12 de octubre de 2014 22:47 PM
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Campos sin destino en la campaña 2014/2015

La campaña agrícola ya está iniciada y quedan campos sin alquilar en varias zonas, entre ellas el sur de Córdoba

“Ya estamos en octubre y hay muchos lotes sin barbechar y con malezas entre las rutas 33 y 35, que no tienen destino por ahora”, alerta un asesor que trabaja en la zona. Y añade que los propietarios de predios de Laboulaye, La Carlota y Villa Huidobro, entre otros, “están muy preocupados por poner los campos en funcionamiento, en un contexto adverso por la iliquidez de los arrendatarios y los precios agrícolas que no encuentran piso”.

Según este asesor, quien no alquiló en fecha temprana tendrá que aceptar algún acuerdo a porcentaje: un alquiler bajo y en cuotas, o admitir que el campo quedará ocioso en el ciclo 2014/2015. “Estos campos tiene un potencial de rinde menor a los de la zona núcleo, pero eran disputados por los arrendatarios en campañas con la soja por encima de los US$ 300 por tonelada”, recuerda.

Los propietarios desarrollan conversaciones con los potenciales arrendatarios, pero no obtienen respuestas inmediatas. “¿Para qué voy a correr un nuevo riesgo a esta altura del año, en campos con rama negra, que exige US$ 15-20 por hectárea para ser controlada, o con yuyo colorado resistente, que requiere US$ 20-30, con números que no cierran?”, se preguntan los segundos.

En otras regiones alejadas de puertos o industrias se repite el fenómeno: arrendatarios con mucho temor, remisos a pagar alquileres tradicionales, que reducen la superficie trabajada y que abandonan los campos dudosos.

En regiones con aptitud mixta, ante las bajas ofertas de alquiler por las lomas, algunos propietarios optan por ampliar la ganadería. Es una actividad que recuperó rentabilidad y “puede generar buenos resultados a partir del nuevo Gobierno si se reabren las exportaciones, lo que obliga a preparase desde ahora”, proyecta el técnico.

En el centro y en el sur de Buenos Aires, las conversaciones están demoradas por los excesos hídricos. Como contrapartida, en la zona núcleo del sur de Santa Fe y del norte de Buenos Aires, la proporción de campos ociosos es menor.

Mientras tanto, la superficie sembrada con maíz de primera se achicó violentamente. “En el nivel nacional, la reducción puede ser superior al 20%”, calcula el técnico, que observa que en campo propio se hace lo indispensable y que el campo alquilado ni se considera.

“Un semillero achicó el área sembrada porque tiene mucho sobrante para el año que viene; no quiere generar más de lo que podrá vender”, asevera un productor al que le alquilaban el campo con un importe adelantado y riego por pivotes y que ahora tiene que hacer soja por administración con todos los gastos por su cuenta.

Los propietarios de campos que se animan a hacer algunas hectáreas para aumentar el rinde de la soja del año que viene desarrollarán esquemas conservadores, de costo medido. Por ejemplo, modelos de baja densidad que permiten reducir el uso de semilla a 0,60 bolsas por hectárea y con dosificación de fertilizante en proporción a la población objetivo. En muchos casos, la aplicación será fraccionada, con la mitad a la siembra y el resto en V7-V8 si se logra un cultivo satisfactorio.

Costos cuidados

El cuidado de los costos no es caprichoso. Un modelo de maíz con fertilizante nitrogenado y fosforado y aplicación de fungicidas en campo propio del sur de Santa Fe exige un rinde de 70 quintales por hectárea para cubrir los costos directos. A eso se deben agregar gastos fijos e impuestos. En ese mismo campo, una soja con semilla comprada, aplicación de fósforo, fungidas y seguros exige alrededor 22 quintales por hectárea, lo que permite desarrollar la campaña con menor riesgo económico cuando el bolsillo está flaco. “Muchos productores que venían con las cuentas en rojo, redujeron un poco la deuda con la cosecha vieja, pero se volverán a endeudar con la nueva; si les va mal, pueden salir del negocio y dejar sin trabajo a mucha gente. Estamos muy cerca de que salte la térmica”, grafica un vendedor de insumos.

No hay muchas salidas para este mal momento de la agricultura. Algunos están organizando asociaciones para compartir riesgos, entre una agronomía, que pone insumos; un contratista, que realiza las labores, y el dueño del campo, con una distribución proporcional de utilidades. Sin embargo, nadie garantiza que esa tripulación lleve el velero ileso al puerto, luego de un viaje de seis meses hasta la cosecha, navegando en aguas turbulentas.

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