24 de noviembre de 2014 12:19 PM
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Viticultura, la revolución que viene ! ! !

Mayor preocupación por la calidad sanitaria de las parras, un riego de acuerdo a las necesidades del viñedo y no "por receta", además de una exploración de zonas limítrofes para la producción de uva vinífera están derrumbando los mitos y cuestionando las costumbres de la vitivinicultura tradicional.

Diego Correa es gerente agrícola del grupo Belén desde hace siete años. Aunque es joven, ya instaló una tradición en el holding propietario de viña Morandé. A fines de año, cuando los tintos de la última vendimia terminan la fermentación maloláctica, Correa y su equipo de colaboradores se reúne con los tres enólogos del holding.

La cumbre de enólogos y viticultores, que en su versión 2014 será en los próximos días, se hace en la bodega del grupo en Pelequén, Región de O’Higgins. Juntos prueban la mayor cantidad de vinos de la última vendimia. El objetivo es ver cómo las decisiones tomadas en los campos impactaron los vinos.

“La retroalimentación con los enólogos es vital. Si no existiera, daríamos una pelea a ciegas por sacar buena uva. Analizamos cuartel por cuartel y vemos qué hicimos y cómo impactó la calidad del vino”, explica Correa.

Un par de cientos de kilómetros más al sur, en Pencahue, en las cercanías de Talca, los empleados de Concha y Toro, la mayor viña del país, trabajan contrarreloj en la instalación de su primer Centro de Investigación e Innovación. Unos de sus principales objetivos será mejorar el trabajo en los viñedos.

De ser el pariente pobre del negocio del vino hasta hace un par de años, hoy la viticultura chilena vive un momento revolucionario.

Como en todos los grandes cambios, no hay una sola causa, ni tampoco todos los actores caminan al mismo ritmo. Sin embargo, lo que sí está claro es que hoy un buen manejo de las parras es el piso de cualquier proyecto enológico con un mínimo de ambición.

Los problemas sanitarios obligaron a las viñas chilenas a ser más exigentes con los viveros y a unirse en el primer proyecto nacional para obtener plantas sanas, rescatando, de paso, la gran diversidad genética que existe en el país. Mientras tanto, la menor disponibilidad de agua y de mano de obra está obligando a repensar el manejo de los campos. Como si eso fuera poco, la apertura de nuevas zonas de producción a los pies del Pacífico, en Atacama, la cordillera de los Andes y al sur del Biobío obliga a reescribir las reglas de cómo producir uva vinífera en Chile

“Es un momento muy atractivo para ser viticultor. Son muchos los cambios en los que estamos involucrados, desde adaptarnos al cambio climático hasta cómo hacer mecanizables nuestros campos”, afirma Ricardo Gompertz, sub gerente agrícola de viña Ventisquero.

mejorar rentabilidad

Son 15 hectáreas de parras las que tiene Ventisquero, a unos 20 kilómetros del mar y rodeadas por el desierto, cerca de la ciudad de Huasco, en la Región de Atacama. El problema no es encontrar agua para regar las parras. Los embalses cordilleranos todavía son suficientes para abastecer la reducida superficie.

Allí el gran problema es la extrema salinidad de los suelos, tanta que fácilmente puede matar a una parra. Más allá del desafío vitícola que se enfrentó, es interesante la recepción que han tenido los vinos de ese proyecto. La línea Tara -que corresponde a las botellas más caras que da ese viñedo- lograron entrar a las cartas de restaurantes como el Noma, Celler de Can Roca, Mugaritz, D.O.M. y Osteria Francescana, considerados los mejores del mundo.

Demás está decir que el “chorreo” de la fama de los vinos de Huasco ha ayudado a agilizar las ventas de todo el resto de la producción de Ventisquero. Aunque extrema, es una prueba de cómo la viticultura puede aportar al éxito de una empresa vitivinícola.

Sin embargo, no se trata solo de proyectos extremos. En las zonas “tradicionales”, la viticultura también está comenzando a tener una mayor importancia.

Una parte importante de ese interés, eso sí, viene del reconocimiento de los problemas que arrastra la producción de vino.

“Los viñedos chilenos tienen algunos problemas importantes, asociados a la sanidad de las plantas que limitan el volumen que se produce”, afirma Gerardo Leal, subgerente agrícola de Viña Santa Rita.

