20 de julio de 2013 00:29 AM
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La irracionalidad es tal que sólo se revierte con un nuevo poder político

Las crisis de la carne, la leche y ahora el trigo son evidencias incontrastables de un fracaso. Pero detrás de estas crisis hay un retroceso ya estructural del fantástico proceso de expansión de la frontera agropecuaria y tecnológica generada por el campo en los últimos 20 años. La destrucción de la infraestructura y el alza […]

Las crisis de la carne, la leche y ahora el trigo son evidencias incontrastables de un fracaso. Pero detrás de estas crisis hay un retroceso ya estructural del fantástico proceso de expansión de la frontera agropecuaria y tecnológica generada por el campo en los últimos 20 años. La destrucción de la infraestructura y el alza de costos de comercialización acercan otra vez la frontera productiva hacia el Puerto. Por la incertidumbre, los productores no pueden transformar grano en proteína en el lugar, aprovechando la eficiencia relativa de nuestras tierras. Por eso, la Argentina exporta el 65 por ciento de su maíz como grano, frente a solo un 15 por ciento de Brasil; y apenas el 14 por ciento de sus exportaciones agrícolas tienen alguna transformación compleja. En la provincia de Buenos Aires la falta de energía impide la instalación de nuevas plantas. Los nuevos emprendedores y contratistas sufren por la incertidumbre y la presión fiscal.

Este conjunto de evidencias- que el oficialismo no entiende en su gravedad tienen detrás un fundamento básico: el Gobierno no comprende que las personas toman decisiones racionales para maximizar el beneficio, y que eso genera empleo e inversión; pero que una mala decisión pública genera defensas que, como en el trigo, producen retrocesos. Y, sobre todo, no entiende que las actividades agropecuarias exigen una perspectiva de largo plazo para maximizar su eficiencia individual y social. Y, para peor, supone que con presión política pueden torcer a su gusto las decisiones individuales.

Por eso, sólo sabe intervenir y desordenar los mercados hasta el límite de lo ilegal, haciendo que los productores perdamos dinero, pero sobre todo que perdamos confianza en el largo plazo, que es lo peor que puede sucederle al sector.

Es por todo ello que -aunque toda opción electoral debe tener una propuesta técnica- hoy la discusión central es política. Llegamos a un punto tal de irracionalidad que es imposible imaginar que podamos revertir estos dislates si no logramos una nueva conformación del poder político en la Argentina.

Como productor, como economista y legislador, no he parado de hacer propuestas en este y otros ámbitos, participando de grupos de trabajo (como el Agro-Gapu); y puedo afirmar que tenemos no solo una visión de adonde queremos ir, sino también del como, para crecer y agregar valor.

Pero nada de ello será viable si no podemos derrotar al kirchnerismo y cambiar las mayorías en las Cámaras. Para eso se necesita evitar las medias tintas. No hay posibilidad alguna de diálogo constructivo con un Gobierno que no discute con nosotros, los productores, ni la política ni los detalles, sino que quiere convertirnos en empleados públicos. Que nos dejen producir e invertir dependerá de poder frenarlos e iniciar el camino hacia el cambio definitivo en 2015.

La experiencia del campo en el Congreso entre 2009 y 2011 no fue tan productiva como esperábamos. Faltó diálogo entre los representantes de la producción, y también faltó apoyo de otros legisladores que siguen pensando que el agro es un espacio de “oligarcas” y por ello no se juegan por nuestras necesidades productivas, como lo hacen en otros temas; sin entender cuanto nos necesitamos unos a otros.

Con ese aprendizaje, con las ideas claras, será posible cambiar el rumbo también en las Cámaras. Trataremos de contribuir a través de una lista -la única- que tiene cuatro productores entre sus candidatos, y una perspectiva integral de lo que podemos aportar al crecimiento, y lo que necesitamos para ello.

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