16 de noviembre de 2009 15:15 PM
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GUSTAVO GROBOCOPATEL   :     Un retrato a fondo del "rey de la soja"

Figura arquetípica del nuevo modelo agropecuario, anticipa un futuro difícil para los pequeños productores que aún quedan en el campo

Miren. Ahí viene don Adolfo. Trae un guiño en el ojo para las recepcionistas. Lleva pantalón clarito, camisa lila con rayas blancas, zapatos de gamuza y el cinturón de cuero con sus iniciales. Da una orden. Camina doce pasos a la derecha. Y se zambulle en su oficina vidriada, envasada al vacío, arrinconada bien lejos de los escritorios de mando, una pecera que comparte con una de las dos empleadas que tiene a cargo.

Adolfo fue un crack. Pasó de tractorista a millonario. Es el fundador. El culpable de todo. Por eso llega dos horas después que el resto de los 120 trabajadores: porque puede. Porque ahora, a los setenta, le toca un segundo plano riguroso. Le queda, en términos concretos, manejar la sección ganadera del gigante de la soja. Y darse unos pocos gustos. Como el de su último cumpleaños cuando recibió un saludo filmado de los jugadores de Boca, se vistió de esmoquin en el gran salón de la Sociedad Rural Argentina, ofreció un banquete para trescientas personas con blinis, queso azul, mousse de centolla, langostinos, palta y salmón; y en el momento sorpresa de la noche cantó a dúo con Palito Ortega, el tucumano, el de la felicidad y el de “qué lindo que es estar en Mar del Plata”.

Puede que el de don Adolfo no sea exactamente un retiro de privilegio, por más que se lo vea de tan de buen humor a las diez y media de la mañana y se mueva por el pasillo como deslizándose en una pista imaginaria de éxitos.

Puede que haya costado mucho convencerlo de que dé un paso al costado. Imagino que debe haber asumido a regañadientes este nuevo lugar en la compañía, apenas con la certeza de que se trata de una estrategia, un movimiento más de tantos milimétricos que será mostrado hacia fuera como un paso hacia una nueva cultura de negocios. Por eso es que hace dos horas espero en la recepción de la casa madre de la empresa no a él, sino a su hijo, Gustavo.

El número uno de la compañía está ahora en la sala de reuniones de las oficinas. Su mujer, Paula Marra, amabilísima, me pide disculpas por esa demora. Y no es la típica señora esposa tratando de hacer quedar bien a su marido.

Paula es su mano derecha en la organización. Se conocieron en la facultad: él enseñaba y ella aprendía, y ahora –dicen ellos siempre– “el trabajo es el 80% de la relación”.Descargá la versión PDF de la Revista C Nº90 y leé la nota completa (pagina 6)   http://www.criticadigital.com/revistacfiles/revistac90________web__.pdf

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