17 de septiembre de 2012 10:46 AM
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Arranca nueva etapa del “cristinismo”: ahora la clase media es la que hará la “sintonía fina” sobre el relato

El shock causado por la masiva protesta aún está siendo procesado puertas adentro del Gobierno. De ahora en más, parte de la población se mostrará más irritable y sensible ante medidas que causen malhumor. Pequeñas actitudes generarán una mayor crispación. ¿El oficialismo se recuperará del golpe?

Con el eco de las cacerolas todavía resonando, la gran pregunta del momento es qué es exactamente lo que cambió en el panorama político con la irrupción de los “indignados argentinos”.

Y resulta todavía difícil ver con claridad, entre la multitud de voces que plantean hipótesis extremas.

Desde el “ninguneo” con el que los voceros oficialistas tratan de minimizar la movilización de protesta hasta el entusiasmo de opositores, que llegan a afirmar que se inició el período del “post-kirchnerismo”, hay una amplia distancia con muchos matices de gris.

Por lo pronto, lo que parece claro es que pierde fuerza el discurso oficialista que busca caricaturizar al movimiento como una expresión de enojo por parte de un segmento de clase media-alta enojada por los controles de la AFIP a la compra de dólares.

Los anteriores cacerolazos, todavía circunscriptos a barrios de la zona norte porteña con fuerte tradición antiperonista, podían alimentar esa versión. Pero cuando el movimiento se expandió hasta provincias como Tucumán, Salta, Corrientes -donde la composición social es muy diferente a la de Capital y donde el peronismo suele arrasar en las urnas- entonces la percepción cambia.

El propio Hugo Moyano dejó en claro que los reclamos sindicales y los de este sector, en general no encuadrado en organizaciones gremiales, empiezan a coincidir: “La gente sale a la calle a reclamar, nadie quiere sustituir a nadie, sino decir que no quiere que le vengan con ideas raras y que el Gobierno tenga la grandeza de llamar a todos los sectores”.

Por otra parte, también hace agua la acusación planteada por el jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina, en el sentido de que la manifestación no había sido espontánea sino que fue orquestada por una especie de cofradía de políticos opositores y medios de comunicación.

De hecho, los grandes medios habían ignorado el tema hasta el momento mismo en que comenzaron a sonar las cacerolas.

Y respecto de la influencia opositora, el argumento no merece demasiado análisis: no hay ningún aparato partidario hoy en la Argentina con capacidad de logística y convocatoria como para organizar semejante demostración.

En definitiva, este movimiento implica la inauguración de la irrupción de las redes sociales como un nuevo escenario de la disputa política que, paradójicamente, hasta deja en un segundo plano la cruda pelea que el kirchnerismo mantiene con el multimedios Clarín.

Asimilando el golpe
Pero así como los argumentos del Gobierno parecen endebles, tampoco resulta tan claro que pueda hablarse ahora de una especie de fase decadente del kirchnerismo, tal como han insinuado analistas y políticos opositores.

Como Moyano, que en las reuniones con dirigentes de la Unión Cívica Radical para oponerse a la “re-re” comenzó a hablar sobre la necesidad de buscar acuerdos programáticos para el “post kirchnerismo”.

O, en el ámbito de los analistas, como Jorge Asis, muy escuchado por su conocimiento de la interna peronista, quien en su cuenta de Twitter afirmó: “El cristinismo ya fue. Tiene el boleto picado. Su ciclo histórico se acabó y le resta diluirse con un poco de dignidad y elegancia”.

Asís describe la situación de hartazgo que provoca la cadena nacional como una “trampa de la megalomanía”. “Nuestra César finalmente se compró los espejitos que vendía por cadena nacional”, ironiza.

Y apunta directamente a uno de los grandes temas de estas horas: ¿hará el Gobierno una evaluación objetiva sobre qué significó la movilización? ¿O destinará también para su propio consumo interno la versión de Abal Medina sobre que los caceroleros son gente a quien les interesa más Miami que San Juan?

Todavía no está claro, porque en el mismo Gobierno ha habido voces disonantes. Mientras el jefe de gabinete lanzaba sus provocadoras frases, había tres gobernadores peronistas que pedían tomar nota de los reclamos y hasta el habitualmente ácido senador Aníbal Fernández se mostró cauto a la hora de evaluar lo ocurrido.

Lo que sí se observa con mayor certeza es que el gobierno kirchnerista está en pleno proceso de asimilar el golpe.

“Independientemente de lo que se diga en público, estas cosas siempre influyen dentro del kirchnerismo. No diría que vayan a cambiar las políticas del Gobierno, pero sí es probable que se revisarán algunas medidas que puedan estar irritando a este sector que salió a protestar”, señala la investigadora de opinión pública Analía del Franco.

Para Sergio Berensztein, director de la consultora Poliarquía, no hay que descartar que el Ejecutivo tienda a “redoblar la apuesta”, en la medida en que se sienta desafiado.

“Lejos de derivar esto en un replanteo o autocrítica, vamos a sufrir en los próximos días una reacción que ratifica esta tendencia”, señala el politólogo.

Sin embargo, no todos concuerdan con esa visión. Para Enrique Zuleta Puceiro, “una cosa es lo que el Gobierno diga para la opinión pública, ante quien tratará de mostrarse como que no le entran las balas, pero otra cosa es lo que ocurra puertas adentro, donde seguro habrá una lectura realista y hará los ajustes necesarios”.