Virus y hongos de la madera están presentes en forma masiva. Lo mismo pasa con los nemátodos que atacan las raíces. El decaimiento de los syrah y la deshidratación del merlot son conocidos.

Por eso, a fines de 2012, por primera vez, los socios de Vinos de Chile lanzaron el primer proyecto conjunto para mejorar la calidad sanitaria del material vegetal disponible para plantar.

Con el apoyo de la Corfo, fondos por $1.716 millones y un horizonte de 10 años de trabajo, el proyecto, oficialmente conocido como “Aumento de la competitividad mediante el mejoramiento de la calidad del viñedo y la sustentabilidad”, busca generar parras libres de los principales virus. Además, se busca rescatar la diversidad genética existente en Chile.

“Hay una mayor preocupación por la sanidad de las parras. Es un tema de conversación y de exigencia a los viveros, lo que a mi me parece excelente. Un buen material permite menores costos, pues, por ejemplo, evita hacer reposiciones; además, genera mayor producción, lo que mejora la rentabilidad de nuestros clientes”, afirma Samuel Barros, jefe de la Unidad Vino Vid de Univeros.

Riego, el gran problema

Tal como sucede con los seres humanos, los agentes patógenos atacan con más fuerza las parras mal alimentadas.

En Chile, gracias a las asesorías de profesionales extranjeros, se adoptó masivamente la estrategia de estresar a las plantas, retirándoles el riego en fechas claves. El objetivo era lograr bayas más pequeñas y concentradas, lo que debía dar origen a vinos más concentrados.

El problema es que el resultado fue dejar parras débiles.

“Si uno mira los problemas típicos que enfrentan los viñedos en la actualidad, el 70 por ciento a 80 por ciento de los problemas derivan de un mal manejo del riego”, enfatiza Héctor Rojas, viticultor de viña Tabalí.

Rojas cree que lo central es salirse de los dogmas y recetas generales y adecuarse a la realidad del viñedo. El nuevo desafío es lograr un correcto balance entre las necesidades de agua de las parras y los objetivos de volumen y de calidad del vino que pretende sacarse del viñedo.

El viticultor nortino afirma que hay que sacarle partido a la tecnología actualmente existente, como la bomba Scholander, para determinar los reales requerimientos de agua. “No puedes gestionar bien algo que no puedes medir”, argumenta Rojas.

Mejorar biodiversidad

Si bien el manejo del agua es un punto central en la renovación de la viticultura chilena, las estrategias, o falta de ellas, en la nutrición de las plantas también están siendo puestas en cuestión.

“Es normal encontrarse con viñedos que presentan deficiencias de dos o tres elementos esenciales”, diagnostica Héctor Rojas.

Por un lado, existe un énfasis en el uso de nitrógeno y potasio, que entran en categoría de macronutrientes. Por el otro, se tiende a descansar en la comprar productos ya preparados desde las empresas de agroquímicos, que combinan esos macronutrientes, con los de categoría micro, como el boro, el zinc o el magnesio.

El problema es que esas con recetas generales. Según Gerardo Leal, cada campo es distinto y requiere un trabajo nutricional específico.
Sin embargo, no todo es análisis químico.

“No solo hay que comprender que elementos le faltan a un suelo y cuánto hay que reponer por el uso en cada temporada, también es central conocer la biología del suelo, pues ese factor determina la absorción de los nutrientes por parte de las raíces”, afirma Leal.

El viticultor de Santa Rita cree que en la viticultura chilena se debe comenzar a impulsar una mayor biodiversidad en los viñedos, incluso tolerando, en ciertos rangos, malezas, pues estas pueden permitir el control de plagas. Un viñedo “perfecto”, puede ser el camino a un desastre.

Claramente, en la nueva viticultura chilena, los mitos y lugares comunes están para romperse. Apuesta por la sustentabilidadVinos de Chile marcó un hito en 2014 al rozar casi el 50% de viñas socias certificadas, luego de tres años de operaciones del “Código de Sustentabilidad de la Industria Vitivinícola Chilena”, que vigila el impacto ambiental de los viñedos y los procesos industriales. El estándar alcanzó el reconocimiento de los monopolios de compra en los países escandinavos y en varias provincias de Canadá.

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