10 de mayo de 2014 10:38 AM
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Avanzar a paso de tortuga o como la liebre danesa

Algunas comparaciones pueden ser aún más odiosas que los mosquitos que, al multiplicarse por mil debido a la extendida humedad otoñal, se apropiaron, sin vientos que los corran, de toda la pampa húmeda, obligando a los productores y contratistas a vivir encapuchados

 El refranero popular dice que las comparaciones son siempre odiosas. Se equivoca porque lo cierto es que sólo se convierten en un trámite doloroso cuando desnudan una realidad ingrata o que se quiere ignorar. Y en la medida que permitan corregir errores, las comparaciones siempre son útiles.

 

No es una novedad que veníamos perdiendo contra nuestros vecinos el partido de la producción y de las exportaciones. Pero no deja de sorprender que perdamos hasta con la soja, según un trabajo de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) realizado por el economista Juan Rey Kelly. Se pasó de 48,8 millones de toneladas en el 2007 a las 52 millones de la última cosecha, creciendo el 7%. En ese lapso Brasil creció casi el 40% y Paraguay un 50%. Con el trigo no sólo no se creció en ese período sino que se cae un 44%, de 16,3 millones a 9,2 millones de toneladas. Mientras tanto, los uruguayos crecieron el 183% y los paraguayos un 63%. Algo parecido ocurre cuando se realizan las comparaciones con la carne vacuna, el maíz o la leche. Sólo la producción avícola se salva.

 

Ahora bien, y en tren de seguir comparando, ¿cuál es el nivel de frustración que debería sentir un país favorito como el nuestro para aprovechar la gran oportunidad de negocios que brinda un mundo demandante de alimentos frente al inesperado éxito de un país-tapado al que nadie le asignaba demasiada atención?

 

Dinamarca ocupa la cuarta parte de la superficie de Uruguay o la séptima de la provincia de Buenos Aires. Con ese tamaño se las arregla para que el valor de sus exportaciones alcance los 16.000 millones de dólares, la mitad de las nuestras, el país favorito. El ritmo de crecimiento de sus ventas al exterior en los últimos trece años fue impresionante: aumentaron cuatro veces.

 

Este pequeño país transformado en un gigante agrícola ha generado marcas globales de la alimentación como Arla Food, Danish Crown, Rose Poultry y DuPont Danisco. Y también le ha dado lugar a la aparición de pequeñas y medianas empresas de servicio, de tecnología e información agropecuaria que compiten internacionalmente.

 

“Nuestra palabra clave es la innovación constante, nada se queda quieto. Así logramos mejoras significativas en la productividad. Innovan tanto las grandes empresas procesadoras como los productores en sus granjas”, afirmaba semanas atrás Martin Merrid, que además de productor es el máximo representante de las empresas privadas del sector agrícola y alimentos de Dinamarca. Merrid había participado de una reunión en la Cámara Argentino-Danesa con empresas exportadoras, grandes productores como Adecoagro y entidades como Aacrea y Aapresid, donde se discutió la relevancia que dan las empresas danesas a la sustentabilidad y a la certificación de la materia prima comprada. Para alimentar a sus 30 millones de cerdos, que “conviven” con los 5,6 millones de habitantes, Dinamarca compra una parte importante de la soja argentina que se exporta a la Unión Europea. De más está decir que la creciente preocupación del consumidor europeo por la producción sustentable tiene implicancias directas en la cadena de la soja argentina.

 

Lo realizado por Dinamarca debería ser un estimulo y una confirmación de que no es utópico pensar que el desarrollo del negocio agroalimentario en la Argentina no tiene techo.

 

Las comparaciones no deberían restringirse a los rubros de producción y exportaciones. Lamentablemente no hay registros disponibles de lo ocurrido en los últimos años en otros rubros críticos para la competitividad como es la infraestructura. “Regresó el costo argentino”, advirtió Gustavo López como conclusión de un reciente trabajo realizado para la Fundación Producir Conservando. Allí advierte sobre el deterioro de los caminos, la obsolescencia de los ferrocarriles y el acceso a los puertos. Sin infraestructura, la producción avanza con un freno de mano puesto.

 

Si no es a fuerza de comparaciones, ¿entre la nube de mosquitos, habrá algún tábano socrático que nos despierte de esta siesta inoportuna?.

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