18 de julio de 2013 14:22 PM
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Tiempos de cambio: la soja no alcanza para “bancar” el modelo y el Gobierno “raspará más la olla” en busca de dólares

La situación financiera mundial comienza a transitar otra etapa. Para Argentina esto trae señales preocupantes en distintos frentes y los analistas anticipan los efectos que pueden sobrevenir ante este quiebre de tendencia. ¿Por qué refieren a agosto y octubre como dos meses clave?

El crecimiento superior al 7% que registró la economía en abril y en mayo provocó entre los partidarios del Gobierno una sensación similar a la de cuando uno, sobre el final de un mes complicado -revisando los bolsillos de la ropa que está por poner a lavar- encuentra imprevistamente un billete de $100.

Durante unos “maravillosos” minutos, se da una sensación de alegría, que luego comienza a desdibujarse al pensar que de mucho no ayudará, dado lo caro que están las cosas. Así, el efecto se diluye tan rápido como ese billete.

De la misma manera, por un breve lapso se ha recreado la casi olvidada sensación de que el país aún está en condiciones de crecer fuerte y que puede hacerse un intento por olvidar que hay luces amarillas en el empleo, en las reservas -que caen a un ritmo de casi u$s1.000 millones por mes- en la inversión, que está en niveles mínimos, y en infraestructura.

Pero aun sin entrar en la polémica sobre si las estimaciones del Indec están “inflando” los datos de la actividad -tal como sugirió el ex ministro Juan José Llach, docente de la Universidad Austral- sigue habiendo una mala noticia.

Y es que muchos de los motivos que llevaron a esta recuperación tienen grandes chances de desaparecer en este segundo semestre del año.

¿Por qué? Porque la mejora estuvo fundada en la buena cosecha agrícola, que contrasta con la floja campaña del año pasado, y en una mayor producción de la industria automotriz, que recuperó su pujanza exportadora.

El consenso de los economistas es que, en definitiva, el mantenimiento de un buen ritmo en la actividad depende, más que antes, de factores externos. Es decir, aquellos que no controla el Gobierno y que en cualquier momento pueden dejar de jugar a favor del país.

Por lo pronto, remarcan que difícilmente el llamado viento de cola siga soplando tan fuerte sobre algunas naciones (en particular sobre las que dependen de las ventas de materias primas al mundo) tal como lo ha venido haciendo. 

La profecía de Cristina
El diagnóstico, en general, hace referencia a que las buenas condiciones internacionales que apuntalaron el crecimiento argentino comienzan a diluirse.

Y que, por lo tanto, la frase de cabecera de Cristina Kirchner -“El mundo se nos cayó encima”- tiene, ahora sí, grandes posibilidades de ser una realidad concreta.

¿Qué motiva a los analistas a pensar así? Uno de sus temores se sustenta en que la época de “dólar barato” en el mundo está llegando a su fin, fenómeno del que diera cuenta iProfesional (ver nota: ¿Termina el viento de cola?: ya se habla del fin del “dinero barato” en el mundo y de las consecuencias para Argentina).

Esto, porque la economía de Estados Unidos comienza a dar indicios de recuperación, lo que apuntala el fortalecimiento de su divisa. Si esto cobra mayor vigor -como ya se prevé ocurrirá- se producirán algunos efectos importantes, entre ellos:

  1. La Argentina tendrá más dificultades para vender al mundo: al fortalecerse el dólar se debilitan las otras monedas. Así, los productos que fabrican otros países se abaratan frente a los que se elaboran aquí, agudizando los problemas de competitividad.
  2. Las materias primas comenzarán a caer de precio: las cotizaciones de la soja y de otras commodities tienden a debilitarse cuando la divisa estadounidense se fortalece. En parte, porque muchos inversores desarman posiciones especulativas y se vuelcan al billete verde.
  3. Los capitales saldrán de la región e irán en busca del dólar. No llegarán a varios destinos en la magnitud en que lo hicieron hasta ahora. Para Argentina, que ha venido perdiendo reservas incluso cuando los capitales desembarcaban en la zona, este cambio global puede perjudicarla aun más.

El analista Federico Muñoz alerta sobre esta nueva tendencia que se avecina con marcado dramatismo: “Para una economía argentina que ya presenta serios vicios y distorsiones, todo esto constituiría un golpe difícil de asimilar”.

Algunas señales han comenzado a emerger del cambio de clima. Como el hecho de que ya se registre un incremento en el riesgo de deuda de la región o que las monedas de países vecinos comenzaron a debilitarse, en algunos casos depreciándose un 10% en apenas un mes.

A rezarle a la soja más que antes
Para Muñoz, es un error creer que la Argentina, por no estar endeudada en el mercado internacional, pueda sentirse “blindada” ante el encarecimiento del dólar en el mundo. Porque sus efectos van más allá del endeudamiento externo.

Es por ello que los expertos “avisan” que no hay que confundirse y que hay que moderar la euforia por las altas cotizaciones que exhiben los precios agrícolas hoy día.

“La baja puede ser muy fuerte. Como muestra, vale mencionar que mientras que en Chicago la soja cotiza a u$s540, los inversores que negocian contratos de futuro ven un precio de apenas u$s460 para mayo. Es decir, u$s80 abajo”, advierte Salvador Di Stefano, consultor con sede en Rosario y con fuerte prédica sobre la zona sojera.

“Hoy están arriba -añade- pero la próxima cosecha local da pérdida por donde se la mire. Esto es una gran señal de alarma para el Gobierno argentino”.

Al igual que él, muchos analistas recuerdan que el entramado de subsidios, gastos en asistencia social y empleo público (que la administración K hizo crecer de manera notoria) se han venido sustentando en los altos valores de la soja.

