19 de marzo de 2010 15:02 PM
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Union Europea  –   El dinero "asustado" de la crisis protagoniza una nueva colonización: la de las tierras agrícolas

Actualmente el mundo se debate en una gran contradicción: mientras millones de personas de países en desarrollo padecen hambre, muchas de sus tierras son adquiridas por grandes corporaciones para su explotación agraria. Aunque esto podría ser una salida, lo cierto es que se plantean serias dudas sobre si esa nueva producción de alimentos va a paliar la situación desesperada de esos lugares o se puede tratar de una nueva colonización.

Ya lo ha explicado en varias ocasiones el jefe para España de la Oficina de Información de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, Germán Rojas, quien repite en los foros a los que acude que hay 1.020 millones de hambrientos en el mundo, de los 6.500 millones de personas que habitan el planeta. "Esto supone que una de cada seis personas no tiene diariamente lo suficiente para comer", insiste.

En este sentido, y respecto al objetivo del Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad el hambre en el mundo para el año 2015, Rojas asegura que si se sigue la tendencia de los últimos tiempos, todo indica que "vamos a llegar con un déficit importante, porque las cifras del hambre no es que no hayan disminuido entre 1996 y 2009, sino que se han incrementado en 150 millones de personas".

A todo esto, la FAO ha puesto como meta el año 2025 como fecha de erradicación definitiva del hambre. Sin embargo, para el representante de esta organización mundial, ningún esfuerzo será útil "si no se elimina la pobreza" y los países en desarrollo no prestan a la agricultura y a la seguridad alimentaria la atención que merecen.

Tierras como negocio

Ahora bien, ¿qué pasa cuando en un momento de crisis y con otras inversiones deshechadas, los grandes grupos económicos ven en la explotación de la tierra uno de los negocios más lucrativos?
La propia FAO ha advertido de que tanto las naciones ricas, (para asegurarse reservas de comida), como las corporaciones multinacionales (para hacer negocio en un momento en que la Bolsa no rinde como antes) se han lanzado a invertir en tierras para ponerlas en producción.

Así, el director general de la FAO, Jacques Diouf, ha alertado de que estas operaciones pueden calificarse de "neocoloniales", mientras que las ONG advierten de que los más perjudicados van a ser, como siempre, los más vulnerables -pequeños agricultores, pastores, tribus indígenas-, al tiempo que cuestionan el impacto medioambiental de roturar nuevas tierras para cultivos intensivos con uso de pesticidas y abonos.

El informe de la FAO revela que este negocio ha crecido de forma exponencial en los últimos cinco años por parte de multinacionales, empresas locales (muchas filiales de empresas extranjeras) y de estados con superávit de capital y déficit de tierra cultivable.

En este sentido, un estudio de la ONG Grain apunta que los principales países afectados por este fenómeno han sido hasta ahora Sudán; Pakistán; Kazajstán; Camboya; Birmania; Uganda; Filipinas; Indonesia; Laos; Turquía; Ucrania; Tailandia; Mozambique; Tanzania; Uganda; Zimbabue; Ruanda; Zambia; Madagascar; Nigeria; Camerún; Brasil; Perú; Bolivia; Ecuador; Colombia y Argentina.

Llama la atención este último caso, donde según la Federación Agraria Argentina, el diez por ciento del territorio argentino está en manos de extranjeros. El terrateniente más grande del país es la compañía Benetton, con unas 900.000 hectáreas. En algunas provincias argentinas, la hectárea puede llegar a costar ocho dólares, según dicho informe, que también señala que personajes como Ted Turner, Richard Gere y Matt Damon, empresas chilenas, europeas, norteamericanas y hasta países como Malasia han aprovechado el bajo precio del suelo para comprar amplias extensiones de terreno a lo largo de todo el país.

China, más que reforma agraria
Algunas de estas inversiones en tierras están auspiciadas por los propios gobiernos en ese afán expansionista, para garantizarse sus alimentos en el futuro.

