17 de noviembre de 2009 07:59 AM
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Futura escasez de carne

Una política oficial errónea y una sequía pertinaz producirán una importante reducción en la oferta de carnes vacunas

Las consecuencias de la política ganadera aplicada a partir de 2005, sumadas a la generalizada sequía reinante durante 2008, que aún persiste en buena parte del territorio productivo, auguran una importante reducción de la oferta de carnes vacunas. El menos avisado analista de la situación viene pronosticando esta crisis. Sin embargo, el gobierno nacional, en lugar de procurar aliviarla, ha hecho lo necesario para agravarla. Si ello es una manifestación de ceguera frente a la realidad o un propósito deliberado de castigar a quienes considera sus enemigos políticos, puede ser materia de consideración. Unos pocos números aclaran la situación. El inventario bovino nacional, según la vacunación antiaftosa de 2006, indicaba la existencia de 60 millones de cabezas, logradas por un crecimiento de años anteriores. Esa cantidad fue descendiendo de año en año hasta que en 2009 indicó una pérdida de 6 millones. A esa declinación, atribuida principalmente a la política oficial, se vino a sumar una excepcional sequía, determinante, por un lado, de la mortandad de animales provocada por falta del pastaje y de agua para beber, estimada en un millón de animales, y por otro lado, a una reducción de la parición del orden de los 3,5 a 4 millones de terneros en el año actual, provocada por el deficiente estado del plantel de vacas en 2008. Se teme además que la crecida del río Paraná provoque la mortandad de varios cientos de miles de animales, hecho ya ocurrido en 2007. Las malas noticias no paran aquí. Ocurre que el Gobierno, intentando restablecer el equilibrio entre la siembra agrícola y la ganadería, organizó un costoso sistema de subsidios a la producción de ganado en corrales, consistente en la alimentación con concentrados basados en maíz y soja. El sistema deparó diferencias sustanciales en sus resultados, favorables para productores grandes, organizados para las exigencias burocráticas, y poco rentable para productores menores, poco habituados a llenar planillas y esperar en las ventanillas públicas. Con retrasos de hasta 3 y 5 meses en los pagos e incertidumbre en su continuidad por su alto impacto fiscal, el régimen funcionó hasta que se detectaron actos de corrupción que llevaron a la suspensión de los pagos. Se rompió así una cadena de producción que determinará desequilibrios productivos y defecciones en el arribo de animales a los mercados, sea para consumo o para exportación. Los agobiantes números mencionados y la constante intervención oficial destinada a quitar y poner sin ton ni son han contribuido a desarticular la producción, generando un singular descreimiento acerca del futuro de la actividad, que sin embargo sigue ofreciendo excelentes perspectivas en el mundo. Se especula acerca de la cercanía en el tiempo de la escasez de ofertas de ganado en los mercados. Por el momento, su abastecimiento es abundante, característica propia del desaliento mencionado. Sin embargo, la escasez inexorablemente llegará sin vislumbrarse qué harán las autoridades. Si continúan con su consabido sistema de desacoplar el consumo de la exportación en detrimento de ésta, la crisis productiva se acentuará, agigantando sus consecuencias para el futuro. El gran crecimiento de la producción avícola y en menor escala de cerdos permitiría transitar por un período de dos años para la reconstrucción de la ganadería sobre la base de mejores precios y libertad de los mercados, reduciendo el consumo local. En tales condiciones, ello conllevaría un nivel razonable de exportaciones de las cuales la economía nacional no debería prescindir

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