20 de marzo de 2010 07:32 AM
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Una revolución en la cuenca del Salado

Con las nuevas herramientas técnicas y de gestión se puede triplicar la producción de forrajes en los campos bajos y alcalinos

Y la verdad es que el titulo "La revolución ganadera en ambientes no agrícolas" no le quedó grande a la jornada de reflexión que protagonizaron productores y técnicos en el establecimiento San Miguel, en Maipú, Buenos Aires. Es que en la recorrida por el campo y en la discusión posterior quedó demostrado que se puede producir una gran cantidad de forraje en suelos con serias limitaciones, altamente alcalinos (PH entre 8 y 9) y que soportan largos períodos del año con exceso de agua. En la cuenca del Salado se encuentran en esta situación cerca de siete millones de hectáreas. "Hay vida después del pelo de chancho", sintetizaba uno de los productores después de observar el lote que ahora ocupaba una pastura bien empastada de agropyro y lotus. Después de seis años de trabajo conjunto, el administrador de San Miguel, Francisco "Pancho" García Mansilla y el ingeniero Juan José Amadeo, director de la compañía semillera Gentos, lograron, con la fuerza de los resultados, derribar muchos de los paradigmas que dominan a la ganadería. "Estas praderas nos cambiaron el campo y no hay duda de que este paquete tecnológico tiene un alto impacto en la producción forrajera. De hecho, ahora podemos recriar toda la hacienda, algo impensado años atrás. Ocurre que los suelos no agrícolas se encuentran generalmente subutilizados por el productor. "El problema es que en la cuenca del Salado el 80% de los suelos están en esta condición. Apenas el 20% de la superficie son lomas agrícolas. Pero para cambiar la historia hay que estar dispuestos a dos cosas: a invertir y a tomar la producción de forrajes con el mismo profesionalismo con que se realiza la agricultura", afirma García Mansilla. Pero ¿cuáles son las herramientas que pueden cambiar la historia de buena parte de la ganadería? Para implantar una pastura la primera de las recomendaciones fue la de desterrar cualquier grado de improvisación. Esto significa comenzar por limpiar el lote de malezas dos años antes de la siembra. Se aplica glifosato y se incorporan leguminosas como el lotus y el melilotus. Algunos también han probado durante esos años de limpieza con maíces BT. Por otro lado, las pasturas de San Miguel fueron sembradas con 40 kilos de agropyro y no con los 15 kilos que tradicionalmente se utilizan para sembrar. De esta forma se logra una cobertura del suelo parecida al césped, con 250 plantas por metro cuadrado contra las 70 plantas obtenidas en una siembra promedio. Otra de las herramientas que incluye este paquete es la fertilización que se efectúa en dos etapas con 120 kilos de fosfato diamónico y 100 kilos de urea. ¿Se paga esta inversión?, se preguntará más de un ganadero incrédulo. En San Miguel responden que sí en forma rotunda. Lo afirman con la seguridad que les otorga la rutina de medir, controlar y pensar cómo seguir mejorando. Los objetivos de producción que deben cumplir las pasturas implantadas se resumen en 9000 kilos de materia seca al primer año y 56.000 kilos durante los seis años siguientes. Y que el primer aprovechamiento se haga el 10 de junio antes del invierno. Para Juan Amadeo, "la tecnología actual permite bajar los riesgos de producir forraje en estos suelos y brinda una mayor previsibilidad. Como resultado de nuestras mediciones surge un dato que es determinante: la inversión en la pastura se paga a los 230 días". Pero, además, con la idea de incorporar las buenas prácticas agrícolas a la producción forrajera, Amadeo propone cambiar el vocabulario. "Cuando los agricultores hablan de siembra piensan en un día, en cambio cuando los ganaderos hablan de implantación piensan en un período, algo que es mucho menos exacto y preciso." Pero quizá fue la eficiencia en la captación de agua que tienen los campos de la cuenca del Salado el concepto más debatido durante la jornada. "Está claro que aquí, salvo en los últimos años de seca, el agua sobra. Es excesiva. Pero no la sabemos capturar adecuadamente. Mientras la agricultura hace una muy buena utilización del agua, la producción de forraje lo hace muy mal. Si es cierto que por cada milímetro de lluvia caída se producen 10 kilos de materia seca, entonces con los 900 milímetros que tenemos de promedio deberíamos producir 9000 kilos de materia seca. Pero tradicionalmente sólo se producen 3000 kilos. ¿A dónde se fueron los 6000 kilos restantes?", reflexiona García Mansilla. Según la gente que trabaja en San Miguel las pasturas cambiaron el comportamiento del suelo. Ahora los campos se encharcan menos, "chupan más agua". La jornada abrió varios interrogantes: ¿llegó la hora de la forrajicultura de precisión? ¿Las pasturas deberían estar manejadas sólo por profesionales? ¿Se viene un renacer de la cuenca del Salado? Todo parece posible en la medida en que se produzca una nueva forma de pensar la producción forrajera.

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