8 de abril de 2014 10:29 AM
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Otra vez sopa: el dólar como ancla inflacionaria

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y si ese hombre es argentino, quizás tres. Veamos qué ocurrió luego de la minidevaluación de enero. Perdón que insista con el prefijo, pero una suba de 22% en los 3 primeros meses del 2014, con inflación esperada del […]

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y si ese hombre es argentino, quizás tres. Veamos qué ocurrió luego de la minidevaluación de enero. Perdón que insista con el prefijo, pero una suba de 22% en los 3 primeros meses del 2014, con inflación esperada del 35/40% anual, no es gran cosa. De hecho, recordemos que entre el 24 de octubre del 2013 y el 22 de enero la devaluación administrada había alcanzado el 16,5%.

Resulta evidente que ante los niveles de inflación actuales, a mediados de año la devaluación ya quedó corta. Y la inflación va a seguir elevada, entre otras cosas, debido a la reducción de subsidios y los incrementos salariales por arriba del 30% anual. Por lo tanto, no parece fácil entender cómo es posible fijar el tipo de cambio de un país que tiene una inflación anual del 35%, con otro cuya inflación anual del 2%.

Los desequilibrios

Para que un país tenga un tipo de cambio estable y previsible, su tasa de inflación debe ser compatible con la de los países con los que comercia. El tipo de cambio es un instrumento que funciona como amortiguador de los impactos externos a la economía.

Cuando el precio de lo que vendemos comienza a descender o, por ejemplo, las tasas de interés a nivel global comienzan a subir, el tipo de cambio tiene que modificarse para poder absorber esa variación, y que el impacto en el crecimiento interno sea el menor posible.

Es decir, si el precio de la soja bajara o las tasas de Estados Unidos subieran, el peso debería devaluarse para ganar competitividad y fomentar la entrada de capitales de inversión subiendo la rentabilidad productiva. Lo contrario pasa cuando sucede a la inversa.

Cuando el tipo de cambio se utiliza para la política económica interna, entonces la economía se queda sin protección externa. Esto hace que cuando los impactos negativos internacionales aparecen, al principio se aísla a la economía local, por ejemplo liquidando divisas o poniendo restricciones de flujo de divisas cada vez mayores.

Pero como todo país moderno necesita del flujo de bienes y servicios con el resto del mundo, esta política no se puede sostener en el tiempo y, finalmente, ajusta fuertemente. Sin aterrizajes suaves. Es preocupante leer los artículos de todos los economistas sobre la actividad económica este año. Todos prevén un menor nivel de actividad.

Ahora bien, revisemos qué nos dicen hasta ahora los datos. La construcción cae 5%, la producción de autos 17%, la de motos 20%, la de electrodomésticos 10%, los créditos de los bancos se caen un 5%. No son caídas de 1 o 2%. Eso si la venta de gaseosas y aguas logra mantenerse. Las cifras son elocuentes y creer que ante una economía que se desacelera tan fuerte, no se genera ningún ruido socialmente, me parece –como mínimo– un análisis incompleto.

 

 

La fantasía endeudadora

Es cuando pasa esto que comienza la etapa fantástica. Hasta el año pasado nadie quería invertir en la Argentina y de pronto el mundo nos mira con otros ojos. Entonces me pregunto qué fue lo que cambió en este último año.

Inflación: más alta

Déficit fiscal: más alto

Déficit energético: más alto

Deuda externa: más alta

Actividad económica: más recesión

Reservas: más bajas

Aunque solucionamos algunas cuestiones pendientes. Por ejemplo el acuerdo con Repsol (falta que lo apruebe diputados). Se conversó con el Club de París (se iniciaran negociaciones el 28 de mayo).

Entonces, sigue la fantasía, se consigue plata prestada para llegar al 2015. El objetivo es conseguir endeudarnos para mantener por un tiempo más el dólar barato sin necesidad de hacer ninguna corrección real en la economía argentina. Si conseguimos quien nos preste, utilizamos esos dólares para mantener la actividad económica, hasta que no nos presten más. Y después vemos.

La historia de explosiones

Las dos veces que la economía argentina pegó su tipo de cambio al dólar, que fueron la tablita de Martínez de Hoz y la convertibilidad de Cavallo, terminaron con fuertes devaluaciones y defaults de la deuda.

Einstein decía que locura consiste en hacer lo mismo y esperar resultados distintos. Si se vuelve a usar el dólar como ancla antinflacionaria, qué haría pensar que no terminará con una gran devaluación y con riesgo de default. Ya sé, muchos dirán, esta vez es distinto. Como ese amigo que va por su cuarto matrimonio asegurando que “esta vez es distinto”.

Los países, si quieren tener un sendero de crecimiento económico, deben tener primero estabilidad macroeconómica. Es requisito necesario aunque no suficiente. Para ello hay que usar los instrumentos de política económica para lo que son capaces de hacer.

La política fiscal y monetaria y de ingresos son para controlar la inflación. Las tres deben estar coordinadas y alineadas. El tipo de cambio debe usarse como un amortiguador de los impactos internos. Si usamos los instrumentos para lo que no sirven, la historia no termina bien.

Mientras más tiempo siga el dólar a $ 8, con una inflación por arriba de 10% anual, más daño le hará a la economía real y al bolsillo de los argentinos. El dólar fijo es pan para hoy y hambre para mañana. Cualquier consulta, no se dirija a su médico, diríjase a su propia historia.

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