Es el caso de China, donde además de la reforma agraria interna, en la primera mitad de 2008 el Ministerio de Agricultura redactó una medida oficial central para alentar a las empresas nacionales a adquirir, alquilando o comprando, tierra en el extranjero con fines agrícolas, especialmente para asegurarle a China el suministro de soja a largo plazo.

Se suponía que cinco empresas estatales serían escogidas para llevar a cabo el plan, una medida aún sin resolver.

Se estima que China ha llegado, al menos, a 30 acuerdos de cooperación con diferentes gobiernos asiáticos y africanos que le dan acceso a tierra para el cultivo de arroz, soja, maíz y biocombustibles a cambio de transferencia tecnológica y fondos de desarrollo.

Por otra parte, el gigante oriental está en vías de una importante reforma para facilitar a los campesinos la venta de sus derechos al uso de la tierra, que hasta la fecha era de propiedad del Estado en nombre del pueblo.

La reforma facilitaría a los agricultores la venta o arrendamiento individual de sus derechos sobre la tierra, y a utilizar títulos de fincas como avales de préstamos.

Muchas voces predicen que esto alentará una enorme reestructuración del medio rural en China, que pasaría de los innumerables pequeños establecimientos agrícolas actuales a una menor cantidad de grandes establecimientos, sobre los cuales las empresas podrán entonces tener derechos más sólidos.

Grandes operaciones

Como "dinero llama a dinero" los ministerios de Comercio, Economía y finanzas del Consejo de Cooperación del Golfo emitieron una recomendación para establecer una empresa conjunta o un fondo común para producir alimentos en el exterior, concretamente en el sudeste asiático, Brasil y otros países árabes, para abastecer el mercado de los estados del Golfo Pérsico.

Por otra parte, la corporación japonesa Mitsui compró 100.000 hectáreas de tierras agrícolas en Brasil -el equivalente al dos por ciento de la superficie cultivada de Japón- para la producción de soja. Mitsui adquirió la tierra a través del 25 por ciento de su participación en Multigrain SA, el comerciante de granos brasileño que formalmente cerró el trato.

Otro ejemplo muy llamativo es el de la empresa coreana Daewoo que proyecta alquilar por cien años la mitad de la tierra cultivable en Madagascar para plantar maíz que importar a Seúl, según apuntan los informe de Grain. En la isla, más del 70 por ciento de la población vive bajo el umbral de la pobreza y más de medio millón de personas recibe asistencia del Programa Mundial de Alimentos.

En el caso de los países que se lanzan a la neocolonización agrícola, todos ellos tienen en común el hecho de que son importadores de comida. Todos se han visto afectados por la crisis de precios de los alimentos.

Se dan casos como el que un país como Camboya, que tiene un grave problema interno de hambre, consiente la venta de tierras para producir alimentos para otros países. "No es consecuencia tanto por los precios en sí, que pueden permitirse, pero sí por la actitud proteccionista de países productores que han limitado las exportaciones", explica el responsable de Política Comercial de la FAO, David Hallam. "Argentina ha puesto controles, Tailandia también.

Eso ha asustado a los importadores", añade, para que se entienda su intención de asegurarse una reserva regular de alimentos.

Aunque los precios se han reducido tras el importante repunte de hace año y medio, los expertos estiman que a medio plazo van a continuar altos, y se apuesta por inversiones a largo plazo teniendo en cuenta los propios tiempos de la FAO, que calcula que para 2050 la producción de alimentos va a tener que doblarse para satisfacer la demanda mundial.

Reacciones

Ante esta situación, algunos países están reaccionando.

