29 de septiembre de 2012 02:31 AM
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El mayor exportador de alimentos Fair Trade de América Latina

A los 34 años el suizo dejó su puesto de alto ejecutivo en Zurich y se vino a Latinoamérica con una mochila al hombro. Recorriendo México decidió que podía unir sus conocimientos de comercio exterior y el apoyo a los pequeños productores. Creó Fairtrasa, organismo con el que espera exportar US$ 18 millones, considerando incluso productos chilenos.

Hasta hace algunos años, cuando no estaba subiéndose a un avión en viaje de negocios, el economista y contador público suizo Patrick Strübi iba todas las mañanas a su oficina en la sede central de Glencore, un importante trader mundial de commodities, en Zurich. Su cargo de gerente de división se sumaba al de director de varios proyectos mineros del holding en Perú. Pero tras enfrentar masivos despidos de trabajadores, le surgieron cuestionamientos vitales.

“Me di cuenta de que estaba ayudando a la creación de riqueza de una gigantesca empresa y sentía que mi misión debía más bien ir por el lado de apoyar a los chicos”, recuerda Strübi.

Fue drástico: en 2003, con 34 años, renunció a su empleo, vendió sus pertenencias y decidió tomarse un sabático. “Compré pasaje para México, un lugar que no conocía y que me parecía neutro como para pensar mi futuro”, resume desde su casa en Yale, donde está por estos días (ver recuadro).

En Oaxaca destinó tiempo para hacer lo que nunca había podido por más que le gustara: tomar clases de violín y de artesanía.

También se dedicó a recorrer el país con mochila al hombro. “Por donde iba veía agricultores”, rememora.

Fue entonces cuando descubrió que podía unir su expertise en comercio internacional con su necesidad de ayudar y decidió que quería hacerlo en el agro. Su primera parada fue junto a pequeños agricultores de palta de Uruapán, una comunidad en el noreste de México, que conoció mientras recorría, con su mochila, el estado de Michoacán. Los ayudó a conseguir la certificación orgánica y de Fair Trade FLO (certificación entregada por la entidad mundial Fair Trade Labelling Organization).

En el camino se transformó en el mayor exportador Fair Trade de productos agroalimentarios latinoamericanos y en un emprendedor social que ha permitido que más de mil pequeños agricultores de distintos países y etnias de la región se hayan convertido en exportadores, hayan cambiado su forma de trabajar el agro y también su entorno social.

Justicia con el continente

Con el apoyo de Strübi, en 2005 los productores de palta de Uruapán despacharon el primer contenedor de paltas orgánicas Fair Trade a Europa.

Si bien el suizo estaba contento, todavía no estaba listo para echar raíces. Así, ese mismo año recaló en la región de Luján de Cuyo, en Mendoza, Argentina.

A poco de llegar se hizo amigo de los Furlotti, una familia de tradición viñatera con la que se asoció para fundar Soluna, una viña que define como “de la solidaridad”, porque las uvas de los vinos gran reserva y varietales provienen de los campos de cerca de 20 agricultores a quienes garantizan un precio mínimo por su uva, independiente de si el de mercado uva es inferior. Se les paga también una prima o bono en cada temporada, la que se destina a los proyectos sociales que define la propia comunidad

Si bien había encontrado un nuevo rumbo, seguía sintiendo “la obligación moral de devolver algo al continente”, comenta.

Y entonces decide crear Fairtrasa, abreviación para Fair Trade South America, el primer salto de la siguiente etapa de su vida.

La nueva organización nació como una corporación social con fines de lucro que tiene como objetivo apoyar a los pequeños productores locales que, por su escala, no encuentran condiciones simétricas para vender sus productos. Lo define como unir sustentabilidad y empoderamiento, porque cuando los agricultores incorporan las prácticas de sustentabilidad y trabajan mejor sus tierras, mejora la fertilidad de sus campos, con lo que pueden dejar de lado la agricultura de subsistencia.

“Lo más importante es el empoderamiento que provoca para mejorar las condiciones de vida. Pagar más no siempre genera desarrollo”, aclara el emprendedor social.

Fairtrasa hace de poder comprador inicial y les ofrece un precio mínimo garantizado que es más alto que el propuesto por el FLO. A ello suma un bono destinado a propósitos sociales que la comunidad define, como escuelas, programas de irrigación, una mejora de camino, instalaciones para purificación de agua, u otros de beneficio comunitario.

