sembrando mucho menos“, con un desplome del orden del 40%.

A la hora de dar razones, fue contundente: “El año pasado se adjudicó mucho suelo a la soja, entonces se redujo la superficie del algodón”.

En el caso de la carne, desde la Sociedad Rural Argentina destacaron que ya van “seis años del cierre de las exportaciones”, lo que “golpeó fuertemente a la ganadería argentina”.

“Los resultados están a la vista: el stock ganadero y la producción de carne tuvieron una caída del 20% respectivamente, es decir que se perdieron 11 millones de cabezas de ganado, que representa todo el stock bovino de Uruguay”, destacó la entidad.

La actividad láctea tampoco pudo escapar de la tendencia: mientras que en 2002 había en el país más de 15.000 tambos, en la actualidad apenas superan los 10.000 establecimientos. Este desplome de más del 30% responde a que, mientras que 100 hectáreas de soja se pueden manejar con un solo empleado, un tambo requiere un promedio de 25 personas.

Todo esto es lo que provocó que la oleaginosa pasara a representar más del 60% de todo el área cultivable de la Argentina.

Y esto, aunque suene paradójico, sucede a pesar de que el “yuyito”, que tanto brilla en Chicago, por estas pampas no tiene el mismo lustre.

“Lógicamente no estamos diciendo que el productor sojero promedio está pasando hambre, pero sí que el alto riesgo que asume está lejos de verse compensado con la ganancia que finalmente obtiene“, razonó López.

Fuente: iProfesional

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