Paraguay, por ejemplo, ha aprobado una legislación que prohíbe la venta de tierras a extranjeros (después de que un campesino resultara muerto de un disparo de la policía cuando pretendía desalojarlo de la finca comprada por un brasileño para cultivar soja). Otros estados suramericanos, como Uruguay, se lo están planteando, y Brasil está en proceso de cambiar su legislación para dotar de mayor transparencia y participación local a las operaciones con activos extranjeros. El Congreso brasileño planteaba obligar a los operadores del país a que compren tierras a declarar la cantidad de participación extranjera en su propiedad y a establecer un registro especial para las compras que involucren capital extranjero.

Inversiones financieras

Antes de que la crisis económica mundial alcanzara todo su dimensión ya hubo quien dijo que "la mejor cobertura para la recesión en los próximos diez ó quince años es la inversión en tierras agrícolas".

Así hablaba el jefe de alternativas de Insight Investment, Reza Vishkai, en julio de 2008

Es más, en las fechas en que se producía la quiebra de Lehman Brothers, Mikhail Orlov, fundador de Black Earth Farming y ex gerente de capitales privados de Carlyle e Invesco advertía que "el truco
aquí es no solamente cosechar cultivos, sino cosechar dinero".

Y ahí se apuesta sobre seguro y las inversiones no se dirigen sólo a países africanos o latinoamericanos, sino que se orientan incluso a Europa.

Desde ese momento, la fiebre del sector privado por adueñarse de tierras ha sido vertiginosa y la lista recopilada por los
observadores de este fenómeno, interminable.

El Deutsche Bank y Goldman Sachs, por ejemplo, están asumiendo el control de la industria cárnica china. La empresa BlackRock Inc, con sede en Nueva York, (una de las mayores administradoras de dinero del mundo, con casi 1.5 billones de dólares en sus libros) creaba un fondo de cobertura agrícola de 200 millones de dólares, 30 millones de los cuales se utilizarán para adquirir tierras en todo el mundo.

Morgan Stanley, que casi tiene que ser rescatado por el Departamento de Hacienda de los Estados Unidos, compró 40.000 hectáreas de tierras agrícolas en Ucrania. Nada que ver con las 300.000 del mismo país sobre las cuales adquirió derechos Renaissance Capital, una casa de inversiones rusa. De hecho, a lo largo del fértil cinturón que desde Ucrania atraviesa el sur de Rusia, la competencia es grande.

Black Earth Farming, un grupo de inversiones sueco, adquirió el control de 331.000 hectáreas de tierras en la región de tierra negra de Rusia. Alpcot-Agro, otra empresa de inversiones sueca, compró también allí los derechos de 128.000 hectáreas. Landkom, el grupo de inversiones británico, adquirió 100.000 hectáreas de tierras en Ucrania y aspira a expandirlas a 350.000 hectáreas para 2011. Todas estas adquisiciones de tierra son para producir cereales.

La complicada industria financiera es la que se lleva la mayor tajada: la tierra aparecía como un refugio seguro porque se sabe que es necesario producir alimentos, los precios seguirán altos y hay tierra barata disponible. El horizonte temporal para los inversionistas es, en promedio, de diez años, pero con el objetivo de hacer las tierras productivas, no de una mera propiedad con fines especulativos, y las tasas anuales proyectadas de retorno son del diez al 40 por ciento en Europa o hasta 400 por ciento en África
Por cierto, el Banco Mundial, entre otras instituciones, defienden este modelo alegando que de esta forma se transmite dinero y tecnología a los países de Tercer Mundo. Y de este modo, la actuación de organismos como el Banco Mundial y el FMI durante las últimas décadas, forzando a países de la periferia a abrirse a los mercados mundiales, atrajo a numerosas multinacionales que ahora se benefician del negocio de la tierra y la demanda de agrocombustibles.

La clave del agua

Alberto Ballarín Marcial, ilustre aragonés, ex senador y Gran Cruz del Mérito Agrícola ha insistido en sus últimas intervenciones públicas en que "para hacer frente al aumento de la población mundial previsto y al desafío alimentario resultante, la agricultura tendrá que duplicar su producción en 30 años".

