13 de julio de 2013 22:02 PM
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Agroquímicos, la ampliación de las barreras agropecuarias

Su uso racional es insustituible en la agricultura moderna, pero mal utilizados son muy dañinos.

Tal como viene ocurriendo en casi todos los órdenes de la vida contemporánea, la ciencia y la tecnología también están irrumpiendo en el agro en forma creciente. Aun más allá de los meros intereses económicos, esto es el incremento de la competitividad y de la rentabilidad de las actividades productivas e industriales y del natural impulso de las sociedades humanas hacia el desarrollo, acrece de continuo la demanda social hacia mejores y más abundantes alimentos, por una parte, y la de materias primas en general, por otra. Ocurre que la población aumenta no sólo en forma cuantitativa, sino también de manera cualitativa, procurando mejoras en la calidad de vida individual y colectiva.

Desde otra perspectiva, esta situación impacta en los ecosistemas del mundo entero, generando distorsiones y alteraciones –y a veces destrucción– de los recursos naturales que los conforman. Agua, suelos, vegetación y fauna de todas las latitudes y longitudes de nuestro planeta acusan impactos negativos tales como degradación, contaminación, erosión y el propio cambio climático. Es entonces comprensible que aquellas mismas instituciones de ciencia y tecnología se ocupen de estudiar y corregir estos fenómenos, buscando procedimientos de remediación y –en última instancia– hacer más eficiente y eficaz nuestra presencia en el mundo. En este sentido, alguien ha dicho que “probablemente el rol filosófico- político del hombre frente a la naturaleza –y como parte de ella– sea administrarla con el conocimiento y la adecuada educación ambiental”.

En los últimos tiempos han estado circulando por las redes informáticas, no muy bien fundadas, críticas a la utilización de agroquímicos, algo así como una campaña antiempresaria –y en rigor veladamente anticientífica y antitecnológica– como si se tratara de denunciar y combatir malévolos agentes del mal que pretenden arrasar con la naturaleza y los grupos étnicos marginales o pequeños agricultores, sus mujeres, niños y familias, sumiéndolos en enfermedades incurables y condenándolos a una muerte segura.

Pareciera –una vez más en la historia– que no se reparara en que gracias a la ciencia, a la tecnología y en especial al fenomenal desarrollo del conocimiento de los fenómenos físico-químicos y biológicos naturales, como nunca antes la humanidad, gracias al esfuerzo y a la aplicación de las universidades y centros de investigación de todo el mundo se han logrado controlar epidemias y enfermedades terribles, desarrollar ingenierías racionales, innovar en el aprovechamiento de fuentes renovables de energía, balancear la nutrición humana, abaratar y mejorar la conservación de los alimentos, aplicar positivamente recursos genéticos, suplir sistemas de transporte y comunicación obsoletos y un sinnúmero de avances concretos en la medicina, la agronomía, la farmacología y la salud del medioambiente.

Entonces, circulan campañas contra del uso de agroquímicos (en particular pesticidas y herbicidas) y a la transgénesis, esto es el cambio de las estructuras genéticas de algunas plantas de cultivo y animales de carne, leche o lana, prácticas que se realizan en procura de dotarlos de resistencia a plagas y enfermedades o a situaciones críticas de aridez y medioambiente hostil. Se alude a aplicaciones masivas, descontroladas y hasta insidiosas que destruyen el equilibrio ambiental o que contaminan suelos y fuentes de agua potable. Y en el revoleo de críticas cae también el cultivo de la soja, como si esta planta fuera la octava de las plagas bíblicas.

Es cierto que ocurren aplicaciones no idóneas, vertederos clandestinos o efectos bioquímicos no deseados. Pero siempre han aparecido las soluciones y las formas de remediación. No precisamente desde las barricadas, los piquetes o las absurdas propagandas seudoecologistas mediante fotografías trucadas y jovencitas pulposas con camisetas verdes, sino a través del conocimiento y nuevas aplicaciones científico-tecnológicas investigadas y creadas desde las mismas universidades y centros de excelencia, nacionales e internacionales.