Al mismo tiempo les ofrece programas de apoyo a la medida y según sus realidades, los cuales incluyen asesorías técnicas gratuitas, capacitaciones en temas agrícolas y de gestión, como también controles de calidad de fruta para verificar que la fruta de calibre adecuado llegue a los mercados internacionales. También ayudan con el financiamiento de ciclo de cosecha o pagos anticipados, en caso de ser necesario.

Pero, además, dado que el bono por sobre el precio de mercado -por ejemplo de US$ 0,17 por k de palta o de US$ 0,75 por k de arándano- es entregado cuando se ponen de acuerdo en el fin comunitario social en que lo invertirán, se fomenta la asociatividad, se logran economías de escala y un ingreso mayor.

El objetivo final es convertirlos en productores independientes, que sepan cómo moverse y puedan acceder al mercado en condiciones similares a las de los más grandes y, de ser posible, volverse independientes.

“Como no logran llegar directo a los grandes compradores, en una primera instancia Fairtrasa los ayuda a exportar o a vender al mercado local, a ser competitivos. ¡Pero ya hay agricultores que se han soltado de nuestra mano y están logrando exportar directo!”, cuenta con orgullo Strübi.

Generando las confianzas

Los primeros escollos, rememora, no fueron sólo los bajos precios que enfrentaban los agricultores. Se requería ante todo trabajar con ellos para mejorar su eficiencia productiva. Para eso resultaba clave convertirse en un interlocutor válido ante los agricultores que, por cultura, suelen ser desconfiados. Así, uno de los principales desafíos de Fairtrasa ha sido el crear lazos de confianza con las comunidades agrícolas y mantenerlos en el tiempo.

“Los proyectos deben ser from locals to locals (ser gestionados por personas locales y para locales)”, sentencia Strübi.

Por ello, arma filiales en los países con los que trabaja, que están a cargo de gente que conoce bien a los agricultores, habla su legua y maneja su cultura, amén de compartir la filosofía de comercio justo y estilo de trabajo de Strübi y su equipo.

Dado que tenía cierto conocimiento de Perú, por sus múltiples viajes como director de empresas mineras en ese país, volvió para buscar un gerente de la filial Fairtrasa allá.

“Las cosas se fueron dando de tal modo que conocía a una persona que tenía experiencia en plantaciones de bananos. Agregamos este producto a nuestro portafolio y en la actualidad es uno de los principales”, cuenta Strübi.

Ya han despegado filiales en México, Argentina, Perú y, desde comienzos de este año, en Chile. Brasil, Turquía y Colombia son nuevas iniciativas en marcha. Incluso trabajó con agricultores indios, pero cuando se dio cuenta que la logística interna para que la fruta fresca llegara en buen estado no funcionaba, se alejaron, aunque sólo por un tiempo, dice, pues quiere volver para trabajar con fruta procesada.

Los países de origen de los productos han llegado por alguna historia humana o algún hito en la vida de Patrick Strübi. Pero también son el fruto del funcionamiento del círculo virtuoso de redes, destaca.

Si bien desarrolla los productos en el continente americano, la idea es comercializarlos en Europa y en Estados Unidos. Por ello la oficina central de Fairtrasa está en Suiza, pues así está más cerca de los clientes. Su portafolio contempla fruta y vegetales frescos. Ofrecen, asimismo, jugos, puré y concentrados de fruta, lo cual comenzó como forma de dar valor a fruta que no calificaba para la exportación. Hay igualmente productos que por la distancia no logran una vida suficiente para góndola, los que se transforman en congelados. A esto se suman productos deshidratados y nueces diversas.

Como la idea es mejorar el ingreso de los pequeños productores, en 2011, para evitar una intermediación que incida en los retornos, armaron una filial que sirve de importadora, con bodegas en Rotterdam, Holanda y en California, Estados Unidos. De este modo, ahora despachan directo a los clientes.

Además, disponen de oficinas de venta en Inglaterra, Holanda y Estados Unidos. Algunos de sus productos están creciendo a niveles mayores que la tasa del 10% anual que maneja FLO para el comercio justo global. Por ejemplo, si en 2011 se exportaron 90 contenedores de plátanos peruanos Fair Trade, las estimaciones para 2012 superan los 160 contenedores.

Para 2012 la meta es llegar a exportar unos US$ 18 millones.

Las claves del éxito

Strübi ve con satisfacción cómo crece su programa. No sólo aumenta en países y en número de agricultores, sino que el catálogo de Fairtrasa suma nuevos productos agrícolas.

“Me di cuenta de que el mercado quería más. Nosotros, en tanto, queríamos ir más allá del apoyo que genera la entidad mundial FLO y de manera más rápida”, comenta el emprendedor.

