27 de julio de 2011 14:08 PM
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Agoniza el modelo pesquero de Chubut

El petróleo, la minería o la pesca no son propiedad de la sociedad como a veces se dice hasta casi en un tono romántico. El petróleo, la minería y la pesca son de quienes tienen la concesión estatal para explotar esos recursos; el resto es cháchara. Claro que allí entra en juego la política de administración de los recursos naturales y la renta social que la explotación de los mismos debe dejar en sus jurisdicciones, además de las tributaciones fiscales.

El mayor crecimiento de la industria pesquera en Chubut tiene sus registros a partir del año 2000, cuando llegan inversiones que desarrollan modernas instalaciones de procesamiento de pescado en tierra, y coincidía con zafras extraordinarias de langostino. Con cierta cuota de oportunismo político se dictaron leyes obligando a las empresas a incrementar sus dotaciones de personal en tierra en proporción con los metros cúbicos de bodega de su flota tangonera.

Cuando se pensó en atar la extraordinaria rentabilidad del langostino con una adecuada “renta social” obligando a las empresas a generar puestos de empleo en tierra, sin importar si eran o no necesarios, parecía hasta una política progresista y plausible. Excepto algunas voces aisladas que proyectaban la inviabilidad de ese esquema sostenido a largo plazo, la mayoría alzó el pulgar sin advertir los vicios que en su génesis engendraba el modelo.

En realidad se generaron puestos de empleo por decreto, pero el langostino abundaba y esa bonanza, acompañada por un tipo de cambio alto producto de la devaluación de comienzos de década, mercados competitivos y reembolsos por puertos patagónicos, configuraba una burbuja en la que el “oro naranja” cubría cualquier déficit.

Con el correr de los años esas condiciones cambiaron. La estructura de costos experimentó una escalada alcista, tanto en insumos como en salarios, los beneficios fiscales desaparecieron y las retenciones a la pesca que iban a ser temporales quedaron fijas. La manta de la rentabilidad de la pesquería del crustáceo dejó de tapar la deficitaria ecuación que provocan las plantas de procesamiento.

Los más optimistas reconocen que al menos son tres mil los puestos de empleo que se perdieron en los últimos años en la industria pesquera chubutense. A los sindicatos no se les ha oído una sola autocrítica, ya que no se ha llegado a este punto sin que a todos les quepa una cuota de responsabilidad.

La pesca se ha transformado en una actividad económica de recurrente conflictividad, y se exhibe cada vez menos competitiva frente a Mar del Plata.

LUZ DE ALARMA

Uno de los datos más significativos que corrobora el resquebrajamiento del modelo pesquero de Chubut, es que actualmente ninguna empresa proyecta ampliar sus inversiones, más bien todo lo contrario, y ese es el peor síntoma de cualquier actividad económica.

Esa fragilidad al desnudo le ha servido a ciertos grupos económicos marplatenses para avanzar sin reparos sobre las empresas asfixiadas. Algunas se desprendieron de activos para tratar de salir de sus convocatorias de acreedores, y allí aparecieron estos grupos para hacerse de importantes cuotas de capturas de merluza. Como era de imaginar, la descargarían en Mar del Plata, y eso se está verificando por estas horas. No hace falta ser demasiado lúcido para darse cuenta de que eso implicará menos trabajo en los puertos chubutenses y en las plantas radicadas en Puerto Madryn.

Mientras tanto, la dirigencia política local, tanto la que deja el poder en diciembre como la que llega se miran el ombligo. Salvo alguna reacción espasmódica nadie se anima a echar una mirada profunda a los problemas que arrinconan al sector, más bien afinan su discurso, de un lado y otro, para ver a quién endilgarle culpas, pero con una carencia casi vergonzosa de propuestas.

CAMBIO DE TIMÓN

Las actuales autoridades provinciales tienen el ‘boleto picado’ aguardando el final del recorrido, y están hoy más ensimismadas en su propia cotidianeidad, ocupados en el futuro personal que les deparara el día después del 11 de diciembre. Su conductor, vuela –cuando puede– o recorre las rutas del país persiguiendo su sueño, reducido ahora a la vicepresidencia de la Nación. Y la pesca, antes como ahora, sigue siendo marginal dentro de la agenda oficial de prioridades.

El gobernador de Chubut, Mario Das Neves, ha expresado cuantas veces ha podido el desprecio que siente hacia el empresariado pesquero, particularmente en tiempos de conflictos. Los ha acusado de ‘miserables’, aunque en el universo de su vocabulario ha elegido el mismo mote para adjetivar a los dirigentes sindicales de la pesca que no le han sido afines.

Por delante se abre un signo de interrogación enorme. Qué piensa Martín Buzzi de la pesca. Nadie lo sabe con precisión, ni arriesga opiniones. El gobernador electo de Chubut las veces que opinó de pesca se refirió a su proyecto de granjas marinas y del resto aportó apenas un puñado de generalidades.

ATOMIZADOS Y SOMETIDOS

No es menos cierto que la dirigencia empresaria tampoco ha sabido estar a la altura de las circunstancias. En la puja de intereses individuales ha mostrado su peor rasgo de inmadurez para consolidar un sector fuerte haciendo oír sus demandas; por el contrario, en vez de marchar juntos gestionando un cambio de políticas, los empresarios del sector han preferido el camino individual que se traduce en debilidad.

Debilidad ante quien está de turno en el poder, e incapacidad de cerrar negociaciones salariales con los sindicatos, ya que esa atomización del empresariado los ha dejado sometidos en cada conflicto y en todos los casos terminaron cediendo a las presiones. Carentes de estrategia comunicacional tampoco han sabido transmitir adecuadamente a la sociedad la dimensión real de la crisis pesquera que los envuelve.

El nuevo Convenio del Golfo que alumbró en 2006, colocó al empresariado langostinero de Chubut en notoria desventaja con los de Santa Cruz. Ese acuerdo desfavorable para la flota tangonera chubutense cumplió cinco años, y el sector no tuvo la capacidad de gestión para poder instalarlo en la agenda política. Cada uno trató de conseguir algún permiso o que algún funcionario dejara entrar sus barcos en las prospecciones. Ese solo ejemplo basta para entender de qué manera han funcionado como sector.

Al punto que los mismos empresarios han debido reconocer que la mediocridad de los funcionarios es su propio espejo, y al carecer de autoridad o una entidad fuerte que los represente quedan ellos expuestos a los humores de quien circunstancialmente ejerza el poder. No están en posición de exigir lo que no pueden ofrecer: coherencia.

Con todo, ya no hay margen para los diagnósticos. Tal vez llegó el momento de reconocer que este esquema está agrietado y exige políticas correctivas. La posible llegada de inversores del gigante asiático tampoco ha generado grandes expectativas, más se parece a un cuento chino. Lo cierto es que el reloj de arena no se detiene y todos se hacen los distraídos.

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