En cuanto a la soja, cabría recordar que es una planta leguminosa que, gracias a la asociación simbiótica de sus raíces con bacterias del suelo, es capaz de fijar significativos volúmenes de nitrógeno atmosférico hacia el sistema agrícola. Y el nitrógeno es un elemento químico fundamental para el crecimiento de las plantas en general y la producción de proteínas en particular; es un nutriente indispensable para toda la cadena trófica y para la equilibrada nutrición humana. Y la soja es muy rica en proteínas.

Numerosos informes científico-técnicos generados desde el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación y desde el INTA de las zonas cerealeras argentinas han puesto en evidencia que gracias a la rotación del trigo, maíz y otros cereales con la soja, este aporte de nitrógeno natural de la leguminosa al suelo con sus rastrojos permitió revertir la tendencia decreciente de los rendimientos y de la calidad de los granos –en particular del trigo– que venía ocurriendo desde 1930 hasta bien entrada la década de los 70, cuando el cultivo de la soja comenzó a expandirse significativamente en nuestro país. Desde luego que cualquier cultivo repetido año tras año en la misma parcela es dañino y poco rendidor a lo largo del tiempo. La soja no escapa a este axioma agronómico. Pero creer que cultivar soja racionalmente es caer en las redes del mal, es una apreciación equivocada; cuanto menos, fruto de una supina ignorancia.

En rigor, la realidad de los hechos ha mostrado que el desarrollo y aplicación de nuevos plaguicidas y herbicidas, así como otros avances tecnológicos, lejos de causar daños irreparables, han venido a ampliar las fronteras agropecuarias, el abastecimiento local, regional y mundial de alimentos y brindado a los agricultores del mundo nuevas herramientas para producir y mejorar la calidad de vida de sus respectivas familias. Por cierto que el exceso, la formulación equivocada, el manejo desaprensivo y las aplicaciones fuera de norma y control pueden ser muy dañinos, hasta letales en algunos casos.

Adviértase sin embargo que esta situación de hecho también podría encuadrar a un sinnúmero de fármacos, drogas, bebidas alcohólicas, antibióticos, detergentes y miles de productos de las industrias químicas y farmacéuticas modernas. Muchos hábitos de consumo que llevan hacia la dependencia y el vicio son tanto o más nocivos que los agroquímicos utilizados irresponsablemente o como medios de agresión masiva.

Es cierto que el uso irracional o desmedido de agroquímicos puede causar –y ha causado– graves deterioros medioambientales y a veces ha lesionado la salud de grupos humanos, haciendas o los propios vegetales y animales silvestres. También, que las guerras y rivalidades políticas, religiosas o étnicas se han nutrido de estos mecanismos para sembrar el terror, la destrucción de campos enteros y la muerte de millares de personas. Pero debe comprenderse que el uso racional y cuidadoso de agroquímicos, respetando dosis, momentos y formas de aplicación recomendadas, es insustituible en la agricultura comercial moderna y aun también en la de alcance familiar o comunitario.

Por eso, una vez más cabe exhortar al conocimiento, al uso racional de los recursos tecnológicos y a la difusión de buenas prácticas de aplicación. Quienes son tan afectos a difundir mensajes de terror y “alerta” sobre los “agentes internacionales del mal”, deberían meditar y recurrir a fuentes de información serias, responsables y acreditadas. Después de todo, ni la ciencia ni la tecnología son “buenas” o “malas” en sí mismas.

Por fortuna, junto al fenomenal avance científico-tecnológico de nuestro tiempo, también acrece la responsabilidad social empresaria, la legislación de protección medioambiental y la medicina legal. Como sabiamente lo esquematiza el diagrama del ying y yang oriental, la maldad o la bondad de los actos estriba en el ser humano. Un pesticida es como un bisturí: podrá sanar o matar, según quién, cómo y para qué lo use. Allí está el nudo de la cuestión.

Ingeniero Agrónomo Carlos Abadie

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