Zuleta recuerda que, históricamente, en los momentos en que recibió golpes importantes, hizo correcciones en su rumbo, que le permitieron recuperarse. “Cristina y Néstor leyeron con mucha precisión la derrota electoral de 2009 y lograron remontar la situación”, afirma.

La “sintonía fina” ahora la hace la clase media
Lo que muchos analistas han destacado es que lo peor que le puede ocurrir a un gobierno peronista es “perder el control de la calle”.

Es decir, resignar la iniciativa política y el dominio de la agenda pública, a partir de movilizaciones masivas que no le respondan o le resulten imprevisibles.

Y justamente eso fue lo que ocurrió. Sólo en otras dos ocasiones había sucedido esta situación durante el kirchnerismo.

La primera había sido en 2004, cuando emergió un movimiento ciudadano ante la ola delictiva, liderado por Juan Carlos Blumberg, que forzó al Gobierno a impulsar leyes penales más severas.

El segundo momento de pérdida de la calle fue durante el extenso conflicto con los productores rurales por las retenciones a la exportación de soja.

El propio Artemio López recordó que fue tan fuerte el shock provocado por la convocatoria de Blumberg, que Néstor Kirchner se vio forzado a impulsar leyes que endurecían las penas para delincuentes, motivado más bien por el peso de la opinión pública antes que por estar plenamente convencido de que esa fuera la mejor opción.

Para López, esta última protesta está lejos de contar con reivindicaciones con “espesura política” que la hagan comparable con el movimiento que, en su momento, lideró Blumberg contra la inseguridad.

Pero no es tan claro que la influencia de esta movilización sea nula. Por lo pronto, resulta sugestivo que rápidamente haya circulado la noticia de una movilización K con la consigna de “recuperar la plaza”.

Lo cierto es que la idea que comienza a cobrar cuerpo entre los analistas es que el Gobierno comenzará a quedar condicionado por la irrupción de la clase media y media alta, como nueva protagonista en el campo político.

Un segmento de la sociedad que hará su propia “sintonía fina” sobre el “relato K”.

Es decir, que se mostrará mucho más irritable y sensible ante cada hecho o medida del Gobierno que les provque malhumor. Actitudes del oficialismo, que antes no generaban rispideces, de ahora en más causarán mayor crispación.

“Quién hubiera dicho hace seis meses, con la legitimación que suponía el resultado electoral, que se iba a dar una manifestación de esta magnitud. Es un claro síntoma de hartazgo de una parte de la sociedad”, observa Alejandro Corbacho, catedrático de ciencias políticas de la Ucema.

Lo que sugieren los politólogos es que “el relato” está en una fase de rendimiento decreciente, donde cada vez le resulta más difícil al Gobierno dar golpes de efecto que contrarresten el malhumor generado por otros problemas.

Para Berensztein, de Poliarquía, un cambio significativo es que se ha roto una barrera del temor.

“Hasta el jueves había cierto miedo de expresarse. Y ahora es probable que si se organiza otra marcha, más adelante, la gente se muestre más proclive a protestar”, afirma.

De manera que, en esa sociedad hipersensibilizada, cada nueva medida gubernamental que pueda ser interpretada como reñida con las libertades republicanas, tendrá una caja de resonancia en este nuevo movimiento de “indignados” y podrá generar una reacción impensada tiempo atrás.

“El reclamo es mucho más político que económico, y es tratar de ponerle un límite al poder”, sintetiza el politólogo Rosendo Fraga. Y arriesga que al menos uno de cada tres votantes de Cristina comparte las consignas de la marcha del jueves.

La partida de ajedrez que viene
Este cambio de humor social no debe llevar a la conclusión de que el kirchnerismo está en desventaja desde el punto de vista electoral.

Primero, porque los antecedentes históricos obligan a darle la derecha en cuanto a su capacidad de recuperación sobre estos traspiés ante la opinión pública.

Segundo, porque el “timing” de la economía va a calzar bien con el calendario de las urnas. Los economistas coinciden en que lo peor del empuje recesivo parece haber pasado, y que sobre fin de año comenzará a notarse el calor de una recuperación.

La perspectiva de una buena cosecha, con altos precios agrícolas en el mercado internacional, en combinación con menores obligaciones financieras, hace prever que la caja de dólares estará más holgada.

No al punto de que se revierta el “cepo” cambiario, pero al menos sí como para que se flexibilicen notoriamente las trabas a la importación.

Y, sobre todo, hay un tercer motivo poderoso para pensar que el kirchnerismo tiene buenas posibilidades de asimilar el golpe: el hecho de que haya habido una protesta contra el Gobierno no implica que haya existido un apoyo a la oposición.

Un sondeo de la consultora Management & Fit es elocuente al respecto: el rechazo a la gestión del gobierno es grande (un 58% de la población), pero los que cuestionan a la oposición política son todavía más (un 69 por ciento).

“Es el gran desafío para este tipo de movimientos, que si no encuentran un cauce político terminan siendo un fenómeno efímero y se terminan diluyendo”, indica Fraga.

Los próximos días equivaldrán a una jugada de ajedrez entre el Gobierno y la oposición para capitalizar políticamente las consecuencias del “13-S”.

La atomización de la oposición política es una de las grandes fortalezas del kirchnerismo.

Pero, paradójicamente, con sus políticas más resistidas (especialmente con la avanzada por la re-reelección) está aportando los elementos para que este campo atomizado comience a aglutinarse.

Fuente: iProfesional

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