29 de julio de 2013 11:38 AM
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Sin el pan y sin la torta (Susana Merlo)

La Argentina de hoy, desconcertada ante la nueva realidad internacional que ya se hace sentir, sin “el viento de cola” de antaño, y sin haber capitalizado siquiera la época de las “vacas gordas”, es decir, los 7/8 años de euforia económica en el mundo, cuando los productos que ofrecía el país cotizaban a precio de oro y le hubieran permitido ahorrar o consolidar la posición, debe afrontar ahora un escenario muy distinto.

A diferencia de muchos de los vecinos, hoy la Argentina está “sin resto”. No quiso, no supo o no pudo avanzar como lo hizo prácticamente toda la región.
Igual que en la fábula de la Cigarra, que canta todo el verano, mientras la Hormiga se ocupa de trabajar y juntar comida para el invierno, muchos comienzan a percibir el duro futuro que se avecina. Por supuesto que inmediatamente se culpa a las autoridades de turno por esto y, si bien tienen razón, ya que la responsabilidad primaria siempre está en los superiores (en este caso el Gobierno), pocos tienen la capacidad autocrítica para analizar que parte de este resultado responde a la acción o a la omisión individual.
El campo no es la excepción. Es cierto que fue el que más aportó pues solamente por las retenciones se estiman alrededor de US$ 80.000 millones en una década.
También es verdad que los ingresos que generan las exportaciones “del campo”, la agroindustria, superiores a 50% del total, siguen siendo el gran puntal de divisas “genuinas” que tiene el país.
Es cierto que también fue el más jaqueado por el gobierno, el más perseguido y hasta vituperado. Se lo culpó por casi todo, mientras simultáneamente se lo ahogaba con impuestos y recortándole la renta hasta el punto de hacer inviable muchas producciones.
Todo esto es indiscutible. Está ahí. Se lo ve. Está al alcance de la mano.
Pero no es menos cierto que durante estos años en los que desaparecieron cantidad de productores y establecimientos, también hubo un fuerte crecimiento de otros que se agrandaron significativamente (el proceso se conoce como “concentración”), lo que recién en los últimos años comenzó a ser reclamado por los dirigentes ante las autoridades.
Tampoco se puede negar que la mayoría de los gobernadores de las provincias hizo poco y nada por defender a sus productores y la actividad económica de sus distritos. Se contentaron, más vale, con recibir la dádiva de partidas para obras públicas, y migajas de una coparticipación ya totalmente distorsionada, que haciendo el esfuerzo de enfrentar los abusos de la Nación, soportando, incluso, que les esquilmen hasta la tierra con cosechas cada vez más exigentes, pero sin permitir reponer ni un tercio de los nutrientes que se sacaron.
Y menos aún se puede negar que también, durante este lapso, surgió una nueva clase rentista de ex productores agropecuarios muy cómodos, cobrando el alquiler de sus campos por adelantado y sin riesgo para hacer, por lo general, soja, durante más de un lustro. ¿Para qué innovar? ¿Qué sentido podía tener reclamar para que esto cambie?
Pero, como todo tiene un ciclo, y los errores siempre se pagan, la realidad inapelable de hoy muestra que no todo lo que brillaba era oro, que así como hay épocas de bonanza después vienen las opuestas y es necesario estar preparado, y que difícilmente el tren vuelva a pasar una vez que se fue.
En el medio la Argentina retrocedió en sus producciones más preciadas, tanto por el mercado local como para la exportación al mundo.
Cayeron las frutas en cantidad y variedades; hace más de 15 años que no crece la producción de leche; se planta apenas el 10% de los árboles que se debería (y se podría); se retrocedió hasta niveles insospechados en la producción de carne vacuna al punto que hoy Nicaragua prácticamente exporta más que la Argentina, y el trigo llegó a su área de siembra más baja en 10 años.
¿Y a quién le sirvió esto?
El supuesto objetivo de “defender La mesa de los argentinos” no se dio, sino todo lo contrario. Muchos productores desaparecieron. El país agropecuario se achico y se debilitó.
Los ahorros y millonarias transferencias desde el campo no están.
Y la sociedad comienza a enterarse, finalmente, que está sin el pan, sin la torta, y ahora parece que ni la harina queda.

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