Como alto ejecutivo de una transnacional traía incorporado algunos conceptos que comenzó a traspasar a los agricultores y que, considera, son básicos para tener éxito.

“Un tema clave en el comercio es el de la calidad. Si el producto no es bueno, nadie lo comprará. Sin calidad no se puede llegar a los clientes y, por lo tanto, no hay comercio. Esto, por supuesto, es algo básico que funciona igual para el comercio justo”, señala.

En los últimos siete años Fairtrasa ha establecido redes de contactos entre las comunidades y quien quiera apoyarlos en su objetivo de ampliar su base de comercio justo. Por ello, considera que parte importante de su éxito ha sido actuar con transparencia y fomentando las redes, probablemente ingrediente importante de su éxito.

Si bien desde lo económico el proyecto avanza viento en popa, Patrick Strübi analiza con autocrítica el impacto del comercio justo en el desarrollo local.

“El Fair Trade supone pagar un precio más justo y una prima que es empleada de acuerdo con lo que la comunidad de pequeños agricultores elige. Pero con frecuencia los agricultores no conocen más que lo que han visto toda su vida y esto mismo provoca que no siempre las elecciones de en qué invertir los recursos sean las más adecuadas en términos de desarrollo social”, explica el gestor social.

Ahí encuentra uno de los temas pendientes que debe enfrentar. Ya lo hace: están trabajando con la Universidad de Cornell en indicadores que permitan objetivar esto, para poder abordar esta arista en forma concreta.

Al final de cuentas no sólo se trata de trabajar para mejorar la vida de las comunidades de pequeños agricultores, sino que, a partir de éstos, la visión tiene que ser global: “Hay mucha población que alimentar en el mundo. Y más a futuro. Es algo que debemos enfrentar todos. Con todo el apoyo humano y técnico que podamos”, concluye Patrick Strübi.

Por ello, aunque ya no dispone del mismo sueldo de alto ejecutivo, no tiene el mismo nivel de vida, ni puede planificar los siguientes años de su vida, se siente rico.

“No tengo bienes, ni un lugar estable para residir, sólo un proyecto de vida que me encanta. El Fair Trade nunca va a ser para mí un negocio muy rentable en términos monetarios o económicos, no va por ahí el objetivo principal. Es un proyecto de desarrollo social, pero debe ser sustentable en el tiempo por sí solo”, señala.  Un emprendedor social de clase mundialEn la actualidad, Patrick Strübi es uno de los 15 “World Fellow” que la U. de Yale, Estados Unidos, selecciona entre más de 2.500 postulantes de todo el mundo, como líderes globales con potencial de provocar cambios positivos. Esto se suma a la distinción otorgada por Ashoka, otra entidad que considera a cualquier individuo como un potencial rearticulador social del mundo y que premia a quienes considera como motores de transformaciones positivas, incentivándolos a maximizar su impacto social.Fairtrasa en Chile”El modelo de apoyo al pequeño agricultor tiene el mismo objetivo en todos lados. Pero se aplica según las condiciones locales, porque hay que hablar el mismo idioma y crear lazos de confianza. No se puede replicar la experiencia mexicana tal cual en Chile, por ejemplo. Esto es clave. Francisco Suter, por ejemplo, es un agrónomo chileno con relaciones de años con agricultores de origen mapuche. Los productores le creen y esto le permite ayudarlos mejor”, explica Strübi. 

En septiembre parte el primer container de paltas chilenas Fair Trade, el primer hito de la filial chilena de Fairtrasa, que tiene productores en Quillota y en Cabildo.

“Tenemos que ver qué hace Chile a favor de quienes no son grandes. Me gustaría tratar de colaborar con el Gobierno en ese sentido”, comenta Strübi.

En Chile quiere desarrollar un proyecto con algunos mapuches que cultivan frambuesas, fruta que no resiste viajes largos fresca, pero que se podría congelar.

También se dio cuenta de que en Chile, a diferencia del resto del continente, los consumidores tienen más conciencia de las bondades de los productos orgánicos. Cree que ello podría dar pie para activar una campaña a nivel de supermercados, por ejemplo “difundiendo que los plátanos son orgánicos, provienen de Perú, de nuestro continente y de comercio más justo, o que las frambuesas Fair Trade chilenas son cultivadas por mapuches del Sur. Tengo grandes expectativas en Chile, podría utilizarse luego como un ejemplo para el resto de los países del continente”, se entusiasma Strübi.

Fuente: Revista de Campo

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