3 de noviembre de 2014 11:40 AM
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El debate a retomar: el kilo de lomo sigue siendo más caro que el kilo de Audi

La fiesta del dólar barato parece cerca de su fin.

La caída de Lehman Brothers en 2008 en el amanecer de la crisis financiera indujo a los Estados Unidos a reducir su tasa de interés a cero y, en segundo lugar, a la recompra de bonos del Tesoro y títulos hipotecarios con el objetivo de ‘inyectar liquidez‘, es decir, hacer que el mercado vuelva a reactivarse tras el cimbronazo. Dada la inminente caída de las economías de Europa y EE.UU., los países emergentes fueron los grandes beneficiarios del contexto internacional.

 

El dólar se debilitó, el euro se encareció y el precio de las materias primas que tomaban su valor del dólar creció exponencialmente. La moneda de los emergentes se volvió más robusta, con excepción del peso argentino.

 

Sin embargo, la señal dada a conocer la última semana por parte de la Fed que dejará de comprar bonos en el mercado financiero y muy probablemente subirá la tasa de interés en un corto período de tiempo promete alterar alguna de las reglas que han venido empujando a las economías productoras y exportadoras de materias primas.

 

Metáfora mimada por los economistas europeos allá por los comienzos de la crisis para marcar el auge de los mercados emergentes exportadores de bienes primarios, el kilo de lomo argentino, exportado a Europa todavía vale más que el kilo de Audi A4: 24 euros versus 20 euros. Sin embargo, el cambio impulsado por la Fed bien podría suavizar esta comparación.

 

El fortalecimiento del dólar en el mundo sin duda promoverá también cambios en las principales divisas de la región, donde el peso argentino cotiza en baja por su alta debilidad con respecto a sus pares. El recorte de los estímulos monetarios por parte de la Fed, sumado a un alza en las tasas de interés de referencia, hacen que los grandes fondos de inversión retiren sus colocaciones desde los países emergentes para llevarlas a otras plazas.

 

Y sin embargo, el verdadero desafío que se esconde detrás de esta pulseada es otro: alimentar el debate y medir los resultados que ha arrojado la experiencia de los últimos años acerca de cuál es el camino a seguir en materia de política económica. Por un lado, se encuentran aquellos que señalan que no hay que confundir valor con precio y sostienen que existe una gran diferencia y preeminencia de aquellas actividades ligadas a la industria en la cantidad de horas–salario–ciencia que acumulan versus aquellas que surgen del sector agropecuario, por lo que la atención del Gobierno debe estar enfocada allí.

 

Por otro, están quienes sostienen que se revirtió aquello que había dicho Raúl Prebisch en los 70, de que los bienes industriales iban a valer cada vez más y los agrícolas cada vez menos; la incorporación masiva de China e India en la economía global y su decisión de industrializarse a costa de su propia agricultura implicó que los precios de la industria experimenten una caída en relación con los precios de los alimentos y que éstos últimos, con el valor agregado necesario, constituyen la llave del éxito de las economías.

 

Si bien se ha pretendido impulsar desde el Gobierno políticas que busquen fortalecer la industria generando una amplia oferta de créditos a tasas reales negativas para inducir la creación de puestos de trabajo, los mejores salarios que se pagaron inicialmente y el incremento del consumo también han sufrido en este último tiempo los embates de la inflación y la presión tributaria.

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