21 de febrero de 2013 00:27 AM
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¿Es CFK una gran oradora?

Más allá de la simpatía o antipatía que pueda despertar Cristina Kirchner, existe un consenso alrededor de las capacidades oratorias de la Presidenta. Sin embargo, una mirada más detenida nos puede llevar a una conclusión distinta.

Hubo una época en la cual la oferta global de entretenimiento en la sociedad era escasa y donde la radio, el primer instrumento de comunicación accesible tanto para el letrado como para el analfabeto, casi no tenía competencia. Desde allí, con un público cautivo, los líderes políticos podían extender su oratoria inflamada, articulada y floreada desde las bancas legislativas hacia la escena pública. La elocuencia atraía a unas masas sin mayor comprensión de los fenómenos descriptos e inmersas en vínculos verticales con el poder. Todavía no había una lógica predominante de representados y representantes sino de gobernados y gobernantes, lo que resultaba natural en sociedades en las que el poder no se recibía sino que se tomaba.

Herederos de esa tradición, aún hoy algunos se deslumbran con discursos largos, redundantes y unidireccionales. Esto se registra principalmente en el microclima de aquellos interesados e informados sobre asuntos públicos. Sin embargo, cuando el objetivo es la comunicación con audiencias masivas los parámetros deben ser distintos si lo que se busca es establecer un vínculo real. Asimismo, ya no se trata de pensar la comunicación masiva únicamente en discursos de campaña o en cadenas nacionales. Hoy cualquier discurso público tiene el potencial de masividad. Si lo que se dice llama la atención por algún motivo, terminará siendo masivo. ¿Qué otra cosa fueron las preguntas a Cristina Kirchner en un ámbito reservado como la Universidad de Georgetown si no una comunicación masiva que de inmediato fue Trending Topic en Twitter y nota central en programas oficialistas y opositores?

Hoy en día, los avances sociales y las nuevas tecnologías demandan oradores renovados y adecuados a los nuevos tiempos. Ser un buen orador no es tener capacidad de improvisar o memorizar sino saber convencer y seducir a otro a través de un proceso de argumentación consistente y coherente. Por eso, para establecer una acción comunicacional inteligente se debe entender el contexto de recepción del discurso orado.

En sociedades con un alto nivel de pluralismo, reforzado a su vez por las nuevas tecnologías, insistir en discursos sin conexión con los valores, prioridades y sensaciones del receptor sólo es una condena a la desconexión. Por más habilidades heurísticas o de síntesis que se tengan, la multiplicidad de voces que rodean a un discurso exige concesiones a posturas opuestas, metáforas asequibles y un formato ajustado a las percepciones mayoritarias. Discursos en los que nunca se sugieren autocríticas o reconocimiento a posiciones contrapuestas y que contengan inexactitudes o falacias fáciles de comprobar por la oposición o la prensa independiente no se ajustan a una nueva realidad donde la ciudadanía escucha un mensaje mientras lee en Twitter la respuesta de dirigentes opositores y accede en portales de internet y canales de cable a visiones contrapuestas o atracciones más entretenidas. Un discurso sesgado y falaz puede ser útil frente a minorías militantes y poco exigentes pero no para mayorías moderadas e independientes. El aplauso de los propios no garantiza nada. En su discurso de despedida en su último día en la Casa Blanca, un recién renunciado Richard Nixon también recibía una ovación que contrastaba con un mayoritario descrédito social.

En nuestros tiempos, un buen orador debe ser breve, conciso, lucir humilde y horizontal, no dar cátedra sino explicaciones, proponer marcos de análisis de los problemas y sus soluciones, hacer concesiones discursivas a líderes opositores representativos, hablar sobre temas de agenda con conceptos y valores propios, y recrear lo máximo posible una sensación de diálogo con la audiencia. Pensar que estas posturas sólo son valoradas por los segmentos de mayor nivel de instrucción y consumo es desconocer profundamente la naturaleza humana y las aspiraciones y valores de segmentos más vulnerables.

En las últimas semanas tuvimos excelentes ejemplos de retóricas modernas con la campaña presidencial norteamericana. Quienes hayan visto los discursos de Bill Clinton o Barack Obama durante la Convención Demócrata en septiembre pasado, pudieron ver dos grandes oradores en acción. Lo mismo ocurrió en la participación del candidato republicano, Mit Romney, en los debates presidenciales. Locuaces, con sentido del humor, conectados con la audiencia, con un adecuado manejo del propio cuerpo y la escena, solidez en las afirmaciones, recortes veraces de la realidad, conmovedores e inclusivos.

CFK no cumplimenta muchos de los requisitos de la retórica tradicional así como tampoco suele tener una retórica moderna ajustada a los nuevos códigos comunicacionales generados a partir de los avances exponenciales en las tecnologías de la información. Su alta imagen positiva sostenida durante más de un año, se debió mucho más a sus gestos humanos y la repetición de consignas pegadizas que a sus largos discursos.

Sin embargo, por algo CFK sobresale en el horizonte político argentino. Tal vez su mayor virtud sea un aplomo y convicción basados en un conocimiento de los temas y el entrenamiento en dar discursos. Del mismo modo, el consenso alrededor de la brillantez de CFK como oradora se sostiene más en defectos ajenos que en virtudes propias. Prácticamente no aparecen en la escena política nacional dirigentes de primera línea, oficialistas u opositores, con capacidad para ofrecer una visión del mundo en forma atractiva, con pocas palabras y en sintonía con los cánones audiovisuales. Quien quiera ser líder y carezca de estas virtudes debería preocuparse. La política de este siglo no es para él.

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