25 de julio de 2013 22:16 PM
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Arrancó la carrera de devaluaciones y el peso argentino tiene problemas para “acelerar”

Asoma otro ciclo en la economía mundial, con un dólar que irá cobrando vigor y monedas que irán debilitándose. Cada país readaptará su estrategia para competir, pero el Gobierno K tendrá menos margen de maniobra para adaptarse al nuevo contexto. Lo que viene, según expertos

Devaluar o no devaluar: esa es la cuestión para la administración kirchnerista, ahora que parece que -efectivamente- “el mundo está por caerse encima”.

Es que asoma una nueva etapa a nivel global, producto de que Estados Unidos está dejando atrás la crisis originada en 2008 y su economía muestra signos de recuperación.

Ante ello, la Reserva Federal estadounidense “avisó” que, tarde o temprano, decretará el fin del plan “dólares para todos”, basado en volcar dinero barato (u$s85.000 millones por mes) para estimular el repunte.

De este modo, la divisa estadounidense ha comenzado a fortalecerse y las otras monedas, a debilitarse.

La historia no es nueva. Ya pasó, por citar el antecedente más cercano, en la gran crisis financiera de 2008-2009.

En ese entonces, ante el fenómeno conocido como “flight to quality” (vuelo a la calidad o huida de inversores al dólar) toda la región sufrió una fuerte devaluación.

Hoy, con síntomas que hacen rememorar aquel momento, los expertos prenden luces amarillas sobre el riesgo de que en el “vecindario” se inicie una carrera de debilitamiento de las diferentes monedas, producto de ese “fly to quality” o salida de capitales en busca del billete verde.

Para el consultor Salvador Di Stefano, con el fortalecimiento de la divisa estadounidense será difícil que vuelva a repetirse un contexto de “dinero barato en el mundo”, como aquel que le permitiera a Bolivia tomar crédito a la insólita tasa del 4,5% anual.

Y afirma que los países más afectados por este cambio de contexto global serán, justamente, aquellos que antes se habían vistos beneficiados: “En proporción al tamaño de sus economías México, Perú, Chile, Brasil y Uruguay son parte de la lista de la zona”.

El economista José Luis Espert también lanza una advertencia: “Se está empezando a insinuar un proceso de devaluaciones en la región y, si se confirma esta tendencia, este cambio ejercerá una mayor presión cambiaria en la Argentina”.

“Hubo varios años en los que América latina disfrutó de la bonanza de tasas bajas a nivel global, pero lo que nunca debió haberse olvidado es de que se trata de una región de riesgo, sostenida básicamente por la venta de materias primas e influenciada por la entrada de capitales externos”, argumenta el economista jefe de una reconocida firma financiera.

Como muchos de sus colegas, no oculta su preocupación por cómo pueda quedar afectada la Argentina ante este cambio de escenario.

Ocurre que, si se profundiza el proceso de devaluaciones en la región, como ya se está insinuando, el Gobierno K se verá frente a una gran disyuntiva:

  • Si no acompaña lo que harán los demás países, agravará su situación de atraso cambiario y pérdida de competitividad.
  • Si opta por devaluar bruscamente, corre el riesgo de un efecto contagio en los precios. Es decir, agravará aun más la inflación y no resolverá el problema de la competitividad.

De manera que, la duda que se plantea es si -ante la eventualidad de una carrera devaluatoria- la Argentina está en condiciones de debilitar su moneda sin generar una espiral inflacionaria que neutralice inmediatamente el efecto reactivador de una devaluación.

Se largó la carrera
Por lo pronto, no todos los analistas consideran que una depreciación que ocurra en el “vecindario” sea necesariamente algo malo.

Algunos creen que, como ya ocurrió en otras oportunidades, puede ser una situación que le provea al Ejecutivo un argumento valedero para tomar una decisión “políticamente incorrecta”.

“Si una devaluación en la Argentina fuera vendida como la reacción ante el debilitamiento de otras monedas, como el real, entonces culpar a Brasil sería la excusa perfecta para desligarse del costo político”, argumenta Diana Mondino, economista de la UCEMA.

En su visión, ese escenario podría favorecer al Gobierno, ya que le aliviaría las crecientes dificultades de caja.

“Una depreciación del peso oxigenaría las cuentas fiscales, producto de mayores ingresos por retenciones agrícolas”, indica.

Pero, ¿qué tan cerca se está de una carrera de devaluaciones? Por lo pronto -tras las señales de mejora en los Estados Unidos y de su divisa- ya empezaron a percibirse alteraciones en el manejo monetario de varios países de la zona.

Chile, por ejemplo, en los últimos meses ha optado por dejar que el precio interno del billete verde se acomode a una nueva realidad, dejando que “flote” libremente.

Por el lado de Colombia, su administración está tratando de mantener un tipo de cambio alto, recurriendo a quemar parte de las reservas que ha ganado en este último tiempo, para así inyectar algo de “liquidez verde” al mercado y “bancar” ese dólar alto (una estrategia que recuerda a la adoptada por Néstor Kirchner).

