13 de julio de 2013 06:44 AM
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Trigo: la arquitectura de la escasez

La sensación de estar ahogándose a centímetros de la costa es una de las situaciones más frustrantes que podemos atravesar.

Con el objeto de “desacoplar” los precios internos del competitivo mercado internacional, las políticas de los últimos años lograron exactamente eso, pero en el sentido inverso. Hoy el trigo en la Argentina vale más que en cualquier otro país productor. El desacople se produjo, pero de la peor manera.

La estrategia del gobierno de los últimos años diseñada para preservar los precios internos generó situaciones tales como cuando en 2011 unos 5,1 millones de toneladas de trigo (el equivalente de todo el consumo nacional anual) pasaron de una campaña a otra sin poder ser vendidas por los productores, ya que el Gobierno no autorizaba nuevas exportaciones. Mientras eso sucedía se daba la paradoja de que mientras en los silobolsas estaba almacenado el producto, que con frustración no se podía vender, al lado las sembradoras entraban a los lotes a sembrar una nueva e incierta campaña triguera.

Almacenar trigo no es cosa sencilla, es un producto perecedero y no puede ser retenido por demasiado tiempo. No sólo creaba un perjuicio financiero no poder vender el fruto del trabajo, sino que se ponía en riesgo la calidad de un alimento, ya que, obligados por las circunstancias y con poca infraestructura, había que esperar al anuncio de un tardío y escaso cupo que se “liberaba” para exportar. Siempre anunciado con júbilo desde el gobierno nacional como una medida astutamente calculada para administrar los stocks de trigo, sin tener en cuenta la realidad que se estaba dando en el campo y en el comercio.

La reacción de la producción fue la del pragmatismo y de buscar alternativas que le permitieran continuar trabajando y fundamentalmente realizar actividades con las que puedan “pagar las cuentas”, evitando dentro de lo posible, y muy a su pesar, el cultivo de trigo.

La disminución del área triguera afectó especialmente las zonas centrales del país, donde el doble cultivo trigo-soja funcionó extendiendo el trigo adonde antes de la aparición de la soja era sólo un cultivo muy reducido. Estas zonas son especialmente estratégicas para la producción triguera debido a la vecindad con las ciudades más pobladas del país, donde más alto es el consumo. De esta manera, otro de los problemas adicionales que se generan es que los molinos ubicados en la zona central tienen que proveerse a cientos de kilómetros de distancia. La abundancia, el aumento de área de siembra y la promoción del cultivo generan la única solución posible a la situación actual, cosa que no hace el hecho de forzar el mercado a proveer el mercado interno al límite de sus posibilidades, con los riesgos que eso implica.

La estrategia del Gobierno terminó funcionando como una arquitectura de la escasez, buscando en principio un objetivo, pero logrando exactamente lo contrario.

Hoy, frente a la evidencia que expresan los altos precios del trigo y de la harina producto de la escasez, son el mensaje explícito y contundente de un sistema que no funciona. Pero ni siquiera se tiene el sentido de la oportunidad de permitir importar trigo o harina, ayudando a descomprimir el mercado, por el solo hecho de no dejar aún más en evidencia el fracaso de una política. Hoy los perjudicados son claramente las dos puntas de la cadena; el productor y el consumidor.

Al menos nos queda la esperanza de que en algún momento se va a reflexionar y entender que políticas como las implementadas para el trigo generan una larguísima lista de perdedores, desde consumidores, productores, transportistas, contratistas y hasta finalmente el Gobierno, que ni siquiera puede ingresar los tan ansiados dólares que hoy busca afanosamente entre quienes evadieron y los invita a exteriorizar. De cambiar la política triguera, fácilmente estaríamos sembrando al menos 5 millones de hectáreas, abasteciendo al mercado interno y exportando 10 millones de toneladas de trigo. Con esto obtendríamos 2800 millones de dólares fruto de inversión y trabajo genuino y reactivaríamos la economía del interior abasteciendo las necesidades internas de sobra y a precios competitivos.

Pasar de “el problema del trigo” nuevamente a la “bendición del trigo” es sólo una cuestión de sentido común y con beneficios para todos.

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