7 de septiembre de 2012 23:16 PM
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¡Otra vez sopa…! (o agua) (Susana Merlo)

Era previsible. Así como cíclicamente golpea una seca feroz, de igual forma periódicamente suceden inundaciones cuyos efectos son, en general, cada vez más graves. Pero esto no tiene nada que ver con el “cambio climático”, ni con los avances tecnológicos que “contaminan al mundo”, según sostienen algunos fundamentalistas ambientales. Más vale, en Argentina, tiene que […]

Era previsible. Así como cíclicamente golpea una seca feroz, de igual forma periódicamente suceden inundaciones cuyos efectos son, en general, cada vez más graves.
Pero esto no tiene nada que ver con el “cambio climático”, ni con los avances tecnológicos que “contaminan al mundo”, según sostienen algunos fundamentalistas ambientales. Más vale, en Argentina, tiene que ver con la torpeza de muchos de los funcionarios de turno (lo que incluye a varios intendentes y ediles), y la desidia e irresponsabilidad de otros tantos.
Por supuesto que mientras duró el período seco, prácticamente nadie se acordó ni de los “deberes” pendientes, ni del mantenimiento de la precaria red de drenajes de la Cuenca del Salado por el que se desagotan prácticamente 4 provincias del corazón de la Pampa Húmeda, lo que equivale a decir, los campos más productivos y más caros del país.
Es obvio que si esto constituyera una novedad, se podría hablar solo de “imprevisión”, pero como las actuales inundaciones se vienen repitiendo desde hace varias décadas, y la falta de sentido común en las construcciones públicas (caminos, terraplenes, falta de alcantarillas adecuadas, puentes inútiles para cuando el caudal de agua se multiplica por 5, 6 o más, etc.) las va agravando cada vez más, entonces no queda más remedio que tomarlo como una irresponsabilidad, y hasta incumplimiento de los deberes de funcionario público.
Y esto alcanza tanto a los de la provincia de Buenos Aires (actuales y pasados), como los nacionales.
Para los que tienen algunos años, aunque no sean del campo, sonarán familiares nombres como “la Picasa”, las “Encadenadas”, “Caruhé”, el “Canal Mercante”, o más recientemente, el Canal Federal.
Pues bien, nada de todo eso fue siquiera mantenido, limpiado, mucho menos ampliado ni completadas las obras.
También es probable que se recuerde el nivel de pérdidas millonarias de infraestructura y de producción con las inundaciones como las de mediados de los ’80, y de los ’90, o los enfrentamientos entre provincias (porque Córdoba inundaba el oeste de Buenos Aires y el norte de La Pampa; o Santa Fe el norte de Buenos Aires). Ni hablar de las cuestiones entre municipios por la misma razón, o entre vecinos por los canales a cielo abierto que cada uno hacía para que drene su campo y baje el agua, aunque se la pasara al vecino.
Por supuesto que en los años de seca, como varios de estos últimos, o de lluvias razonables, nadie se acuerda de nada de todo esto y todos parecen creer que los problemas se solucionaron solos, o por obra y magia de quien sabe quien.
Sin embargo, habría que preguntarle al Ministro Julio De Vido, que seguramente tiene un profuso historial del tema en sus archivos; a los ministros de obras públicas de las provincias ahora afectadas para saber por qué sus legisladores no defendieron las partidas correspondientes para las obras; o por qué esos fondos tuvieron otros destinos. Incluso se le podría preguntar al propio presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, que como ex titular de Agricultura debería tener muy claro el daño que el no manejo del los excesos hídricos puede tener en las cuentas de un país como Argentina que depende, fundamentalmente, de su producción agropecuaria (imposible, lógicamente, si los suelos están anegados). Pero, tal vez, debiera saberlo mucho mejor como ex Ministro de Obras Públicas de Buenos Aires en el Gobierno de Felipe Solá, ya que justamente de él dependían estás obras y muchas de las acciones para mantenerlas listas para una emergencia.
Pues ahora la emergencia llegó. Y golpea justo, y fundamentalmente, nada menos que a Buenos Aires, la más grande, poblada y de mayor producción agropecuaria; pero los pronósticos son más alarmantes todavía ya que hablan de muchas más lluvias en octubre y noviembre y, si eso fuera así, entonces a las complicaciones por los excesos de precipitaciones se van a sumar al anegamiento aguas abajo de caudales desbordados, pues faltan canales y los que hay no están mantenidos como para guiar semejantes volúmenes.
En medio, muchos pobladores urbanos y rurales perdiendo buena parte de sus posesiones, mientras el país desperdicia otra oportunidad de lograr una cosecha más o menos buena, justo cuando hay precios internacionales extraordinariamente altos y difícilmente repetibles.
De hecho, además de las pérdidas directas ya registradas (maíz sin cosechar, bolsones de granos que quedaron en el agua, mortandad de hacienda pues es momento de parición y los terneritos nacen en el agua; trigo y cebada que se está pudriendo bajo el agua, etc.), ya se hablaba de una reducción de 20% en el área de maíz de la próxima cosecha por falta de liquidez debido a las pérdidas de la última cosecha por la seca (que los números oficiales no reflejan), a los que ahora se deberán sumar las extensiones que no podrán ser sembradas por los anegamientos que pueden ser aún mayores si continúan las precipitaciones durante la primavera, impidiendo que el agua baje rápidamente.
Y aunque todavía no parecen haberse dado cuenta, esta situación va a golpear en pleno rostro al Gobierno en el peor momento, o sea, el año próximo, cuando hay elecciones y esperan contar con un volumen de ingresos por exportaciones que, por ahora, “se están haciendo agua…”, aunque mucha de la responsabilidad es de ellos mismos.

Fuente: Campo 2.0

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