Y advierten que si su precio llegara a bajar, tal como prevén los inversores, se hará muy difícil “bancar el modelo”. Al menos, tal como está estructurado hoy día.

“La soja ya perdió esa magia que permitió impulsar toda la última década. Este año tendremos la segunda cosecha récord de la historia e igual no alcanza”, afirma el economista Carlos Melconian.

En igual sentido se expresa el analista Agustín Monteverde: “La realidad es que hoy el Gobierno sólo estaría cómodo con una soja de u$s700 y en 2014, con una de u$s800. Así, año tras año. Pero hay evidencias de que el precio irá en la dirección contraria”.

La industria, con semáforo en amarillo
Por el lado de la industria las cosas tampoco pintan auspiciosas.

Las señales más preocupantes llegan desde Brasil, país que compra el 20% de las exportaciones argentinas y el 50% de las manufacturas. Además, uno de cada dos autos que se produce localmente es vendido en ese destino.

Un informe de Analytica destaca que ahora la inversión en tierras de Dilma Rousseff crece a un pobre 2,4% anual, bien lejos del 7,6% que caracterizó al período de Lula, y encima con dos puntos más de inflación.

El fondo de la olla
En definitiva, el diagnóstico es que a la escasez de billetes verdes para inversión habrá que ir sumándole el de una menor entrada de “sojadólares”, esos que el modelo tanto necesita para poder bancar salarios estatales, planes sociales y un muy elevado gasto público.

En realidad, el problema de fondo no es que las exportaciones argentinas sean bajas. A fin de cuentas, ventas totales por casi u$s90.000 millones es una cifra que triplica en términos reales la de los años ’90.

Más bien, el inconveniente es el ritmo de salida de dólares por importaciones que, además, es cada vez más difícil de bajar. Sobre todo por la pesada factura de energía y combustibles.

Mario Brodersohn, titular de Econométrica, calcula que por la caída en la producción de petróleo y gas, el país gastará unos u$s8.600 millones este año y unos u$s11.000 millones el año próximo.

Y que el saldo comercial (después de pagar semejante cuenta) no alcanzará para proveer los dólares que el país necesita para pagar deudas -tanto de empresas como del Estado- y, además, costearles las vacaciones a los argentinos en el exterior.

Su pronóstico es crudo: ya “rascando” el fondo de la olla de dólares no habrá más remedio que seguir sacrificando reservas que, en un año y medio, caerán u$s12.000 millones.

Hay todavía más motivos para estar atentos a lo que pueda venir. No sólo que el mundo irá ayudando menos, sino que tampoco hay grandes chances de que el mercado interno compense lo que el exterior no compre.

“El gasto de las familias supo ser la vedette de la demanda. Pero, en un contexto de aumento del desempleo y estancamiento del poder adquisitivo del salario, perderá relevancia”, señalan desde Economía & Regiones.

Pero hay todavía una advertencia más inquietante: ni siquiera las obras de infraestructura -un clásico de los años electorales- tienen potencial como para ponerse la economía al hombro.

“El Gobierno utilizará el gasto público como variable de ‘contrapeso’. Sin embargo, su incidencia en la demanda agregada apenas alcanza el 14%, por lo que consideramos que tampoco podría empujar demasiado”, añaden desde E&R.

Agosto y octubre: cruces peligrosos
Para quienes quieran evitar sorpresas y estar prevenidos sobre posibles momentos de “quiebre” en la economía, los expertos recomiendan estar atentos a dos estaciones importantes: agosto y octubre.

Agosto será clave para saber qué pasará con los precios agrícolas, ya que se conocerán los datos de la campaña en el hemisferio norte.

“Si la cosecha en Estados Unidos (principal productor mundial) resulta muy buena, es posible que las cotizaciones de hoy no se puedan sostener, plantea el ex ministro Ricardo López Murphy.

“Si la Argentina -agrega- está perdiendo u$s8.000 millones de reservas por año con los precios excelentes de hoy día, habría que imaginar qué puede pasar si la situación empeora”.

También en agosto habrá cambios a nivel doméstico. Di Stefano advierte que a partir de ese mes el Gobierno podrá verse forzado a emitir más, para hacer frente a algunas obligaciones financieras, lo que puede inyectarle más presión alcista al blue.

El segundo mes clave, claro está, es octubre. Un resultado electoral que debilite al Gobierno podría, eventualmente, acelerar algunos procesos ya en marcha, como la caída en la demanda de pesos por parte de la población.

Además, ya en la recta final de la campaña electoral será cuando se juegue el definitivo éxito o fracaso del “plan Cedin”, ya que es típico que los inversores que quieran ingresar a un blanqueo lo hagan al borde de la fecha de cierre.

Pero está claro que la mayor duda reside en si el Gobierno está dispuesto a realizar cambios estructurales después de las elecciones.

Brodersohn es de los que cree que no habrá fuertes modificaciones emanadas del Ejecutivo, pero se pregunta si los propios ahorristas serán los que impulsen una corrección cambiaria.

“Si el Gobierno no toma la iniciativa será el mercado quien lo haga”, destaca.

En la misma línea, López Murphy señala que “luego de las elecciones, la tensión va a ser enorme y va a ser inevitable algún tipo de corrección antes de fin de año”.

Agrega que la gravedad del ajuste estará en función de qué tan acelerada sea la pérdida de las reservas del Banco Central.

En otras palabras, se llegó al “fondo de la olla de dólares”. Una vez más, las fichas querrán ser colocadas a una “cosecha salvadora” que, a futuro, podría no ser de la partida.

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