Los economistas creen que, más allá de las estrategias que adopte cada país, hay un factor ineludible y que -quieran o no los gobiernos- es el que terminará llevando a una depreciación generalizada de las monedas: el regreso de un “superdólar”.

Ramiro Castiñeira, de Econométrica, es uno de los analistas que ya advierte que “la divisa estadounidense en el mundo va camino a un fortalecimiento”.

En tanto, un financista de la city destaca que la reciente salida de capitales que sufrió la región -luego de que Estados Unidos insinuara el fin del “dinero barato”- “deja en claro las flaquezas de los mercados latinoamericanos”.

En lo que respecta a la Argentina, está claro que la atención está puesta en lo que haga su principal socio político y comercial: Brasil.

En un año, el país vecino llevó la paridad del dólar desde 2 reales a 2,23. Esto implica un 11,5% de devaluación, para un país que tiene una inflación cercana a la mitad (6,5%). En términos reales, marca una depreciación de la moneda del orden del 5 por ciento.

En contraste, la Argentina ha perdido competitividad, dado que en los últimos 12 meses la moneda se devaluó un 18% pero la inflación fue de 23%, lo que implica que el peso se apreció un 5%.

Recién en los últimos meses, con la aceleración de la tasa devaluatoria y el congelamiento fallido de precios, se llegó a una situación en la que ambas variables se emparejaron.

Los analistas están convencidos de que, ante una mayor debilidad del real brasileño, el efecto sobre las empresas argentinas será de tal magnitud que será difícil evitar una brusca suba del precio oficial del dólar en Argentina.

“Si bien el país no sufrirá salida de capitales porque ha sido poco lo que llegó, el abaratamiento de los productos que fabrica la nación vecina -consecuencia del debilitamiento de su moneda- condicionará la política económica local. No sería extraño que tengamos que devaluar al ritmo carioca”, afirma Di Stefano.

De hecho, el antecedente de 2008 es contundente al respecto: ante la disparada del real, el Banco Central, en ese momento a cargo de Martín Redrado, depreció la moneda casi un 30%.

Como la inflación fue de la mitad, entonces pudo hablarse de una “devaluación exitosa”, dado que hubo un efecto real de abaratamiento en dólares de los productos argentinos.

Escenario menos amigable
La gran pregunta es si, esta vez, hay condiciones como para que la Argentina vuelva a devaluar sin generar, al mismo tiempo, otros problemas.

“Si dicha devaluación no se traslada a precios, nos generará -suponiendo constante lo que haga el gobierno brasileño -una baja de nuestros costos en dólares. Pero si ocurre lo contrario, la mayor inflación terminará compensando esa devaluación”, advierte Nadin Argañaraz, titular del Instituto Argentino de Análisis Fiscal.

En principio, ciertos sostenes que ayudaron en 2008, hoy brillan por su ausencia, ya que de un escenario de superávit fiscal, reservas “abundantes” y libertad cambiaria, se pasó a una total antinomia.

  • “Maquinita” de imprimir a full.
  • Déficit fiscal.
  • Presión del dólar blue.
  • Caída de las reservas.
  • Déficit energético.

“Argentina ahora tiene poco colchón para soportar el impacto de un debilitamiento de las otras monedas de la región, tiene muy escaso margen”, sostiene Castiñeira.

Frente a esto, algunos afirman que el efecto devaluatorio se medirá a priori en función de cómo el Gobierno maneje el “excedente” de pesos en el sistema, dado que un combo de “devaluación-emisión”, inyectaría aun más problemas y distorsiones.

A esto hay que sumarle los inconvenientes que podrían generar en el oficial un salto abrupto del dólar blue.

Es que, en un contexto de fuerte emisión, buena parte de los pesos que se impriman irían a parar al circuito informal, ejerciendo una presión anexa al oficial, que se le sumaría a la ya impulsada por la “devaluación regional”.

“Un mayor ritmo de devaluación requiere -a un mismo ritmo de crecimiento del dinero- un mayor esfuerzo para esterilizar los pesos que compran”, explica un informe de Elypsis, la consultora de Eduardo Levy Yeyati.

En principio, hay escepticismo respecto de si el Gobierno es capaz de evitar un contagio inflacionario.

En rigor, surge una duda arraigada en torno a la dicotomía “devaluación-inflación”: ¿Por qué en 2009 se pudo y en 2013 no se podría?

Es que, mientras que en 2008 hubo una crisis de demanda, que pudo ser capeada con más pesos -gracias al superávit fiscal- en 2013 el problema viene por el lado de una caída en la oferta, producto del uso total de la capacidad instalada y de la falta de inversión.

Con estos elementos sobre la mesa, la conclusión es preocupante: una devaluación sólo podría ser efectiva si, al mismo tiempo, hay un firme ataque a la inflación, algo que en la Argentina de hoy tendría un fuerte olor a recesión.

No es difícil imaginar, con este escenario, que entre los ruegos de los funcionarios K, justo después del pedido porque se mantenga bien en alto el precio de la soja, venga la súplica por una estabilidad del real brasileño. Al menos, hasta que pasen las elecciones.

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