2 de agosto de 2013 23:19 PM
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Son sordos que tampoco quieren oír ! ! !

“¡Aquí no ha pasado nada!”, pareciera ser la frase del Gobierno ante las duras críticas recibidas en el acto inaugural de la Rural en Palermo. Llamativamente, la orden habría sido “silencio absoluto”, sobre todo, para los agresivos voceros “oficiosos” de siempre que, en este caso, hicieron mutis por el foro.

El hecho no hace más que confirmar el malestar reinante en el seno del Ejecutivo. De lo contrario, lo obvio ante la dureza planteada en esa tribuna hubiera sido que alguien saliera a “contestar”: el empresario oficialista Ider Peretti, o Julián Domínguez (que ahora vuelve a “sonar” para volver a Agricultura en reemplazo de Norberto Yauhar), o algún otro más mostrable, sobre todo antes de las elecciones, lo que de hecho, invalida a Guillermo Moreno, Aníbal Fernández, Luis D´Elía o similar, considerados como “piantavotos” en el seno del propio gobierno.
La lectura oficial parece haber sido que contestar era darle entidad y prensa a la postura del campo. Algo de razón tienen, especialmente si como creen muchos, las afirmaciones eran, en realidad, “informaciones” tan evidentes que no resultaban refutables. Ya bastante habían tenido con los “números” de la cosecha y con el millón de hectáreas extra de maíz que parece haber surgido de la nada.
Sin embargo, y mucho más allá de la pulseada dialéctica, política o mediática, la pregunta que se hacen hoy los productores es si todo esto sirve para algo.
¿Puede ser posible que esta vez algún funcionario escuche el alerta que se está lanzando cada vez más fuerte?
¿Es factible que alguien mire que hay detrás de las posturas políticas de ambas partes?

Para la mayoría de los observadores, y a diferencia de la “Era Néstor”, o sea, cuando aún vivía el ex presidente, ahora no existe ninguna posibilidad de que el Gobierno corrija ni siquiera mínimamente su rumbo, aún a riesgo de una inminente colisión.
Pareciera que tampoco saben cómo hacerlo. Prefieren falsear cada vez más los datos, al punto de parecer que se trata de países distintos, según se escuche la versión oficial o la de privados, y sin importar el costo del empecinamiento.
“Estos chicos vuelcan la calesita”, diría el Turco Asís, y hasta parece que puede ser cierto.
Los antecedentes lo avalan. Desde la pérdida de mercados, hasta la estampida (hacia fuera) de inversiones, tanto locales como extranjeras.
Desde el jaque a la otrora poderosa ganadería vacuna, hasta el riesgo cierto de tener que importar trigo.
Desde el retroceso en el comercio mundial, hasta el creciente endeudamiento sectorial o el cierre de industrias (molinos, frigoríficos, usinas, etc., etc.), que está provocando un inédito “parate” en la economía de muchas provincias.
Pero además, la inconsistencia del “relato” es de tal magnitud que ya es inocultable, aun falseando cifras o dando rimbombantes discursos.
En el caso de los productores, la credibilidad desapareció porque las promesas incumplidas fueron demasiadas, igual que el excesivo “ninguneo”, solo suspendido a la hora de recurrir a los “aportes” del campo.
Para los consumidores, simplemente porque la realidad les muestra que no están en Suiza, ni son Alicia en el país de las maravillas, si no todo lo contrario. Cada vez cuesta más llenar el chango, a la “mesa de los argentinos” se le tambalean las patas, y eso no se sustituye con bicicletas o lavarropas. Tampoco con los fracasados planes “milanesas”, “leche”, “manzanas”, “cerdos”, etc. “para todos”, de los que ya nadie habla, pero que permitieron que algunos hicieran abultadas diferencias (en su favor).
Se intuye, además, que la situación puede empeorar, más especialmente después de las elecciones, y eso en el caso del campo y los alimentos, seguramente va a ser así. Basta ver cuales son las disminuciones que se están produciendo, en muchos de los planes sobre cuales serán las áreas de producción, y en los de utilización de insumos, para darse cuenta fácilmente que los volúmenes de oferta van a ser menores, casi sin excepción. Y esto sin contar los campos que están quedando sin arrendar, lo que representa que solo harán “pasto”.
Y esto significa que, más allá de las brillantes estrategias de comunicación mediáticas, aunque “no quieran oír”, no podrán evitar “verlo”, excepto que también se vuelvan ciegos de repente.

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