Considera que el desarrollo y la movilización de todas las formas de agricultura, tanto en los países del Norte como del Sur, son esenciales para responder a este reto, pero añade que este desarrollo sólo podrá ser sostenible si se toman en consideración los numerosos retos medioambientales actuales como el cambio climático, la desertificación, su degradación de suelos o la reducción de los recursos hídricos.

Ante esta reflexión se resalta el importante papel del agua en el futuro desarrollo de la agricultura.

El agua es la base de la vida y gran parte del impacto del cambio climático se hará notar a través de sus consecuencias en relación con este recurso. "El agua es un factor de producción esencial en el sector agrícola y, como está intrínsecamente unido al futuro de la agricultura, la gestión sostenible es una prioridad absoluta" ,explica Ballarín.

Además, plantea que "las soluciones a medio y largo plazo para una gestión sostenible del agua en Europa y en el mundo van a requerir previsión, planificación e inversiones" para lo que se deben desarrollar medidas que aseguren el almacenamiento adecuado de los recursos hídricos y la organización y la gestión de los mismos de acuerdo con los requisitos de los diversos usuarios y en particular de los agricultores.

Ahora habrá que reflexionar sobre si las inversiones masivas en tierras tienen en cuenta este condicionante.

Tal vez por eso los países africanos, -salvo excepciones- no son el principal objetivo, por la dificultades para dotar de agua sus tierras de cultivo.

Así, se considera que para que la agricultura pueda ser el motor del desarrollo en el tercer mundo hay que invertir en estos países, sobre todo en infraestructura y mejorar los regadíos.

"El euro invertido en agricultura es el mejor euro invertido en desarrollo" es la frase que más repite Ballarín y recuerda las conclusiones del informe sobre el desarrollo mundial 2008 del Banco Mundial en el sentido de que las inversiones en agricultura son fundamentales para el crecimiento económico de la mayoría de los países en desarrollo.

Ahora bien, estas concluiones se enfocan a convertir a los habitantes de los países en desarrollo en pequeños agricultores, algo que no siempre resulta compatible con los planes de las grandes corporaciones con sus inversiones privadas en tierras.

Un proyecto cercano

No sólo las grandes corporaciones acometen grandes inversiones en países que aún no están a la cabeza del desarrollo.

También hay programas diseñados por los propios gobiernos para poner orden en una serie de inversiones, internas y externas, que tienen el impulso de la productividad agraria como principal objetivo.

Un caso bien cercano a España es el de Marruecos y así lo explicaba el ministro de Agricultura Aziz Akhannouch, junto con la ministra de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, Elena Espinosa, cuando presentaba hace menos de dos años el proyecto Marruecos Verde que ya está tomando forma.

El objetivo del Gobierno marroquí es desarrollar la agricultura del país, con apoyo de las inversiones privadas extranjeras y entre sus principales líneas de actuación propone la transformación de la superficie agrícola de cereal y forrajes en producciones como el aceite de oliva y la horticultura, por su capacidad para generar mayores ingresos y, en consecuencia, un mayor nivel de renta a sus agricultores.

Privatizar en Marruecos

El plan supone privatizar 700.000 hectáreas, actualmente de cereal, "poco productivo", para su transformación en tierras de cultivos "más rentables" como los hortofrutícolas y más intensivos, incentivando el regadío.

Para ello se propusieron de 700 a 900 proyectos con un coste próximo a 1.300 millones de euros anuales para lo que se han necesitado inversiones privadas, nacionales o extranjeras.

Curiosamente, de unas 400 empresas extranjeras que ya participaban en este proyecto que plantea el arrendamiento de tierras por 40 años, se contabilizaban unas 200 firmas andaluzas, muchas de ellas de agricultores que ven más futuro al otro lado del Estrecho.

Y esto, a pesar de que otros vean con preocupación cómo se les abre una fuerte compentecia por parte de los que en su día fueron sus vecinos.

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